Hace una década, Bolivia era vista como un país que cambiaba profundamente, mejoraba su economía, tenía políticas de inclusión y participación de poblaciones históricamente excluidas, realizaba una redistribución amplia de recursos y tenia un discurso de armonía con la madre tierra y de un desarrollo amplio y plural para todos los bolivianos.
Ese camino no fue fácil, fue la acumulación de muchas décadas de luchas sociales desde el retorno a la democracia en los años 80 y 90, en el año 2000 la Guerra del Agua fue por acceso a los recursos naturales, en 2003 la Guerra del Gas fue por mantener una fuente de riqueza y economía para todo el Estado. En 2008 y 2009 frente a la reacción racista y separatista de la media luna se generó una gran movilización para la aprobación de la Nueva Constitución Política del Estado.
La idea nacional de soberanía y mejora de condiciones de vida llegó desde el pasado para el futuro pues es la generación de esas décadas, que tuvo abuelos que fueron a la guerra del chaco, que sintieron el peso excluyente del “libre mercado” y el neoliberalismo, quienes visionaron otro futuro diferente para sus hijos. Es un sentido de soberanía y patria distintos a los de la clase política, porque es patria de de todos y todas, no son solo de 20 años, es una acumulación de sujetos políticos con pensamiento y criterio que cuida el bien de todos.
En los años de bonanza todos hemos sido beneficiados, en mayor o menor medida, directa o indirectamente, electricidad barata, combustibles baratos, agua y alimentos baratos y accesibles, mayores sueldos, fondos de apoyo, bonos, etc. Lo que no se hizo fue administrar mejor los ingresos y la forma de sostenerlos.
El mal manejo, el sabotaje y la prevendalización, fueron acciones contrarias a lo avanzado, al igual que en las décadas antes del 2006, el problema de la corrupción es estructural. Y no hubo la autocritica profunda para pensar que no solo bastaba dar empleo o fundar empresas allá donde apenas se tienen escuelas. El problema de la corrupción no solo es masista o evista, es de lo boliviano; y eso lo saben muy bien los enemigos del país y el crimen organizado en todas sus esferas. La injerencia de poderes transnacionales también juegan un papel nefasto otra vez como sucedió hace décadas.
Ahora, todos tenemos que asumir el sacrificio para mejorar, desde los grandes hasta los chicos. El gobierno debe apoyar paralelamente a todos porque todos vamos a sacrificamos, no sólo los que menos tienen pues esa es la imagen que se generó luego de que Paz y Lara, su gabinete, grupos de poder y un congreso nada representativo, fueron decretando normativa que privilegió a sectores específicos como agroindustriales, exportadores, maestros, cooperativistas, la banca y otros ya conocidos.
Todas esas acciones han llevado al cuestionamiento de la propia jefatura del gobierno y la paralización casi total del país, con los grandes costos sociales y económicos que implican. El uso del estado de excepción y por ende de los militares por el gobierno, puede llevar a desenlaces desastrosos y mortales donde nadie gana, solo sufren los más humildes y las lógicas antagonistas se mantienen.
Es sacrificio de la gente tiene un mensaje político de alta democracia real. No se desborda en violencia aún, más bien asume una posición expectante para la resolución en el ámbito político pese al sufrimiento. Alguno pueden leer esta posición como inacción pero el no salir a un “desbloqueo cívico” es una muestra de que la mayoría de la población quiere una solución sin violencia y sin muertos.
El dialogo real y el buen gobierno necesitan de una oportunidad de buena fe y creer en la palabra, se lo hizo antes y se lo puede hacer ahora si en verdad se establecen mesas y mecanismos de participación incluyente. Eso implica un gran espíritu de apertura y despojarse de sus prejuicios frente al otro, al igual que detener las aspiraciones unilaterales para construir de manera conjunta un plan estratégico para ayudar a toda Bolivia.














































































