Al crecer en una ciudad donde la naturaleza se veía desde lejos, uno aprende a convivir con el ruido y la prisa típica de la sede de gobierno. Allí, lo más cercano al mundo natural era el pequeño pulmón verde llamado bosquecillo de Pura Pura. Durante muchos años pensé que así era vivir cerca de la naturaleza: apreciarla desde una fotografía o a través de un documental.
Pero la vida, nos demuestra que buscar nuevos rumbos es necesario. Un día decidí optar por un escenario más verde, más cálido, para mirar el mundo natural de otra manera. Ese camino me llevó a Santa Cruz, a la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN) donde descubrí que había estado viendo solo una mínima parte de mi propio país.
Mis primeros viajes al bosque fueron un despertar. Aprendí que la selva no solo es verde: es tiempo, es silencio, es hogar. Que el río no solo fluye: también es vida. Y cuando uno está ahí, sin edificios que tapen el cielo ni bocinas que interrumpan los pensamientos, entiende que la naturaleza no es una idea; es una presencia viva.
En ese proceso, lo que más me transformó no fue solo el territorio, sino la gente que lo cuida. Conocí técnicos que se internan en el bosque para prevenir incendios junto a las comunidades antes de que ocurran; investigadores que pasan meses analizando datos para descifrar lo que la naturaleza intenta advertirnos; equipos que trabajan con pueblos indígenas que llevan generaciones protegiendo sus tierras. Personas que hablan del bosque con la misma familiaridad con que otros hablan de su hogar.
De ellos aprendí algo esencial: la conservación es un acto humano. No nace en los escritorios. Nace en la convicción, en el compromiso, en la certeza de que no existe futuro posible si no cuidamos la casa que habitamos.
Si algo he comprendido en este recorrido, es que la naturaleza, junto a quienes la habitan, desde los pueblos indígenas hasta la fauna más diversa, tiene la capacidad de cambiarnos, de abrirnos los ojos, de hacernos más conscientes. Y que el trabajo de una institución puede multiplicar esa transformación, inspirar a más personas a cambiar perspectivas y a asumir un rol activo en el cuidado del medio ambiente.
Porque cuando una organización logra transformar la forma en que alguien mira la naturaleza, también transforma la forma en que ese alguien elige vivir en ella. Ése, creo, es uno de los mayores regalos de este aniversario de FAN: saber que existe un esfuerzo constante por proteger no solo comunidades, bosques, ríos y especies, sino también algo silencioso pero poderoso: nuestra capacidad de asombro, nuestra conexión con lo esencial, nuestra relación con el planeta.
Este aniversario también me invita a pensar en una coincidencia que, a veces, el tiempo regala: la institución cumple 36 años, y yo también. Dos caminos que avanzan en paralelo. Dos procesos de aprendizaje distintos, pero con un mismo maestro: la naturaleza.
Al igual que yo, esta organización ha aprendido de comunidades, de técnicos, de científicos, de territorios y de pueblos indígenas. Y ambos seguimos cumpliendo años con una misma meta: entender mejor cómo cuidar nuestra casa grande.
Oliver Mercado es subgerente de Comunicación en la Fundación Amigos de la Naturaleza

















































































