«No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras’.
Sea auténtica o una paráfrasis de las ideas del gran físico nuclear (Einstein), lo evidente es que la humanidad y el mundo corren un riesgo extremo por la disputa hegemónica entre Irán e Israel y el control de la principal ruta de la energía y el petróleo del planeta. Cada uno de los dos países tiene de respaldo a superpotencias, y cada una de ellas jugando a sus propios intereses hegemónicos militares y económicos, con lo cual la humanidad queda ante la posibilidad de un enfrentamiento que amenaza la vida misma en el planeta.
El régimen islámico de Irán tiene a Rusia y China de su lado, a milicias proiraníes y a fuerzas mayores como Hizbulá en el Líbano o, más lejos, a los hutíes de Yemen. El Israel sionista juega con el respaldo norteamericano, en menor medida británico y francés, y de los países europeos que le venden armas. Los países árabes que antes eran parte del esquema contra Irán, como Arabia Saudita y Catar, no han autorizado el uso de sus territorios para un eventual ataque, y en esto Jordania quedó aislada.
La cuestión nuclear
Hay negociaciones de por medio —tercera ronda en Ginebra— entre Irán y Estados Unidos, que discuten el programa nuclear iraní que, según el Pacto de 2015 suscrito por Irán, EEUU, Reino Unido, Francia, Rusia, China y Alemania, impide el enriquecimiento de uranio que sobrepase el uso pacífico. Lamentablemente, Trump I, en 2018, retiró a su país del Pacto y reimpuso sanciones, que países como Francia resistieron unos años. Hoy, para presionar un acuerdo, hay un enorme despliegue militar norteamericano en torno a Irán, con portaviones por delante y un plazo de «10 a 15 días». A la cuestión nuclear, EEUU —o, lo que es lo mismo, Israel— se añade la limitación en la producción de los misiles iraníes que, en la guerra de 12 días del año pasado, hicieron saltar la famosa Cúpula de Hierro.
Para terminar de mostrar las pretensiones del Trump II respecto del Medio Oriente, en la línea de una de cal y otra de arena, se presentó la estrambótica idea de crear un Consejo de Paz de Gaza, conocido como Junta de Paz o Board of Peace. Una organización de países que se hacen miembros con el módico aporte de mil millones de dólares y con la cual se pretende estabilizar y reconstruir Gaza (hoy destruida en un 80 % por los bombardeos israelíes). Trump, obviamente, es el presidente vitalicio y su yerno el director general. Aunque esto sería suficiente para entender la dimensión de la fantasía colonial de la propuesta, esta linda en la categoría de las infamias mundiales, porque a título de reconstrucción busca hacer una Riviera francesa de grandes hoteles y, por supuesto, asumiendo que no hay más palestinos en la Franja de Gaza.
Escalamiento
La situación está tan al límite que el propio gobierno norteamericano ha pedido a sus connacionales abandonar Israel «en el primer vuelo que encuentren». En paralelo, el Reino Unido ha retirado a los familiares de su personal diplomático de Teherán, lo mismo que China. En resumen, todo listo para que Trump dé la orden y empiecen los bombardeos contra Irán, tal como sucedió en junio del año pasado. La diferencia es que esta vez el enfrentamiento militar no será quirúrgico ni durará 12 días, porque estamos ante un momento definitorio de la suerte del Medio Oriente; no hay cómo estirar más el juego. Irán, por su parte, ha tomado las medidas político-militares de una guerra total, empezando por hacer a un lado a su presidente civil y entregar el comando del país a un cercano al Líder Supremo, caracterizado por su experiencia militar y su fundamentalismo. China está cerca con sus fuerzas navales y su enorme capacidad tecnológica para orientar el contraataque iraní.
No queda más que confiar en que el rechazo del gobierno inglés a permitir acceso a las fuerzas norteamericanas a sus bases militares para el ataque, lo mismo que el rechazo de los países árabes a que se usen sus espacios aéreos, y que la flota china, los misiles antiaéreos rusos y la enorme potencia de los misiles iraníes terminen disuadiendo a Trump de caer en la tentación.
