En algún momento pensé que Evo Morales se había ganado un lugar privilegiado en la historia de nuestro país, por las conquistas sociales que logró en beneficio de los más débiles y ninguneados de nuestra nación. El cambio que encabezó fue tan poderoso, que tuvo repercusiones internacionales que lo ubicaron como uno de los estadistas más importantes del continente, hasta, que lo alcanzó esa maldita demencia que aqueja a los poderosos que no tienen el cuidado de la autocrítica y la mesura. De ser líder de ese gran proceso de transformación, se convirtió en su más furibundo destructor, tanto, que provocó el colapso de la izquierda boliviana en las recientes elecciones. En ese afán autodestructivo, se mató él y arrastró a sus seguidores a un suicidio político colectivo, que trae a la memoria el caso de ese otro líder extraviado que fue Jim Jones, el de la tragedia de Guyana. Compararlos es inevitable.
Jim Jones fue un líder religioso estadounidense que en 1956 logró reunir en su entorno a miles de seguidores que buscaban no sólo un cambio en su vida, sino un cambio de sistema político que moderara las condiciones de desigualdad en que vivían pobres, negros y otros marginales de la ciudad de Indianápolis, Estados Unidos. Como Morales, supo canalizar su descontento y esperanzas ofreciéndoles un sistema distinto al capitalista y fundó una comunidad socialista que él llamó el Templo del Pueblo.
Laura Johnston Kohl, una activista contra la guerra de Vietnam y defensora de los derechos de los negros, se acercó en 1970 a la comunidad de Jones y quedó presa del discurso seductor del carismático líder que hablaba de igualdad, justicia social, protección a los desprotegidos, un sistema económico más justo y, sobre todo, rescate de los marginados. Tenía 22 años de edad cuando se unió al Templo del Pueblo y se convirtió en su cronista involuntaria.
Incómoda por el acoso político, la comunidad de Jones se trasladó a California, donde tampoco encajó. Cuenta Johnston que Jones buscaba un lugar lejos del alcohol y las drogas de Estados Unidos y en 1977 decidieron irse a Guyana, ubicada en la costa atlántica norte de Sudamérica, donde se hablaba inglés debido a que en el pasado había sido una colonia británica.
Ya asentados en un terreno cerca de Georgetown, capital de Guyana, fundaron el Proyecto Agrícola del Templo del Pueblo y lo bautizaron como Jonestown en honor de su líder Jim Jones. Johnston estuvo en el sitio durante un año, tiempo en el que vivió junto a unas mil personas, de distintos orígenes y razas, la experiencia de una sociedad igualitaria y justa respecto del trabajo y su usufructo. Pero también vio y vivió los cambios en su líder a medida en que crecía su poder. Ya no aceptaba consejos ni sugerencias y las decisiones, antes consensuadas, se habían convertido en órdenes. Se rodeó de incondicionales que vigilaban estrictamente a los miembros de la comunidad y castigaban a los desobedientes, lo que provocó que la gente le temiera. Mesiánico, hizo que le rindieran culto a su personalidad y por medio de un sistema de altavoces emitía cánticos en su alabanza. Escogió a las mujeres más jóvenes, a las que llamó secretarias, para que estuvieran junto a él y siempre dispuestas a sus deseos. Todo esto fue denunciado en Estados Unidos y desde allá fue una comisión acompañada de periodistas, para verificar las denuncias. Johnson recibió la orden de Jones de trasladarse a Georgetown para recibir a la comisión y fue así que se salvó de la tragedia que ocurrió después: los miembros de esa comisión fueron asesinados y 918 habitantes de Jonestown obligados a suicidarse con dosis de cianuro mezclados con jugo de naranja.
Jones decía a su comunidad que sólo él podía salvarla, igual que Evo Morales a Bolivia. Como Evo, se comparaba con seres celestiales: Jones dijo que era el mesías; Evo, un enviado de Dios. Jones decía que era un líder inigualable con una misión en el planeta; Evo, el líder que cada 100 años nace en el mundo. Jones dijo si no soy yo, no será nadie y convenció a su comunidad a suicidarse. Evo Morales dijo que si él no es Presidente, no será nadie y convenció a los suyos de votar nulo. Jones llevó a sus seguidores al suicidio biológico; Evo, al suicidio político.
(*) Javier Bustillos Zamorano es periodista














































































