El cambio no es un suceso; es un patrón. Esta frase capta una manera útil de interpretar la postura externa de EEUU, la cual ha cambiado de múltiples formas a lo largo del último año. En un entorno internacional fragmentado, Washington no se limita a responder a las crisis; también busca moldear los términos bajo los cuales responden los demás. Lo que destaca no es tanto un conjunto de decisiones aisladas, sino una lógica operativa consistente: menor dependencia de una diplomacia cargada de procesos, mayor uso de la negociación basada en la presión y una disposición más clara a reforzar la mensajería estratégica con herramientas económicas y, de manera selectiva, con la fuerza militar. Esto se lee menos como un ajuste retórico y más como una lógica operativa emergente orientada a la velocidad, el apalancamiento y la escalada controlada.
En el centro de este giro hay un cambio de postura. Estados Unidos ha actuado durante mucho tiempo como un actor político central en el Hemisferio Occidental y más allá. Lo que parece estar evolucionando no es la ambición de liderar, sino el método empleado para ejercer influencia. El énfasis se está desplazando del proceso al apalancamiento. Washington otorga menos peso a la construcción de consensos y más a marcar el ritmo, definir lo que está en juego y limitar las opciones disponibles para los demás.
El cambio en el estilo de negociación
Un rasgo distintivo de este ciclo es lo que podría describirse como la diplomacia del «Arte de la negociación»: una lógica de regateo familiar aplicada a un terreno distinto. Lo que antes pertenecía principalmente a la negociación comercial ahora se extiende a la soberanía, las rutas estratégicas, la seguridad energética, los regímenes de sanciones y las cuestiones territoriales. El método se entiende mejor como un marco de tres componentes.
Primero, la señalización pública: una postura comunicacional disciplinada que enmarca lo que está en juego, aclara las líneas rojas y comprime los plazos de negociación. Segundo, el apalancamiento económico: sanciones, herramientas arancelarias y medidas afines que amplían el perímetro de la negociación. Tercero, la acción militar selectiva: limitada en alcance, frecuentemente intensiva en tecnología y diseñada para producir un efecto estratégico desproporcionado.
En este modelo, la negociación no comienza con la convergencia. Comienza con el apalancamiento. El objetivo es moldear el entorno y elevar el costo del desacuerdo, en lugar del enfoque habitual de buscar puntos en común.
El conflicto con Irán ilustra el cambio
A inicios de 2025, el presidente Trump anunció un posible ataque contra Irán si el país no alcanzaba un acuerdo nuclear; las amenazas culminaron en la Guerra de los Doce Días con una importante acción militar por parte de EEUU y, finalmente, condujeron a un acuerdo de cese al fuego. El año 2026 inició con el anuncio del presidente Trump de que una «armada masiva se dirigía hacia Irán» si el país no alcanzaba un acuerdo, mientras que la presión económica se incrementó mediante la imposición de nuevas sanciones enfocadas en las flotas fantasma. A finales de febrero de 2026 sobrevino una escalada militar selectiva con el propósito de modificar el conjunto de opciones sobre la mesa, sin comprometerse necesariamente en público con un curso de acción futuro ni prolongar el conflicto.
El nuevo patrón también se observa, con algunas variaciones, en las acciones de Estados Unidos hacia Venezuela algunas semanas antes que las de Irán. La comunicación pública, la presión económica y una acción militar selectiva se emplearon para alcanzar el objetivo de remover a Nicolás Maduro como jefe de Estado de Venezuela.
Repercusiones en el Hemisferio Occidental
Para América Latina, es aquí donde el análisis se vuelve inmediato. Irán no solo es un actor regional; también es un Estado con capacidades estratégicas de larga data, un programa nuclear y una postura de seguridad moldeada por restricciones persistentes. En este contexto, el Estrecho de Ormuz constituye una palanca económica para el país: al menos una quinta parte del petróleo comercializado a nivel mundial transita por ese corredor, lo que hace que incluso disrupciones limitadas resulten significativas en términos de precios y riesgo globales. Las disrupciones en el Estrecho de Ormuz se traducen en mayores precios de la energía, mayores primas de seguros marítimos y mayores costos de transporte a nivel mundial.
Los efectos para América Latina aparecen primero en los costos de energía y logística. El nearshoring y el friendshoring pueden generar oportunidades para algunas partes de la región, pero esas oportunidades requieren tiempo para madurar. Los choques energéticos y de transporte llegan más rápido. El alza en los precios del petróleo y el gas, el encarecimiento del transporte marítimo y la disrupción de las rutas de suministro elevan los costos en economías que aún dependen en gran medida de combustibles importados, insumos importados o cadenas de transporte extensas. Asimismo, la región del Golfo representa cerca del 30 % de las exportaciones globales de fertilizantes, lo cual, para América Latina —considerada un importante centro de producción de materias primas alimentarias—, repercutirá en la seguridad alimentaria y en sus costos.
Factores del cambio
La segunda capa es la financiera. Desde el ciclo inflacionario posterior al covid, las tasas de interés más altas han permanecido como un rasgo definitorio de las condiciones financieras globales. Se ha señalado una tendencia esperada hacia tasas de interés más bajas, pero bajo las actuales condiciones geopolíticas las primas de riesgo tienden a aumentar, el apetito de los inversionistas puede debilitarse y el financiamiento se encarece para economías que ya operan con restricciones fiscales. El efecto práctico es que la planificación se torna más difícil, las nuevas entradas a mercados y las expansiones se postergan, y el costo de la incertidumbre se manifiesta en las condiciones crediticias.
La tercera capa es la diplomática. La diplomacia se inclina hacia un enfoque más transaccional que modifica el entorno operativo del hemisferio. El minilateralismo y el contacto directo cobran mayor peso. Es más probable que la cooperación se organice en torno a intereses específicos —tales como la energía, la migración, la seguridad o la política industrial— que en torno a posicionamientos amplios. Para los países de ingreso medio, esto genera tanto riesgo como oportunidad: hay menos margen para la ambigüedad, pero más espacio para los países que puedan presentarse como estables, pragmáticos y claros en sus objetivos de negociación.
América Latina
La región debe responder a esta reconfiguración del entorno internacional de negociación. El movimiento más eficaz de América Latina es impulsar políticas basadas en la resiliencia y fortalecer los cimientos que amplían el margen de maniobra: la estabilidad macroeconómica, la infraestructura, la credibilidad institucional y la diversificación en materia de energía, comercio, finanzas y diplomacia.
La región debe leer el patrón, no solo el suceso.






















































































