El ciclo electoral que Bolivia transitó entre agosto de 2025 y abril de 2026 no fue simplemente una sucesión de comicios. Fue el momento en que se consumó el derrumbe de un orden político que había dominado el país durante dos décadas. En su lugar emerge un paisaje fragmentado, multicolor y, por ahora, sin brújula ideológica clara. Las elecciones generales de 2025 —que llevaron a Rodrigo Paz a la presidencia— y las subnacionales de marzo y abril de 2026 —que distribuyeron gobernaciones y alcaldías entre decenas de siglas sin nexo entre sí— configuraron juntas un nuevo mapa político cuyo significado todavía está por definirse.
Para leer ese mapa, animal Político, de La Razón, conversó con dos analistas con perspectivas penetrantes y complementarias. Daniel Valverde es abogado, exdiputado nacional y uno de los observadores más atentos de la política boliviana. Carlos Saavedra es comunicador especializado en comunicación política, con amplia experiencia en el asesoramiento de campañas y en el análisis del discurso público. Ambos coinciden en el diagnóstico de fondo. Bolivia salió del ciclo electoral con más pluralidad, pero sin más calidad en el debate; con más actores, pero sin más proyectos.
El largo ciclo electoral
La imagen más inmediata que deja el ciclo es la del mapa electoral multicolor. Donde antes predominaba el azul del Movimiento al Socialismo, hoy conviven docenas de siglas que llegaron al poder sin lazos entre sí y, en muchos casos, sin historia previa. Para Valverde, ese escenario tiene una explicación estructural. «Entramos a estas elecciones con un MAS todavía muy poderoso (controla aún, hasta que juren las nuevas autoridades, 240 municipios y tres gobernaciones), pese a todas las peleas entre arcistas y evistas. La crisis económica y las aflicciones por la falta de carburantes marcaron el clima de la cita con las urnas. Y, previo a eso, la destrucción del MAS como instrumento político».
El resultado, a su juicio, es una dispersión que no equivale a pluralismo político genuino: «Hay mucha pluralidad, mucha heterogeneidad, y no hay lazos políticos entre las organizaciones que han llegado al poder. Creo que, en el país, hasta ahora, lo que ha habido simplemente han sido proyectos electorales”.
Derrumbe hegemónico
Saavedra lee el mismo fenómeno con una metáfora más dramática. «El derrumbe hegemónico», lo llama. «Ha sido un derrumbe en las nacionales y en la pérdida del poder territorial luego. Muy complejo para el masismo. Todo lo que conocíamos como hegemonía política ha terminado derrumbándose y ha dejado un vacío muy grande en la política nacional”, observa. Ese vacío, agrega, no fue llenado por la oposición. «Uno de los otros problemas que tuvo el bloque opositor es que giraba mucho en torno a los errores que el MAS cometía, pero no logró construir una propuesta propia”.
Las elecciones subnacionales de marzo de 2026 ratificaron esa lectura con datos contundentes: de las 181 siglas que participaron en todo el país —un 34% más que en 2021—, la aplastante mayoría quedó sin gravitación real. La derecha ganó seis de las nueve gobernaciones, pero sin que ningún partido se consolidara como referente nacional. El campo popular se impuso en más de 160 municipios, pero también disperso bajo múltiples banderas. El gobierno de Paz, que había apostado a mucho, cosechó apenas dos gobernaciones.
La erosión del debate público
Detrás de la dispersión electoral hay una historia más larga: la del vaciamiento progresivo del debate político boliviano. Valverde la traza con precisión. «Se ha degradado y ya tocamos fondo varias veces. No ha habido una reconstrucción de las instituciones políticas, ni del diálogo político, ni del argumento político. Es la fuerza bruta, es el argumento polarizante”, lo que se impone.
Saavedra sitúa el punto de quiebre en el momento en que el MAS agotó su horizonte ideológico. «Hoy día hay más consignas, pero no hay mirada de horizonte de futuro, ni en el oficialismo ni en la oposición. Todo es muy coyuntural”. El proceso fue gradual. Tras el cierre de la Asamblea Constituyente y la proclamación de la agenda del bicentenario, el debate fue perdiendo profundidad hasta reducirse a la polarización en torno a la figura de Evo Morales, empeorando luego del referéndum del 21 de febrero de 2016. «Lo de Evo fue una discusión sobre el abuso de poder. Creo que el gran error histórico del MAS fue, primero, la postulación de Evo Morales por encima del 21F; y el segundo gran error fue la disputa fratricida y la fragmentación del bloque popular», dice Saavedra.
