El 6 de agosto de 1825 se había producido la independencia de Bolivia. Lo creí por muchos años. La noche del 5 de agosto de niños desfilábamos casi un kilómetro, con nuestras teas a kerosene, por el río hasta la escuela. Me rompieron el alma en las aulas sobre la proeza de los míticos libertadores Bolívar y Sucre.
De universitario me desilusioné cuando leí a Charles Arnade. Él se espanta ante la actitud de los astutos abogados llamados doctores de Charcas. Ellos se habían puesto del lado de los realistas proespañoles y, olfateando mejor, se pusieron del lado de los independentistas: cruzaron de bando como si fuese normal. Ahora también lo hacen sin lío los candidatos. En Cochabamba lo dicen: «pasa, pasas»; otros lo dicen: «tira sacos». En el altiplano dicen: «el mismo indio con otro poncho».
Obvio que fueron inteligentes aquellos abogados. Se convirtieron en magistrados de la nueva Corte Suprema de Justicia, en miembros de la directiva de la Asamblea Deliberante, en futuros ministros y mandatarios del país naciente, y cuando les disgustó algo hasta expulsaron a los verdaderos libertadores de «su ciudad blanca», ahora Sucre. Pero cultivaron una narrativa para que idolatremos esa su independencia de los españoles. Leyendo a Fausto Reynaga aumentó mi espanto y disparó mi inconformidad conociendo más bibliografía.
Precisamos saber exactamente qué pasó hace 200 años y cómo nos hicieron creer lo que nos hacen creer sobre el año 1825. Necesitamos saber la verdad, no en términos abstractamente morales.
Bicentenario por todas partes
Bicentenario, bicentenario, aquí y allá. Los políticos, sin excepción, sobre todo los que dicen ser de izquierda, adulan con rimbombantes discursitos acudiendo a la IA. Saludan por las fechas cívicas, sea por la prensa o por las redes.
«Felicidades La Paz en tus 216 años de libertad», escribió un exembajador por su red social. «Todo un exembajador y excanciller colonizado mental», le escribí en su red y, obvio, ocultó mi comentario. Le interpelé sobre a qué libertad se refería: a la libertad que pregona Javier Milei y Branko Marinkovic o a la libertad de Tuto Quiroga. Como exautoridad debería orientarnos. Él discurseaba en la ONU que Bolivia se estaba descolonizando, pero es evidente que él es el colonizado.
Son muchos los zalameros seductores: más papistas que el Papa. Piensan ser incluidos y ser parte dentro de aquella Bolivia de 1825, dentro de aquella República. Tengo pocos amigos indianistas que repudian esta narrativa atractiva: ¡raros seres ellos! Los aduladores del bicentenario, ¿será que tienen baja autoestima? ¿Poseen un habitual llunk’erío hacia el dueño de casa? Veamos más consensos y disensos.
En enero pasado le escribí, por WhatsApp, a un expresidente de Bolivia. Le dije: «Pensar en el 2032 es más visionario que en el bicentenario de castas criollas de 1825. El bicentenario no será relevante este año. Comprar cada día a precios elevados cualquier producto es lo que más les preocupa y les indigna a los bolivianos». Es probable que leyó la exautoridad. Pero celebró en grande el bicentenario en ausencia de una eufórica celebración del gobierno nacional.
La Gobernación de La Paz, por las fiestas julias, propició un debate sobre el épico levantamiento de Pedro Domingo Murillo en 1809 y el bicentenario. Con el invitado a ser panelista leímos la Proclama de la Junta Tuitiva; su discurso había estado expresándose como la fiel palabra de los subyugados. En mi opinión, debería haber sido el manifiesto firmado por los indígenas sometidos. Esa Proclama no expresa la voz auténtica de sus firmantes. Qué yugo funesto podían haber estado sufriendo aquel reducido grupo de vecinos criollos privilegiados con la servidumbre indígena.
Visiones sobre Bolivia
Cuando los hermanos Kataris sublevaron a los quechuas y Julián Apaza a los aymaras en 1780, el poderío represivo español estaba en su plenitud. Su fuerza en las colonias era implacable e impiadosa.
