Todavía me estremezco al recordar las fotografías que una señora me mostró de las lesiones que le causó su hijo. Costillas rotas, cabellos arrancados de cuajo dejando al descubierto el cuero cabelludo, hematomas por todo el cuerpo y otras heridas que no se ven y están en el alma, como el terror que siente cuando escucha un mínimo ruido y se da la vuelta para ver si no es su hijo, que desde hace 15 años padece esquizofrenia. No es la primera vez que esto ocurre, pero es la más feroz. Ella pensó que esta vez la mataría, los golpes y patadas apuntaban a eso. La salvó su instinto de sobrevivencia y escapó. Se encerró en una habitación y desde allí sin poder moverse más pidió auxilio por teléfono, fue necesaria la presencia de los bomberos para rescatar a la madre y recluir al hijo en el psiquiátrico.
La anterior semana se difundieron un sinnúmero de fotografías de un hombre de mediana edad que en la zona Sur de La Paz golpeaba a los transeúntes sin previo aviso y sin motivo. A una muchacha le rompió la nariz. Ante las primeras denuncias la policía arguyó que era “loquito” y nada podían hacer. Se sumaron muchas denuncias, muchos mensajes más e hicieron falta varios efectivos de la policía para reducir al agresor que actualmente está en el penal de San Pedro, esperando una evaluación. Apareció su familia que no sabe cómo se trasladó de Santa Cruz hasta La Paz, dicen que está enfermo, pero no tuvieron cómo demostrarlo.
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La madre del primer caso tiene pánico de encontrarse con su hijo en cualquier momento porque ya se fugó una vez del psiquiátrico y sobre todo porque pasado un tiempo el enfermo debe abandonar el centro hospitalario, allí su permanencia es limitada. En Bolivia los enfermos mentales están a la deriva junto a sus familiares, quienes corren peligro inminente, no hay una política nacional de salud mental. Es verdad que muchos de los enfermos que ingresan en los psiquiátricos, sean públicos o privados, suelen ser abandonados por su familia lo que obliga a los hospitales a limitar la permanencia del enfermo lo más posible por los escasos recursos con que cuentan. Tampoco podemos negar la falta de psiquiatras y personal paramédico especializado.
Como en el segundo caso narrado en este texto, los enfermos mentales agresivos terminan cometiendo delitos graves, van a parar a la cárcel en lugar de un hospital psiquiátrico, allí cometen más delitos y finalmente son víctimas de otros presos que los maltratan hasta matarlos. Muchos de estos casos de encarcelamiento se dan a pesar de existir un dictamen del Tribunal Constitucional para que esa persona sea recluida en un hospital psiquiátrico.
Vale la pena retomar la propuesta de atención a enfermos mentales en comunidades especialmente diseñadas para este propósito, donde se cuente con personal especializado como psiquiatras, psicólogos, enfermeras que desarrollen su trabajo en lugares adecuados, en espacios tranquilos, alejados del ruido, el desorden, la inestabilidad de los centros urbanos. Los enfermos mentales sean graves o leves lastimosamente no son casos aislados, son muchos más de los que creemos a simple vista. Estos temas deben llamar la atención y no esquivarlos en su tratamiento, es un tema de salud que se debe encarar con una clara política pública.
(*) Lucía Sauma es periodista















































