Esa fragmentación interna del masismo, lejos de abrir paso a un debate renovado, hundió aún más la calidad de la discusión pública. «Son las redes sociales las que han enturbiado todo el escenario», apunta Valverde, «y de eso no hay forma de salir. Mientras tengamos un sistema político con organizaciones improvisadas, con dueños y sin debate, eso no va a cambiar”.
La lógica de la banalización
La gran interrogante es por qué, en medio de una crisis económica severa, los actores políticos siguen sin abordar los temas de fondo. Saavedra lo atribuye a un déficit en las capacidades de las figuras emergentes. «La formación y la lucidez de los nuevos líderes es cada vez más frágil, y no tienen la capacidad de plantear de fondo discusiones políticas que tienen que ver con el rumbo que va a tomar el país”, afirma.
Valverde señala, además, una omisión concreta del gobierno nacional. «El gobierno no debió electoralizar su gestión, porque ha estado muy pendiente y activo de las elecciones autonómicas. Ahí perdió tres o cuatro meses fundamentales para impulsar el debate y la agenda que tiene un impacto económico”. El resultado es una parálisis que tiene costos reales. «Los gobiernos pueden perecer por inacción, y este gobierno también está incurriendo en inacción, y el tiempo ya lo tiene bien encima”, apunta.
El debate ausente
Ninguno de los dos analistas duda de cuáles son los temas que Bolivia debería estar discutiendo. Valverde los enumera sin rodeos: hidrocarburos, minería, inversiones, entre otros. Sin embargo “el gobierno está ahí, semiparalizado”.
Saavedra suma el D.S. 5503 como el único intento de articular una hoja de ruta económica. «Creo que el D.S. 5503 es el documento que ha tenido la mayor impronta al visibilizar un modelo de país que quiere el gobierno”. Pero ese intento quedó a medio camino ante la presión social y la resistencia de la COB.
El vacío es tanto más grave cuanto que el contexto internacional no da tregua. La crisis energética global, los precios de los combustibles y los fertilizantes, y la inestabilidad geopolítica configuran un escenario en que Bolivia no puede darse el lujo de seguir aplazando decisiones estructurales.
La iniciativa en el oficialismo
El gobierno de Paz se acerca al primer semestre de gestión con una correlación de fuerzas que no le es favorable ni política ni territorialmente. «El gobierno perdió la posibilidad de ser el garante de la gobernabilidad, porque ha sido muy ligero en sus ofertas y afirmaciones: el estado tranca, el 50-50, por ejemplo, no han terminado en contenidos concretos”, sostiene Valverde. Ante ese cuadro, el abogado y exdiputado vislumbra que el motor del cambio podría venir desde las regiones. «Va a ser interesante ver que puedan generarse agendas de rediseño de la autonomía, proyectos que se van a apalancar desde las regiones, mayor manejo de recursos también de los gobiernos departamentales y municipales”.
Eso, sin embargo, exige que los nuevos gobernadores y alcaldes logren articularse con una visión concertada. «Van a tener que formarse algunos bloques, o ellos mismos van a tener que establecer una agenda para que, conjuntamente con el gobierno, se permita que la ruta de la gobernabilidad sea la agenda regional», asevera. De lo contrario, el escenario es sombrío. «Viene un debilitamiento, van a venir las compulsas, van a reconfigurarse los sectores sociales”, advierte. Bolivia, en definitiva, cerró un ciclo electoral. Pero la política que necesita todavía está por construirse.
La herencia envenenada
Cayó la hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS), pero no los vicios que la acompañaron. La polarización sin contenido encontró nuevos protagonistas y Bolivia sigue sin discutir lo que más urgentemente necesita resolver.
Cuando el MAS perdió el gobierno nacional en octubre de 2025 y luego el grueso de su poder territorial en las subnacionales de marzo y abril de 2026, muchos asumieron que con la hegemonía caería también su patología más visible: la polarización estéril, el insulto como argumento, la declaración altisonante como sustituto del análisis. La expectativa era razonable. Durante años, el debate público boliviano había sido secuestrado por una sola disputa: primero masistas contra antimasistas, luego evistas contra arcistas. Con el MAS fuera del poder, el espacio parecía abierto para algo distinto.
