Tecnologías como la inteligencia artificial (IA) y las plataformas impulsadas por algoritmos están teniendo impactos sin precedentes en casi todos los aspectos de la vida, desde la academia hasta el empleo y el medio ambiente. En lo que respecta a la justicia social, la democracia y los derechos humanos, el panorama luce sombrío: los algoritmos nos canalizan hacia cámaras de eco ideológicas, mientras que la IA ha llevado la vigilancia y la extracción de datos a niveles alarmantes. Al mismo tiempo, las plataformas de redes sociales permiten a las organizaciones de la sociedad civil llegar a sus audiencias y contar historias de maneras poderosas e inéditas, y la IA hace posible que muchas personas realicen investigaciones y pruebas de mensajería que de otro modo jamás podrían costear.
Como parte de un proyecto reciente llamado «New Tech, New Rules» (Nuevas tecnologías, nuevas reglas), el International Resource for Impact and Storytelling (IRIS), con el apoyo de Luminate y de las Open Society Foundations, encargó diez estudios de caso a organizaciones e investigadores de la Mayoría Global, con el fin de conocer cómo esta nueva tecnología los afecta a ellos y a su trabajo, y cómo se están adaptando y ajustando. Los estudios provinieron de América Latina y el Caribe, la región árabe, Nigeria, Túnez, la India y Hong Kong.
Cada estudio de caso resulta enormemente rico e interesante en sí mismo (y algunos de sus autores están escribiendo sobre ellos para Global Voices), pero, al mirarlos en conjunto, fuimos capaces de identificar varios patrones interesantes que tal vez resuenen y ofrezcan lecciones para otros.
Una caja de herramientas tácticas
A lo largo de los estudios de caso, observamos tres formas claras en las que la sociedad civil está respondiendo al contexto autoritario impregnado de tecnología: mediante la cooptación, la confrontación y la innovación.
Algunas organizaciones están cooptando la cultura y la tecnología para sus propios fines: por ejemplo, Fogo Cruzado, en Brasil, colabora con el Future Narratives Lab, con sede en el Reino Unido, para utilizar IA en la prueba de mensajes orientados a reducir el apoyo público a la violencia policial en las favelas.
Otras se centran en contrarrestar y resistir la vigilancia y la violencia digital impulsadas por la tecnología, como Derechos Digitales, que está utilizando las redes sociales para hacer campaña y movilizar la oposición contra el uso generalizado de tecnologías de reconocimiento facial por parte de las autoridades en Brasil y Chile.
Narrativas
Otras más están innovando, encontrando nuevas formas y enfoques para el periodismo y para la participación cívica narrativa. Un ejemplo de lo primero es Alharaca, un grupo de periodistas feministas de El Salvador que trabajan en el exilio y experimentan con desconectarse y ralentizar el ritmo, en lugar de ceder a la presión tecnológica de acelerarlo todo. Reúnen a sus audiencias en encuentros presenciales y prueban nuevos enfoques narrativos, como juegos de mesa e instalaciones sonoras inmersivas. En cuanto a la sociedad civil, los activistas en Hong Kong se están adaptando a una vigilancia generalizada impulsada por IA mediante el uso del humor, incrustando significados en terminología aparentemente inocua y operando a través de organizaciones efímeras y temporales.
Por supuesto, cooptar la tecnología, contrarrestarla e innovar frente a ella no son enfoques mutuamente excluyentes. La cooptación que hace Fogo Cruzado de las posibilidades de investigación que ofrece la IA es, sin duda, enormemente innovadora. Solo a través de la innovación narrativa y organizacional logran los activistas en lugares como Hong Kong y Túnez contrarrestar y resistir la represión estatal. No obstante, también se trata de enfoques distintos, y consideramos que este trío de tácticas funciona como un menú potencialmente útil para que las organizaciones lo consideren al navegar el momento actual.
