La relación entre Estados Unidos y China no responde únicamente a la distribución material del poder entre grandes potencias, sino a una construcción histórica conjunta de narrativas de identidad, interés y legitimidad que determinan sus márgenes de acción en un Orden Internacional cambiante. Leer el encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping como simple expresión de una rivalidad hegemónica, con una ecuación de suma cero, es reducir décadas de historia compartida.
China no emerge, regresa, y con una herida abierta
Frecuentemente en el análisis geopolítico se denomina a China como una potencia emergente. El término es ampliamente aceptado en la literatura especializada, pero reproduce inconscientemente —o convenientemente— una narrativa Occidental que sitúa el poder global como una condición que se alcanza. Pero China no emerge, China vuelve, y cargando lo que en Beijing denominan el baijian shiji: el siglo de la humillación.
Entre 1839 y 1949, China o el Imperio del Medio —que había sido durante al menos dos milenios el centro gravitacional de la economía y la cultura mundial— fue sistemáticamente desarticulado por potencias externas mediante una combinación de fuerza militar, diplomacia coercitiva y extracción económica. Las Guerras del Opio, el tratado de Nanking (1842) que cedió Hong Kong a Reino Unido, el tratado de Shimonoseki (1895), que obligó a China a entregar Taiwán y las islas Penghu a Japón tras una derrota que sacudió la identidad imperial china. También, las ocho potencias aliadas —entre ellas, los propios Estados Unidos— saquearon el Palacio de Verano en 1900. Estos son algunos episodios de ciento diez años de cesiones forzadas, soberanía vejada e identidad nacional fracturada.
Esta narrativa no es solamente un recurso discursivo del Partido Comunista Chino, es una estructura identitaria constitutiva de su política exterior que Xi Jinping activa cuando habla del «rejuvenecimiento de la nación china». No es una aspiración sino una expresión de su restauración de lo que consideran su condición histórica natural. Bajo esta interpretación, Taiwán no es solo una disputa territorial, es la pieza final del rompecabezas de la restauración, una herida del siglo de la humillación que la narrativa oficial china mantiene viva como mecanismo de cohesión nacional. Cuando Xi advierte a Trump durante la cumbre que los desacuerdos sobre Taiwán podrían derivar en enfrentamientos y conflictos, no hacía alusión a una amenaza táctica, en todo caso era una declaración identitaria de máxima importancia.
Una historia compartida que la rivalidad tiende a borrar
Antes del quiebre de 1949, hubo décadas de entrelazamiento que la narrativa dominante de la rivalidad entre Washington y Beijing borró sistemáticamente. Durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, misioneros protestantes, educadores, médicos y comerciantes estadounidenses estuvieron profundamente implicados en el tejido social, educativo y político chino. Universidades fundadas por misiones americanas formaron a una parte sustancial de la élite republicana. La política de la «puerta abierta» de John Hay pretendía —al menos en discurso— proteger la integridad territorial china frente al reparto colonial europeo.
En la Segunda Guerra Mundial, esa relación alcanzó su punto de mayor densidad, China y Estados Unidos fueron aliados contra Japón. Washington apoyó al gobierno nacionalista de Chiang Kai-Shek mediante la política de préstamo y arriendo, con financiamiento, material bélico y el Grupo de Voluntarios Americanos. La victoria de Mao Zedong en la guerra civil y la proclamación de la República Popular China el 1 de octubre de 1949 fue procesada en Washington no como una derrota geopolítica abstracta, sino como una traición. La pregunta ¿Quién perdió China? resonó en el Congreso durante años. La respuesta históricamente honesta es que nadie pierde aquello que nunca poseyó; pero la pregunta misma revela cómo la identidad relacional entre ambos Estados había sido construida sobre una asimetría de significados que el tiempo no haría sino profundizar.
Nixon y Kissinger, el arte de reconstruir al enemigo en aliado
El 21 de febrero de 1972, el Air Force One aterrizó en Beijing, a los pies de la escalerilla esperaba Zhou Enlai, descendía del avión Richard Nixon. El apretón de manos entre el presidente estadounidense y el premier chino no fue solo un gesto de cortesía diplomática, fue la reconstitución performativa de dos identidades, la resolución urgente del conflicto en Vietnam y profundizar la distancia de China con la URSS.
La estrategia fue concebida por Henry Kissinger denominada la triangulación estratégica frente a la URSS. En un triángulo de grandes potencias, el actor que se posiciona como necesario para los otros dos tiene la ventaja estructural. Acercar a China presionaba a Moscú y fracturaba la solidaridad del bloque comunista. En plena Guerra de Vietnam, este fue un factor real pero secundario, Estados Unidos esperaba que Beijing presionara a Hanói, algo que ocurrió de forma parcial y limitada.
Lo que Nixon y Kissinger eligieron hacer fue redefinir quién era el adversario. Dado que el presidente estadounidense era un anticomunista declarado y había construido buena parte de su carrera política sobre la caza de comunistas. Sin embargo, voló hasta Beijing para sentarse con Mao Zedong porque la lógica del Orden Internacional le exigía reconstruir al enemigo ideológico en contrapeso estratégico.
