El tren que vuelve… y la incómoda obligación de recordar que las empresas bien administradas sí funcionan. Curiosa Bolivia esta.
Así es, un tren vuelve a funcionar después de seis años y rápidamente aparecen los oportunistas de siempre buscando un asiento en la fotografía inaugural. Sonrisas protocolares, discursos emotivos, saludos calculados, abrazos ferroviarios de ocasión y una desesperada necesidad de algunos personajes de sentirse protagonistas de algo que jamás construyeron.
Porque así somos. Nos encanta aparecer cuando la locomotora ya está andando. Pero muy pocos hablan de lo realmente importante.
Muy pocos se detienen a analizar lo que significa que una empresa ferroviaria lleve más de 30 años operando, invirtiendo, modernizando infraestructura, moviendo carga, generando empleo y ahora recuperando un servicio de pasajeros que durante mucho tiempo fue parte esencial de la integración regional.
Y más incómodo todavía resulta aceptar algo que en Bolivia pareciera convertirse en herejía económica: que las empresas estratégicas también pueden funcionar correctamente cuando son administradas con visión empresarial y no con intereses políticos.
Ahí comienza el verdadero debate que muchos prefieren evitar. Porque mientras algunos utilizan el retorno del Expreso Oriental como escenario para discursos coyunturales, lo que realmente debería generar atención es que existe una empresa que durante tres décadas logró sostener operaciones ferroviarias en uno de los países más complejos de la región para invertir, producir y proyectar desarrollo.
Treinta años. No tres meses de relato político. No una administración improvisada cargada de consignas ideológicas, discursos revolucionarios ni promesas de ocasión. Treinta años de operación ferroviaria continua, después de haberse asumido la enorme responsabilidad de recuperar y modernizar lo que en su momento fue ENFE, una estructura ferroviaria estatal que terminó reflejando las limitaciones de un modelo donde la política pesaba más que la eficiencia.
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Porque pocos conocen realmente la dimensión estratégica que tiene el sistema ferroviario para Bolivia. Pocos entienden que no se trata únicamente de mover vagones o pasajeros, sino de administrar una de las infraestructuras logísticas más importantes para la integración territorial, el comercio exterior, la producción y el desarrollo económico del país.
Y precisamente ahí radica el verdadero mérito de estos treinta años: haber transformado una concesión ferroviaria en una operación funcional, sostenible y capaz de seguir generando movimiento económico, conectividad y oportunidades para miles de bolivianos.
Y eso, guste o no, demuestra algo que en Bolivia todavía cuesta aceptar: cuando existe administración técnica, visión corporativa, planificación y responsabilidad financiera, las empresas estratégicas pueden convertirse en motores reales de desarrollo.
No en botines políticos. No en agencias de empleo partidario. No en cajas chicas electorales.
Locomotoras de desarrollo podríamos llamarlo, porque mientras el Estado muchas veces discute cómo repartir lo que no produce, existen empresas que sí generan movimiento económico, empleo, impuestos, conectividad y oportunidades para regiones enteras. Y el tren es prueba viva de ello.
El retorno del servicio de pasajeros no es solamente una noticia simpática para la nostalgia ferroviaria. Representa una decisión que mezcla responsabilidad social, integración territorial y visión estratégica sobre el turismo y el desarrollo regional.
Hay pueblos enteros que necesitan este servicio, hay familias que vuelven a conectarse, hay pequeños comerciantes, artesanos y emprendedores que encuentran movimiento económico gracias al tren. Hay turistas que descubrirán nuevamente la Chiquitanía desde la magia incomparable de una vía férrea atravesando paisajes que pocos países tienen el privilegio de mostrar.
Y mientras algunos buscan protagonismo político de ocasión, el verdadero protagonista sigue siendo el mismo de hace décadas: una infraestructura ferroviaria que continúa funcionando gracias a la estabilidad administrativa y a una visión empresarial sostenida en el tiempo. Esa es la parte incómoda de esta historia.
Porque obliga a reconocer algo que muchos discursos estatistas intentaron negar durante años: que cuando las empresas son manejadas con eficiencia, control corporativo y objetivos claros, quien termina beneficiándose no es únicamente el inversionista.
Se beneficia el pueblo. Se beneficia la economía. Se benefician las regiones. Y se beneficia el país. Por eso resulta casi irónico tener que escribir una columna explicando algo tan elemental: que una empresa funcionando correctamente debería ser motivo de orgullo nacional y no de sospecha política.
Pero esta es Bolivia. Un país donde muchas veces el éxito empresarial incomoda más que el fracaso estatal. Mientras tanto, el tren volvió a partir. Y aunque algunos quieran convertirlo en una tarima política momentánea, las vías férreas vuelven a recordarnos algo simple, pero poderoso: el desarrollo no llega con discursos. Llega cuando existen instituciones y empresas capaces de sostener proyectos durante décadas, aun en medio de la incertidumbre política de un país acostumbrado a destruir lo que funciona.
*Es escritor y analista político
















































