De lo hiperlocal a lo transnacional
Varios de los estudios de caso destacan un giro hacia lo hiperlocal como manera de priorizar los temas y las voces de base que los medios y la política nacional dejan de lado, y también de eludir el escrutinio de unas autoridades centradas mayormente en el escenario nacional. Al desplazar el marco que pone a la política nacional en el centro, lo que antes se consideraba marginal se vuelve central: las historias, las noticias y la política hiperlocales son el lugar donde está pasando todo. Es allí donde la política se cruza con la vida de las personas, donde la conexión y la construcción de poder pueden darse fuera de las plataformas tecnológicas vigiladas, donde los temas se entrelazan, donde audiencias y creadores de medios se superponen, y donde el cambio parece posible.
Al mismo tiempo, hay un giro hacia lo supranacional: observar tendencias, conectar los puntos de los desarrollos políticos más allá del Estado nación y compartir lecciones para construir solidaridad transfronteriza. Así como los autoritarismos se conectan y aprenden unos de otros a través de las fronteras, así como la tecnología no conoce fronteras, los actores de la sociedad civil se dan cuenta de que necesitan conectarse cruzando límites y fronteras para construir sentido y construir poder.
La flexibilidad lo es todo
En un entorno que cambia con rapidez, en el que el tecnoautoritarismo a la vez innova continuamente y disrumpe y desborda de manera intencional, ser flexible y adaptable es una estrategia esencial. Si bien esto es evidente en todos los estudios de caso, quizás el ejemplo más claro provenga de Hong Kong, donde los autores del estudio destacan la importancia de las infraestructuras efímeras: aquellas que pueden aparecer, disolverse y volver a aparecer o reconfigurarse según sea necesario. Estos arreglos —microgrupos, colectivos informales, convocantes rotativos, redes de voluntarios— sostienen el impulso al tiempo que evitan puntos únicos de vulnerabilidad. Esta es también una lección muy importante para los financiadores: tanto la resiliencia como el impacto dependen de la capacidad de anticiparse y pivotar con poco margen de tiempo, y los esquemas de financiamiento deben incorporar esa lógica.
Hace falta una constelación
Ninguna organización puede hacerlo todo por sí sola; nadie puede lograr un impacto sistémico actuando en solitario. Como ilustran nuestros estudios de caso, son necesarias redes robustas, descentralizadas y colaborativas, tanto al interior de los países como a través de las fronteras. Quienes trabajan con narrativas y los actores de la sociedad civil están formando activamente alianzas y buscando asistencia y experiencia en organizaciones y pares de otros campos, para reforzar sus esfuerzos narrativos, fortalecer sus campañas de incidencia y protegerse de los ataques digitales y la vigilancia. Las estrategias de financiamiento, a su vez, deberían respaldar de manera proactiva lo que el Polis Project denomina «la infraestructura de la resistencia».
Tecnología y poder
A lo largo de los diez estudios de caso, vemos tres elementos en interacción constante, inseparables entre sí: la narrativa, la tecnología y la política. Los actores de la sociedad civil son trabajadores narrativos: la narrativa está aguas arriba de la tecnología, y la cultura y la construcción de sentido constituyen EL terreno clave de lucha en este momento. Son tecnólogos: operan con, sobre y a través de la tecnología actual y emergente para construir poder y participar en la disputa por la cultura, la narrativa y el sentido, adaptándose e innovando constantemente, equilibrando siempre las posibilidades y prestaciones de la tecnología con sus riesgos, limitaciones y daños. Son actores políticos, organizadores y constructores de poder: producen sentido tanto sobre la tecnología como con ella, en aras de la justicia social y la democracia.
En conjunto, si bien la vigilancia, los abusos y las enormes concentraciones y desequilibrios de poder que la IA y otras nuevas tecnologías habilitan resultan muy preocupantes, encontramos no pocos motivos de aliento en estos estudios de caso. Operando en territorio hostil y empleando herramientas que pertenecen a los llamados «broligarcas» y a regímenes autoritarios, defensores y activistas centrados en la justicia social, periodistas y narradores de todo el mundo están adaptando y empleando con éxito la tecnología y la cultura para construir poder popular en pos de la democracia y la justicia social.






















































































