Tuto y Rodrigo coinciden en una idea central dentro de sus propuestas educativas: la incorporación de Bolivia al Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA). Sin embargo, la evidencia académica demuestra que el éxito educativo no depende únicamente de la voluntad política, sino de un diseño técnico-pedagógico coherente y de un modelo de gestión traducido en política pública efectiva.
La evaluación educativa en Bolivia deja lecciones importantes. El Sistema de Medición de la Calidad Educativa (SIMECAL), creado por la Ley 1565 (1994), tuvo un alcance limitado. Posteriormente, la Ley 070 “Avelino Siñani – Elizardo Pérez” creó el Observatorio Plurinacional de la Calidad Educativa (OPCE), encargado del seguimiento y la evaluación de la educación regular, como también de la educación alternativa y especial. No obstante, sus acciones se concentraron casi exclusivamente en la educación regular. El desafío ahora es ampliar esa perspectiva a todo el Sistema Educativo Plurinacional (SEP), condición esencial para participar con solvencia en evaluaciones internacionales como PISA, TIMSS, PIRLS o LLECE.
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El Programa PISA comenzó en el año 2000 y evalúa a estudiantes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias. En su actual gestión incorporó nuevas áreas como tecnología digital e inglés, con la participación de 96 países y economías, cuyos resultados se conocerán a fines de 2026. En los últimos años, Bolivia decidió no participar, argumentando que estas pruebas promueven una visión homogenizante y colonialista de la educación, ajena a la diversidad cultural y lingüística del país. No obstante, ha participado en el Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad Educativa (LLECE), centrado en la educación primaria.
En el debate presidencial rumbo al balotaje del 19 de octubre, la educación surgió como tema clave dentro de los ejes social, económico y estratégico. Las propuestas en esta materia definen el tipo de país que se busca construir. Las preguntas son inevitables: ¿Qué deben aprender las nuevas generaciones? ¿Cómo prepararlas para un futuro marcado por la inteligencia artificial? La educación del siglo XXI no puede limitarse a transmitir información; debe cultivar la imaginación, la conciencia, el pensamiento crítico y la responsabilidad individual y colectiva.
Ahora bien, desde una mirada crítica, las tres áreas que evalúa PISA son insuficientes para orientar políticas educativas integrales. Depender exclusivamente de pruebas estandarizadas para decidir el rumbo de la educación de un país es un error. La pedagoga Diane Ravitch, en su texto “Muerte y vida del gran sistema escolar norteamericano” (2010), advierte que la educación debe estar “informada por los datos, no conducida por los datos”. Las mejoras en las calificaciones no siempre son sinónimo de mejor educación.
Por su parte, Andreas Schleicher, director de Educación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y fundador de PISA, desmonta varios mitos: no es cierto que los países pobres, con menos inversión o con clases numerosas, estén condenados al fracaso. La evidencia muestra que el 10% de los estudiantes más pobres de Shanghái y Singapur superan en matemáticas al 10% más rico de Estados Unidos. La clave está en la gestión, la formación docente y la coherencia de las políticas educativas.
La gestión de gobierno dura cinco años, pero las transformaciones educativas requieren décadas. La evaluación PISA es trienal y, si Bolivia decidiera incorporarse, recién conocería sus primeros resultados hacia 2029. Más allá de los plazos, el desafío del Estado boliviano es impulsar una mejora sostenida de la calidad educativa desde adentro: evaluar la aplicación del modelo educativo, elevar la exigencia curricular, fortalecer la Educación Inicial en Familia Comunitaria, formar docentes competentes, garantizar recursos pedagógicos y tecnológicos adecuados y desburocratizar la gestión. Sin embargo, ningún cambio será posible si los maestros no se sienten parte del proceso. En última instancia, la transformación educativa empieza en el aula; sin ella, todo lo demás es discurso.
(*) Reynaldo Yujra Quispe es Investigador y educador















































































