En la política, la vuelta de tuerca para encaminarse a un nuevo orden social requiere el acompañamiento de un artefacto simbólico. La historia de la humanidad está inundada de ejemplos del uso de símbolos para legitimar regímenes democráticos e incluso autoritarios. Obvio: los símbolos en el campo político es una representación alegórica de la identidad y del horizonte político e ideológico que se persigue.
Bajo estas consideraciones, amerita examinar la puesta en escena los ritos y los símbolos que acompañaron a la posesión del nuevo mandatario boliviano, Rodrigo Paz Pereira. Quizás, uno de los actos más representativos fue el juramento presidencial frente a la Biblia y al crucifijo donde el nuevo mandatario dijo: “Por Dios, Patria y Familia, juro” (no se debe olvidar que esta frase fue usada por líderes autoritarios y conservadores). Estas alusiones y símbolos son la pauta para el retorno a la República, sueño añorado por sectores conservadores después de la constitucionalización del Estado Plurinacional.
Los rituales de la última posesión presidencial, en los hechos, parece ser el inicio del desmantelamiento simbólico del proceso de cambio e inclusive del Estado Plurinacional. Así, por ejemplo, la ausencia de indígenas y de la whipala en la plaza Murillo, a diferencia que sucedía en las últimas posesiones presidenciales del Movimiento Al Socialismo (MAS), fue muy notoria y, a cambio, ese espacio público estaba atiborrado por banderas de la tricolor nacional.
Aunque el presidente Paz dijo que su gestión gubernamental no será “ideológico”, empero, la escenificación de íconos y ritos desplegados a doquier durante la ceremonia presidencial es un indicador de la visibilización de una ideología por la vía de los símbolos. O sea: esos símbolos dan cuenta a dónde se pretende arribar, la simbología expresa ideología.
¿Qué connotan esos símbolos en la posesión presidencial? Y la respuesta parece ser de Perogrullo: el giro conservador. Quizás, la bendición obispal al presidente Paz fue la escena más icónica de esa mutación simbólica —a pesar que, hasta hoy, Bolivia sigue siendo un Estado laico. O sea: esos símbolos son parte constitutiva de esta vuelta de tuerca de la política boliviana. Por eso, la ritualidad de la posesión presidencial esquivó aquellos artefactos alegóricos que fueron parte de la simbología del Estado Plurinacional: whipalas, ponchos y pututus en la plaza Murillo.
Quizás, sea el retorno a la República considerada como colonial, o sea: un estado monocultural que otorgaba privilegios a la casta criolla/mestiza en desmedro de los indígenas. El Estado Plurinacional ambicionaba superar a la República, pero fue un intento fallido por el gobierno del MAS. En rigor, se descuidó la profundización del Estado Plurinacional quizás porque los actores estratégicos en las entrañas del MAS estaban más preocupados por sus propias reyertas y no en temas estratégicos para el fortalecimiento estatal.
Hay un giro conservador evidente que se traduce en lo simbólico como su dimensión —por el momento— más importante. Esos actos simbólicos se reflejan, por ejemplo, en las imágenes de la posesión del nuevo gabinete: casi todos varones, pocas mujeres, y la inexistencia de indígenas. El argumento urdido: ahora el gobierno de Paz es meritocrático, pero al observar a la mayoría de ministros posesionados de traje y corbata, la sensación que queda es una cuestión de linaje. O sea, se vuelve a la idea republicana: Bolivia históricamente fue gobernada por caballeros letrados. Allí, entonces, el símbolo más llamativo de este giro conservador.
*Es sociólogo.
















































































