La noche en la que Jorge Quiroga mascullaba el dolor de su derrota ante Rodrigo Paz, Samuel Doria Medina tenía un semblante distinto: había logrado lo que nunca se propuso al ingresar a la carrera electoral. Buen perdedor de la primera vuelta, se apuró en apostar por quien ahora es el presidente, su aliado, su oportunidad de estar en el poder y, quizá, multiplicarse.
El político y empresario no sabe de ganar una elección presidencial; sin embargo, es hábil para la persistencia. Candidato a vicepresidente junto con Jaime Paz Zamora, su primera derrota ocurrió en 1997, cuando fue investido el otrora dictador Hugo Banzer Suárez.
Fue candidato presidencial en los comicios de 2005, 2009, 2014 y 2025; quedó en el camino como candidato vicepresidencial en 2020 en el binomio de Jeanine Áñez. Sin embargo, a base de alianzas, supo estar en varios gobiernos. Ahora no será la excepción.
El apoyo legislativo que Doria Medina ofreció a Paz a través de su alianza Unidad es más que eso. De pronto se ha convertido en el hombre detrás del poder. Sin acuerdo formal, puso a sus dos cuadros clave en el Gobierno: su candidato vicepresidencial José Luis Lupo, ahora ministro de la Presidencia, y su “capitán antiinflación”, como lo llamó al presentarlo el 29 de mayo, ministro de Economía.
¿Es poco? Lupo es ahora el hombre de mayor confianza del presidente Paz y Espinoza —ojo con el apunte: director del Banco Central en el régimen de Áñez— es el responsable de reencauzar la economía del país. Se trata de dos figuras clave del poder.
Sin embargo, cabe la pregunta: ¿por qué Paz apela a cuadros ajenos para conformar su entorno? La respuesta está en algunos hechos y factores.
Si bien recorrió 230.000 kilómetros y visitó más de 220 municipios en cinco años, como dijo, no logró formar una estructura partidaria propia. Su candidatura fue improvisada: encontró apenas una fuerza política, el Partido Demócrata Cristiano (PDC), que, en su momento, se la disputaba el precandidato Jaime Dunn, arropado por cierta dirigencia del partido histórico. Y su primer candidato vicepresidencial, el empresario potosino Sebastián Careaga, renunció, y tuvo que apelar a un outsider deambulando en sus propios afanes e ignorado por el stablishment político, el ahora vicepresidente Edmand Lara.
Preocupado, su padre, el expresidente Jaime Paz Zamora, dijo en entrevista con José Pomacusi que su hijo no cuenta con un “tronco” partidario pars sostener un gobierno.
Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Paz parece depender de su aliado. El lunes, su ministro Lupo posesionó a cuatro viceministros, dos de los cuales de su alianza, Wilson Santamaría, quien fue viceministro de Áñez y posesionado por Arturo Murillo, y Andrea Barrientos, hace poco candidata a diputada de la alianza de Doria Medina. Julio Linares también fue viceministro en el gobierno de Áñez y hace unos años secretario general de la gestión del alcalde de La Paz, Iván Arias.
Y también de los vaivenes de Lara. Éste anunció que su organización en formación, Nuevas Ideas con Libertad, se presentará con candidatos propios en las elecciones subnacionales de 2026. “Nos han desconocido”, denunció con un despecho político que hace pensar en un quiebre político.
Era impensable que un gobierno formado bajo al menos cuatro corrientes políticas —PDC, Unidad, Primero la Gente y Nuevas Ideas— pueda conquistar territorios electorales a través de un solo bloque, como con el que comienza su gestión.
La la gobernabilidad de Paz pasa por la consecuencia de sus aliados y Lara más allá de las elecciones de marzo de 2026. Sin embargo, PDC, Unidad, Primero la Gente y Nuevas Ideas con Libertad buscarán poder regional a través de candidaturas a gobernaciones, alcaldías y representaciones regionales.
Es el riesgo de la dependencia de los aliados, consecuencia del déficit de fuerzas políticas organizadas, consolidadas y bien proyectadas. ¿Seguirá mientras el hombre detrás del poder?















































































