El 27 de abril de 2026 marca un hito insoslayable no solo en los anales de La Paz, sino en la memoria íntegra de Bolivia. Al cumplirse el bicentenario de la fundación del Colegio Nacional de Ciencias y Artes «San Simón de Ayacucho», no conmemoramos únicamente la longevidad de un edificio o la persistencia de un plan de estudios; celebramos, en rigor, dos siglos de una institución que ha caminado de la mano con el destino de la nación. Hablar del glorioso Colegio Ayacucho es desentrañar la historia misma de la República: sus epopeyas, sus horas más oscuras, sus profundas transformaciones sociales y sus irrenunciables esperanzas.
Erigido en los albores de la vida independiente, el colegio nació bajo el impulso visionario del mariscal Antonio José de Sucre y el genio libertario de Simón Bolívar. El decreto que le dio vida en 1826 no fue un simple acto administrativo, sino la piedra angular de un ambicioso proyecto de Estado. La naciente Bolivia requería con urgencia ciudadanos instruidos, funcionarios probos, intelectuales de vanguardia y líderes con un acendrado sentido de pertenencia. El Ayacucho fue concebido precisamente como ese crisol donde la juventud altoperuana se despojaría de las herencias coloniales para abrazar los ideales de la Ilustración republicana, convirtiéndose en la cantera inagotable de la institucionalidad boliviana.
Cuna de líderes
Desde entonces, sus solemnes claustros han sido el premio de la historia nacional. No es una exageración retórica afirmar que en sus aulas se ha forjado gran parte de la dirigencia del país. Los registros históricos apuntan que al menos una docena de presidentes de la República transitaron por sus pasillos, nutriéndose del rigor de sus maestros. A ellos se suma una legión incontable de vicepresidentes, senadores, diputados, juristas de renombre, médicos pioneros, ingenieros, escritores laureados y maestros que, paradójicamente, encontraron en su propia escuela la inspiración para educar a las futuras generaciones. El Ayacucho demostró que la educación pública, laica y estatal podía y debía ser la matriz de la excelencia boliviana.
Sin embargo, la grandeza del Ayacucho no se mide únicamente por los ilustres nombres que engalanan sus cuadros de honor, sino por el compromiso inquebrantable de su comunidad con los momentos más álgidos de la patria. El patriotismo ayacuchense jamás fue una abstracción confinada a los libros de texto: se demostró con sangre y estoicismo en las trincheras. Durante la Guerra del Chaco (1932-1935), la muchachada del colegio cambió los cuadernos por los fusiles. Estudiantes y exalumnos conformaron heroicos contingentes, como el célebre Batallón Illimani, marchando hacia las tórridas arenas del sudeste para defender la soberanía territorial. Muchos no regresaron. Su sacrificio supremo quedó inmortalizado no solo en las frías placas de mármol de la institución, sino en la poderosa estrofa de su himno oficial —escrito por Froilán Pinilla y musicalizado por José Francisco Torricos— que evoca a los valientes paladines que sucumbieron «cara al sol».
Bastión democrático
Esa misma estirpe de compromiso cívico volvió a encenderse durante la Revolución Nacional de abril de 1952. Lejos de ser espectadores pasivos, los jóvenes del Ayacucho descendieron de sus aulas a las calles adoquinadas de La Paz, sumándose a las barricadas y milicias populares que terminaron por derrocar al viejo orden oligárquico. Aquel fervor revolucionario fue el reflejo de un colegio que siempre fomentó el pensamiento crítico. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, en tiempos de plomo y dictaduras militares, los muros del establecimiento se erigieron como un bastión de la resistencia democrática y la libertad de expresión, gestando a líderes sindicales e intelectuales orgánicos, como el histórico dirigente Guillermo Lora.
La efervescencia política e intelectual de la institución encontró siempre canales de expresión propios y vigorosos. El Centro Intelectual y Deportivo Ayacucho (CIDA) y las sucesivas formas de gobierno estudiantil no fueron jamás meros simulacros escolares, sino auténticas escuelas de deliberación democrática. Allí, los estudiantes aprendieron el difícil arte de la retórica, la representación colectiva y la fiscalización del poder.
Voces estudiantiles
Ese ímpetu encontró su tribuna escrita en el emblemático periódico estudiantil «ABC». Desde sus primeras ediciones impresas a pulso hasta su actual formato digital, el ABC ha sido la voz viva del estudiante ayacuchense, un laboratorio de periodismo donde se han ensayado crónicas, denuncias, poemas y odas que exaltan la identidad del plantel. A la par de esta formación intelectual, la Brigada Scout «Max Paredes» ha inculcado durante décadas los valores del servicio comunitario, la disciplina voluntaria, la solidaridad y el amor por la naturaleza, complementando de forma integral la educación humanística de las aulas.
Sería imposible relatar la historia del Ayacucho sin mencionar su profunda e indisoluble simbiosis con el deporte boliviano, y muy particularmente con el fútbol. Las crónicas deportivas reconocen que en las raíces mismas del glorioso Club The Strongest, fundado en 1908, palpita el espíritu de los estudiantes y exalumnos ayacuchenses. En los patios del colegio se incubó esa garra inconfundible, esa identidad «paceña, stronguista y liberal» que entiende el deporte no solo como competencia, sino como una forja del carácter. Ese mismo vigor retumba hoy cuando las agrupaciones estudiantiles entonan su clásico grito de guerra, el «Kory Paiti, Kory Paita», que hace vibrar el centro histórico de la ciudad en cada aniversario y desfile cívico.
Patrimonio vivo
Como testigo mudo y majestuoso de estas dos centurias, se erige su histórico edificio en la calle Comercio. Sus arquerías y muros de piedra han resistido los embates del tiempo, resguardando en sus entrañas los ecos de las lecciones magistrales y los pasos apresurados de miles de jóvenes. Reconocido como Patrimonio Histórico, Cultural y Arquitectónico de La Paz, y condecorado en su momento con la Orden del Cóndor de los Andes, el inmueble es hoy objeto de normativas de restauración impulsadas por el municipio y el Estado. Proteger este edificio es, en definitiva, proteger el santuario de nuestra memoria republicana.
Hoy, al cruzar el umbral de su bicentenario, el Colegio Nacional de Ciencias y Artes «San Simón de Ayacucho» nos invita a una profunda reflexión. La conmemoración de sus doscientos años no puede limitarse a la nostalgia contemplativa ni a la repetición de efemérides. Ser el «decano de la educación boliviana» en pleno siglo XXI exige replantear su misión frente a los vertiginosos desafíos de la era digital, la globalización y las profundas desigualdades que aún laceran a nuestra sociedad.
Compromiso con porvenir
¿Cómo mantener viva la llama de la excelencia pública? La respuesta yace en la fidelidad a sus principios fundacionales: educar en la pluralidad, formar con rigor científico e irradiar un profundo humanismo. El Ayacucho debe seguir siendo aquel espacio donde el hijo del obrero y el hijo del profesional convergen en igualdad de condiciones, unidos por el mérito y el esfuerzo.
Celebrar este 27 de abril de 2026 es un acto de justicia histórica, pero, sobre todo, un compromiso con el porvenir. Las nuevas generaciones de ayacuchenses, portadoras de la herencia de presidentes, literatos, héroes del Chaco y mártires de la democracia, tienen hoy el desafío de escribir las páginas del tercer siglo de esta noble institución. Mientras exista en Bolivia un joven dispuesto a cultivar su intelecto para servir a su patria, el glorioso Colegio Ayacucho seguirá de pie, inmarcesible, forjando incansablemente el alma de la República.






















































