Un mundo desafiante
Estos acontecimientos, tan graves pero aparentemente lejos de nuestro hemisferio —sobre todo de Sudamérica—, deben hacernos pensar en el nuevo mundo contemporáneo, claramente multipolar. Estados Unidos sigue teniendo el ejército más potente del mundo, pero su hegemonía se acabó y, por ello, Occidente, a zancadas, está redefiniendo sus relaciones comerciales con Asia. Ha empezado Europa, vieja y genuflexa, pero que a punta de maltrato se ha puesto consciente de la necesidad de socios más fiables y solventes. Gran Bretaña acaba de autorizar la construcción de la megaembajada china en Londres, luego de la visita de su primer ministro a Pekín y una década de negociaciones. Está en el mismo afán el primer ministro alemán, de visita junto a los ejecutivos de las principales firmas automotrices alemanas. Francia y Canadá se adelantaron en estas visitas del más alto nivel, y Macron reclama a China inversiones directas en suelo francés. India y la Unión Europea acaban de firmar un tratado comercial luego de 18 años de negociación y han creado un mercado de más de dos mil millones de personas.
En cambio, de este lado del mundo, nuestra suerte no alza vuelo. El Mercosur firmó con la Unión Europea un acuerdo de asociación luego de negociar por casi un cuarto de siglo, que a los pocos días fue puesto en suspenso para una revisión del Tribunal de Justicia de la UE, a raíz del rechazo de Francia y Polonia. Semejante traspié no termina de hacernos entrar en razón ni de preocuparnos por participar con mayor fuerza, entereza y dignidad en las nuevas negociaciones mundiales que, claramente, no solo son multilaterales sino de bloques.
Por ello, el caso de Chile es aleccionador y debería alertarnos, porque Trump ha citado a varios presidentes para el próximo 7 de marzo en Miami —por lo menos no en su casa en Mar-a-Lago—. En esta reunión, denominada «Shield of the Americas», los presidentes que asistan recibirán la cartilla del escudo y el comportamiento «hemisférico» frente al enemigo: China.
Relaciones en el mundo
El tema en cuestión tiene, cuando menos, 10 años, y es la construcción de un cable de fibra óptica que conecte Valparaíso con Hong Kong. El pecado, aunque tarde, lo cometió el saliente gobierno de Boric, que terminó de acordar con China la instalación del cable submarino y con ello provocó el enojo norteamericano, que retiró visas al ministro de Obras Públicas y a dos personeros, bajo la acusación de poner en riesgo la seguridad hemisférica. Ante el reclamo de la Cancillería chilena por su soberanía y el respeto entre naciones, el embajador estadounidense en Santiago las calificó de «irrisorias» y a la vocera gubernamental, de ridícula. La trascendencia del tema radica en el pequeño detalle de que, por ejemplo, China es el principal socio comercial de Chile, empezando por el cobre. Al mismo tiempo, ese cable de fibra óptica convertiría a Chile en un nodo de altísima velocidad —tres veces más rápido que el que actualmente se dispone en la costa— que conectaría todo el lado occidental del Pacífico sudamericano con Asia, y al que hasta nosotros podríamos acceder como país.
Así está el escenario mundial: el Imperio contraataca, y con todo, porque se está jugando su existencia. Por una parte, todo listo para un potencial holocausto nuclear con epicentro en el Medio Oriente y, en nuestro hemisferio, con la cartilla de instrucciones para el sometimiento absoluto, porque se trata de «un único» enemigo que se debe enfrentar entre todos: China.
Ojalá la razón y un mínimo de cordura se impongan y se pueda abrir una era civilizatoria más horizontal, menos depredadora y más humana, porque la que está terminando es una franca vergüenza.
Salud






















































































