El teléfono ha dejado de sonar; hace meses que nadie responde a sus llamadas. Mientras las últimas horas se consumen, el tiempo parece haberse detenido. Su rostro luce cansado y quejumbroso. Quisiera descargar su enojo, pero en el fondo sabe que la culpa es solo suya. A ratos, su ego —aún elevado— le sirve de consuelo y evoca viejas victorias, alimentando una nostalgia que no calma su intranquilidad. Lo que le aqueja ahora no son las viejas molestias corporales, que ha desoído tiempo atrás, sino algo más serio. Le intriga cómo será recordado ¿Cómo el invitado que acabó expulsando a los dueños de casa? ¿Cómo el arquitecto que destruyó su propia creación? ¿Cómo el académico que no supo aplicar sus propias teorías? O, simplemente, ¿cómo el artífice de la peor crisis del siglo XXI? Junto a él, los demás habitantes de la Casa Grande han perdido las ganas de luchar y han entrado en una miserable rutina de esperar a que pasen los días.
Está llegando a su fin el gobierno de los autoproclamados renovadores y académicos. Quienes acompañaron la investidura presidencial hasta el último día habrán demostrado su lealtad incondicional a quien, generosamente, le ha otorgado un puesto fijo y bien pagado a cambio de su silencio administrativo, su complicidad técnica y su descrédito profesional. Estos mismos han sido voceros de promesas vacías, portadores de anuncios engañosos y repetidores de discursos retóricos. Se valieron de su pericia técnica para sortear las normas que, en muchos casos, ellos mismos diseñaron, y recurrieron a maniobras contables y estadísticas para simular una realidad esperanzadora.
Aquellos “fervientes partidarios” del proceso de cambio, no tuvieron el valor necesario para defender sus propias medidas en los momentos de mayor tensión. Quienes lo hicieron, actuaron más por obligación que por convicción, demostrando un escaso compromiso institucional, una convicción política débil y una capacidad técnica insuficiente para sostener sus ideas, pero, sobre todo, una ausencia visible de amor a la patria.
Fueron artífices operativos de la crisis, materializada en informes, decretos, resoluciones y otros actos administrativos. Hasta el final, se negaron a reconocer sus propios errores. Algunos de ellos, encontrarán más cómodo descargar la culpa en sus superiores jerárquicos, arguyendo que “ellos no decidían nada”. Otros pensarán que el hiperpresidencialismo se convirtió en un mecanismo perverso de concentración de poder, pero evadirán cualquier responsabilidad, alegando que no les correspondía cuestionarlo.
Estos burócratas no solo han desprestigiado la función pública, traicionado los principios éticos del servicio público al anteponer sus intereses personales, sino que han quebrantado la credibilidad del Estado. Ahora, los impostores y testaferros del «proceso de cambio» preparan su salida. ¿Estarán algunos, incluso, planeando una huida?
Es probable que varios de ellos enfrenten auditorías técnicas y procesos judiciales con el nuevo gobierno. No obstante, cabe también cierto grado de condescendencia, pues, más allá de las apariencias, han vivido un periodo de auténtico martirio. Jornadas extenuantes, maltrato verbal a puertas cerradas, acoso constante y una progresiva pérdida de confianza fueron el precio por conservar su fuente laboral. Algunos ni siquiera tuvieron el derecho a renunciar, so pena de ser tildados de traidores y sufrir represalias legales. Para ellos, el cambio de gobierno significa un alivio: la posibilidad de regresar a casa con el deber cumplido, aunque con la conciencia manchada.
El desbande institucional comenzó hace meses. Ahora, por fin, tienen la oportunidad de expresarse libremente y manifestar una disidencia que había sido acallada por el miedo o la conveniencia. A esta altura, muchos ya habrán cambiado de partido y esperan seguir contribuyendo desde sus escritorios a la gestión pública; esta vez, para aplicar los ajustes económicos que sus antiguos jefes no supieron ejecutar a tiempo.
Los movimientos sociales, por su parte, también se han corrompido y han dejado de obedecer consignas. Los dirigentes prebendales han abandonado las filas oficialistas y buscan acomodarse en la nueva administración, perpetuando las mismas prácticas clientelares que aprendieron a exigirle a su antecesor.
El círculo más cercano, conformado por asesoras y algunos amiguetes, será el que más extrañe la Casa Grande, pues llegaron a gobernar como presidentes sin serlo. Todo gracias a sus habilidades de servilismo y zalamería, que les permitieron acaparar los contactos directos y actuar como filtro de llamadas y reuniones personales. Habilidades que les abrieron la posibilidad de influenciar en la toma de decisiones presidenciales que quedo reducida a una élite de funcionarios públicos y algunos dirigentes. A cambio, se beneficiaron con viajes al exterior, costeados con recursos públicos, que les permitieron conocer destinos impensables para la mayoría. Todo esto bajo el manto protector de la figura presidencial, lo que les permitió operar en las sombras, eludir el escrutinio público y disfrutar de su sitial sin ser cuestionados en las calles, a diferencia de otros servidores públicos más expuestos.
El título Los deshabitados de Marcelo Quiroga Santa Cruz resulta hoy más vigente que nunca. Estos personajes —gobernantes, burócratas y aduladores— terminaron habitando una Casa Grande vacía de propósito y colmada de su propia ficción. Como en la novela, agotaron sus días en rituales vacíos, prisioneros de una rutina que simulaba gobierno mientras la credibilidad del Estado se resquebrajaba. Sus nombres quedarán ligados no a la transformación que prometieron, sino al ocaso de un proyecto que, habiendo empezado con grandes discursos, concluye con un silencio elocuente: el mismo que ahora reina en sus despachos desolados. La historia los recordará no por lo que construyeron, sino por las ruinas que dejaron.
Omar Rilver Velasco
es habitante del Kollasuyo, yatiri económico y promotor del Vivir Bien.



















































