En cambio, en 1809 España estaba con su rey Carlos IV prisionero en Francia mientras se «sublevaba» Murillo. El hermano de Napoleón Bonaparte gobernaba España. En julio de 1809, los campesinos españoles se levantaban a diario en guerra de guerrillas contra la ocupación francesa entre 1808 y 1814. Entonces, ¿cómo podía haber sido épico el levantamiento de Murillo?
El historiador español Josep Fontana nos diría que, a finales de los años 1700, España ya estaba en su peor crisis fiscal. La cuarta parte de sus gastos lo pagaba con los recursos que le llegaban desde las colonias. Desde 1805 España no había estado recibiendo ningún gramo de producción de las colonias mientras Murillo encendía su tea.
Otro historiador, John Lynch, además nos diría que, en 1805, la fuerza naval británica había tomado Trafalgar y con ello el control absoluto del océano Atlántico. Así los ingleses impedían a los franceses avanzar hacia las colonias americanas.
El historiador argentino Alejandro Horowicz nos diría a su vez que Río de la Plata (Buenos Aires) había sido ocupado por los ingleses en junio de 1806. Ellos se habían llevado como botín un millón de libras esterlinas en plata que debían ser enviadas a España. Las toneladas de la plata potosina no fueron más enviadas para no entregárselas a los ingleses en medio del océano. Cuando España necesitaba reconstruirse, España adquirió un préstamo de los ingleses; ellos le prestaron el mismo millón de libras. ¿Qué paradoja, verdad?
Oportunismo
¿Cómo puede imaginarse, entonces, como épicos los llamados levantamientos del 25 de mayo y los del 16 de julio de 1809? Eran cálculos de oportunidad. Los reducidos grupos de familias (apellidos) urbanos de ese entonces calculaban cómo rejuvenecer su poder y sus intereses convirtiéndose en amos locales sin amos imperiales europeos. A esto lo llaman los teóricos colonialismo interno. Entonces, ¿por qué todos festejan el bicentenario? Los ingleses deberían festejar su éxito por cada bicentenario que gritamos en América.
Los campesinos harapientos de España, de Francia y de Europa ayudaron, de forma indirecta, a que ocurriese la oportunidad para las independencias. No fueron las ideas de patria ni las de libertad las que materializaron un sueño independentista.
Los campesinos de España, en 1820, son despojados de sus tierras con una Ley de Desvinculación, y ellos resisten contra ella en levantamientos pese a que han expulsado a los franceses mediante guerra de guerrillas siete años atrás.
En Francia, hasta 1848, los campesinos ocupaban tierras que la Revolución Francesa no había concretado; empero, son aplacados y masacrados hasta ser neutralizados por el despiadado gobierno napoleónico.
Mientras los poderes monárquicos estaban concentrados en aplacar sus rebeliones internas, ¿cómo podían ser implacables en contra de las llamadas independencias? Los ingleses dominaban el Atlántico, se frotaban las manos llenándose de billetes comerciando en todo el continente. Tendríamos que rendir homenaje a los campesinos europeos en este bicentenario. Debería rendirse tributo a los trabajadores industriales que jamás descansaron de luchar por sus derechos.
Es de esperar que las élites bolivianas detestasen con adjetivos, repetidos hasta ahora, a los indígenas de ese entonces porque sus congéneres europeos estaban siendo asediados en París, en Madrid por los campesinos. En 1864, Francia tenía una quinta parte de su población que no hablaba francés, eran analfabetos. «Aquí están los salvajes», decían las élites parisinas a sus campesinos en 1840. Los mismos adjetivos eran repetidos en las jóvenes naciones erguidas. El historiador norteamericano Eugen Weber no me dejará mentir. «Estos salvajes», dijo una expresidenta de Bolivia en 2020.






















































