La trampa de Tucídides y los límites del determinismo estructural
El concepto situado en el pensamiento de Tucídides y popularizado por Graham Allison, establece que una potencia amenazada por el ascenso de un retador entra en un ciclo de conflicto cuya lógica estructural parece difícil de romper. En este caso, el problema es que subestima de forma sistemática el peso de la interdependencia histórica y material que ambas economías han construido durante cincuenta años de interacción intensa, y que opera como contrafuerza estructural a la lógica del conflicto.
La economía china creció, en buena medida, sobre el acceso al mercado estadounidense, las exportaciones chinas financiaron el despegue industrial que transformó a doscientos millones de personas rurales en trabajadores urbanos en el lapso de una generación. La economía estadounidense, a su vez, se sostuvo durante décadas en manufacturas baratas chinas, en el financiamiento de su deuda pública mediante la compra de bonos del Tesoro por parte de Beijing. Ningún discurso de desacoplamiento ha logrado desmantelar esta realidad.
En la cumbre de Beijing Trump llegó con una posición más débil de lo que reconocería públicamente, mientras que China había demostrado, en la guerra arancelaria de 2025, su capacidad de resistencia. Ambos eligieron la cogestión de instituciones nuevas (Board of Trade y Board of Investment), marcos de estabilidad (el caso de Irán), invitaciones recíprocas (cumbre de Washington el próximo septiembre). Las amenazas fueron reemplazadas por la cooperación competitiva, la interdependencia estructural impone sus propios límites a la lógica de la rivalidad.
Los acuerdos de la cumbre han sido modestos en sustancia, pero fueron reveladoras las narrativas que ambos líderes pusieron en circulación y los rituales diplomáticos que eligieron para enmarcarlas. Xi Jinping recibió a Trump con una escenografía cuidadosamente diseñada y simbólicamente representativa (el Gran Salón del Pueblo, el Jardín de Zhongnanhai) para situar a China como superpotencia igual a Estados Unidos en la política internacional. El acuerdo diplomático fue nombrado paseo entre iguales, pactado para buscar una estabilidad estratégica. El mensaje no fue solamente para Washington sino para el Sur Global y el pueblo chino, pues el rejuvenecimiento nacional continúa, y el siglo de humillación pertenece al pasado.
Por su parte, Trump llegó acompañado de Marco Rubio, Scott Bessent y Pete Hegseth y una amplia delegación de 17 directores ejecutivos de las principales empresas de tecnología y finanzas de Estados Unidos: Elon Musk (Tesla), Tim Cook (Apple), Jensen Huang (Nvidia), Larry Fink (BlackRock), Kelly Ortberg (Boeing), Ryan McInerney (Visa), entre otros. El presidente americano informó con optimismo de haber alcanzado acuerdos fantásticos en agricultura, aviación e inteligencia artificial, sin que la parte china confirmara acuerdos concretos.
Así, mientras Xi Jinping construyó paridad histórica, Donald Trump aseguraba éxito electoral. Esta asimetría narrativa muestra cómo dos superpotencias con identidades y agendas distintas comparten una misma realidad y transmiten significados para sus seguidores. Por el contrario, ambos líderes no abordaron el tema arancelario (ocupó 18 meses la agenda de la relación bilateral), la elocuente omisión fue porque la imagen de rivalidad cobra costos materiales que ninguno estaba dispuesto a asumir.
Conclusiones: la relación persiste en un Orden Internacional que cambia
Para Henry Kissinger superar la era bipolar implicaba la creación de una nueva estructura de paz, en la que China ocupaba un lugar principal. El estratega tenía una visión de una reedición global del Concierto Europeo, en este caso de forma pentagonal compuesto por cinco grandes potencias: Estados Unidos, URSS, China, Japón y Europa Occidental.[1] Esa visión sostenía que el Orden Internacional no se definiría por la victoria de uno de estos actores sobre otro. En todo caso, al igual que la actual coyuntura, la realidad internacional se va a definir por la tensión productiva entre dos civilizaciones-Estado que han construido históricamente una relación de interdependencia estructural que opera como límite real a la lógica de confrontación. De este modo, China regresa al escenario global con una narrativa de restauración identitaria, y Estados Unidos mantiene una arquitectura de poder que ningún actor puede reemplazar en el horizonte previsible.
De algún modo, la cumbre de Beijing confirma que la interdependencia siempre termina imponiéndose sobre la confrontación en esta relación particular. Estados Unidos y China no son precisamente amigos, sino que la historia de su vínculo ha construido una trama de intereses mutuos que ningún discurso de desacoplamiento puede desmantelar sin costos sistémicos que ninguno está dispuesto a asumir. Nixon lo comprendió frente a Mao y Enlai en 1972, Trump y Xi lo redescubrieron, a su manera, en los jardines de Zhongnanhai cincuenta y cuatro años después.
1: Zorgbibe, C. (1997). Historia de las Relaciones Internacionales, del sistema de Yalta a nuestros días. Madrid: Alianza Editorial.






















































































