«Jesús, al irse de allí, vio a un hombre llamado Mateo en su puesto de cobrador de impuestos, y le dijo: ‘Sígueme’. Mateo se levantó y lo siguió».
[Mateo 9:9]
«Lo miró con misericordia y lo eligió»… ése fue el lema que Jorge Mario Bergoglio Sívori escogió junto con el nombre de Francisco cuando fue elegido Sumo Pontífice de la Iglesia Católica en 2013.
Francisco es parte de una ola de Santos Pontífices que desde fines de la década de los 50 del siglo pasado han reformado estructuras y fundamentos de la Iglesia Universal: San Juan XXIII y Francisco reformando la Misión de la Iglesia —junto con San Pablo VI—; San Juan Pablo II y el mismo Francisco, decisivos actores en áreas teopolíticas —uno enfrentado a los totalitarismo, el otro a la defensa de los migrantes y el medioambiente— pero todos ellos continuadores del mensaje evangélico de defender a los desfavorecidos y marginados, así como León XIII enunció los principios de la Doctrina Social de la Iglesia a través de su encíclica Rerum Novarum (1891).
Consulte: Semana Santa (y lo non sanctus que viviremos)
De su Papado, ya a su proclamación hubo una alharaca woke (surgida en Argentina pero extendida rápidamente) de que Bergoglio, en su condición de Provincial de la Compañía de Jesús, había sido un colaborador de la dictadura argentina de 1976 a 1983, complicidad que fue desmentida, entre otros por el Premio Nobel de la Paz y compatriota Adolfo Pérez Esquivel.
Considerado por algunos como “marxista” y por otros como conservador (en el obituario publicado en The New York Times se lo describió como «décadas de liderazgo conservador») según el interés o inclinación de quien lo describiera, yo lo conceptúo un reformador en la misma línea de León XIII, San Juan XXIII y San Pablo VI y un gestor político (ecologista, defensor de la mujer y las desfavorecidos, destacando los migrantes) como San Juan Pablo II, defensor inclaudicable de la libertad.
Hábil comunicador con todos los públicos —su comunicación de frente con los jóvenes fue tan efectiva como la de San Juan Pablo II—, logró un impacto mayúsculo desde el «¡Hagan lío!… ¡[…] quiero que la Iglesia salga a la calle!» el mismo año de su entronización para, en su estilo directo porteño y su (podríamos decir) facundia campechana marcar su Misión, que esbozaría en su primera Carta Encíclica —Lumen Fidei (La Luz de la Fe), escrita en colaboración con el Papa Emérito, publicada en 2013— que explora la fe desde la teología católica; lo completaría con su cuarta (y última) Encíclica —Dilexit Nos (Él Nos Amó)— enfocada en el amor del Sagrado Corazón de Jesús; esta Carta, publicada en 2024 para «un mundo que parece haber perdido el corazón», me atrevo a decir que fue su testamento de Fe: su Testamento Teológico.
Pero entender sólo su visión teológica —sin olvidar que era un teólogo de compasión— es limitar a Francisco Defensor de la Casa Común que, desde su Carta Encíclica Laudato Si’ (Alabado seas en la lengua umbría, homenaje al Santo de Asís) de 2015 fue Voz mayor en el cuidado del medio ambiente, la ecología integral, el desarrollo sostenible y la crisis ecológica. Francisco lo retomaría con su Exhortación Apostólica Laudate Deum (Alaben a Dios, 2023), en la que señalaba que la degradación ambiental y el cambio climático eran un grave “problema social global” relacionado con la dignidad de la vida humana y “uno de los principales desafíos a los que se enfrenta la comunidad mundial”: un drama que nos daña a todos.
La tercera de sus Cartas, Fratelli Tutti (Hermanos Todos), abordó la fraternidad y la amistad social, exaltando la fraternidad como valor ordenador de las sociedades —amistad, virtud tal como lo adelantó ya Aristóteles— y factor ineludible de una armoniosa convivencia mundial.
Muchos temas “filosos” marcaron su Pontificado: la mujer en la Iglesia; los divorciados; el aborto; la pederastia en la Iglesia; la homosexualidad; su defensa de los migrantes y los desposeídos o, en contrario, su tácita aparente permisividad con regímenes totalitarios y represivos de Nicaragua, Venezuela y Cuba (o aun Bolivia)… aunque pudiera entenderse como Jefe de Estado del Vaticano: equilibrista de la teopolítica.
Ya está frente a Dios y Él lo juzgará santo o pecador. Para nosotros, fue nuestro hermano.
(*) José Rafael Vilar es analista político, académico y escritor















































