No ocurrió. Lo que se observa En el Congreso, en los medios y en las redes sociales es un patrón de fricciones reconocible. Hoy son rodriguistas contra laristas, legisladores del oficialismo cuya lealtad oscila sin que nadie sepa hacia dónde apuntan en cada votación, una cacofonía de declaraciones cruzadas que llena el espacio mediático sin iluminar ningún horizonte. El elenco cambió. El libreto, no.
Organizaciones políticas
Daniel Valverde, abogado y exdiputado nacional insiste en que la discusión política y sus argumentos se erosionaron y no volvieron a recomponerse. Agrega un diagnóstico que no deja escapatoria fácil. «Mientras tengamos un sistema político con organizaciones improvisadas, con dueños y sin debate, eso no va a cambiar, porque tienen su público».
La Asamblea Legislativa Plurinacional ilustra el problema con claridad. «Era muy iluso creer que la nueva Asamblea iba a marcar sustanciales diferencias con la anterior», observa Valverde. «Creo que son exactamente iguales, y probablemente está por caer en situaciones todavía peores. Porque también hay fragmentación, disputas a nivel personal, consignas viscerales».
El patrón no es un accidente ni una casualidad de la coyuntura en Bolivia. Tiene raíces más profundas, que Carlos Saavedra, comunicador especializado en política, rastrea con precisión. Para él, el problema comenzó mucho antes de la pelea entre Evo Morales y Luis Arce: comenzó cuando el MAS dio por clausurada la discusión sobre el modelo de país y sustituyó el debate ideológico por el poder desnudo.
El gran triunfo estratégico del MAS había sido, precisamente, aglutinar bajo una visión común a movimientos campesinos, urbanos, izquierdas tradicionales y corrientes sindicales. Cuando esa visión se agotó, lo que quedó fue la estructura sin el alma. «Jamás logró reinventar su horizonte de futuro», dice Saavedra del MAS. «Se quedó entrampado en la interpelación a las formas abusivas y corruptas de administración del poder, pero no logró más».
Persistencia del vaciamiento
La disputa fratricida entre evistas y arcistas no solo destruyó al MAS como instrumento político: destruyó también la cultura del debate más allá de ese partido. Y ese daño se heredó. El nuevo oficialismo, el campo popular disperso y los bloques opositores comparten hoy la misma orfandad. «Al final, los nuevos podrían decir, por ejemplo, ‘nosotros vamos a plantear un proyecto totalmente liberal en la economía’. Y plantearlo de frente. Pero tampoco se ve que se lo haya hecho de manera estructurada o argumentalmente muy bien hilvanada», señala Saavedra. Ningún bloque tiene, por ahora, lo que él identifica como el núcleo de todo proyecto político genuino: «una mirada clara de futuro.»
A eso se suma un factor generacional que el comunicador conoce de primera mano. «La formación y la lucidez de los nuevos líderes es cada vez más frágil», advierte.
Veinte años de hegemonía masista sin formación de una alternativa real dejaron, en definitiva, un desierto. «Ese vaciamiento ideológico es también falta de liderazgos», sintetiza Saavedra.
La crisis: cruel maestra
¿Cuándo y cómo sale Bolivia de esto? Saavedra no ofrece una hoja de ruta, pero sí una lectura histórica. En Bolivia, los grandes debates no nacen de la reflexión serena, nacen de la presión de los hechos. «La crisis te empuja a generar transformaciones. De eso se trata: de que las tensiones se profundicen. De que algún momento se dé para que Bolivia hable a fondo de cuál es el modelo que quiere seguir». Y agrega, con precisión que «los nuevos modelos económicos nacen a la luz producto de procesos largos de conflicto y de política».
Ese momento no es abstracto ni lejano. El gobierno de Paz enfrenta decisiones que no admiten más postergación: precios de combustibles, nueva ley de inversiones, política minera, futuro de los hidrocarburos, pacto fiscal, entre otros. Lo hace con una Asamblea fragmentada, gobernaciones mayoritariamente en manos de actores opositores y sectores sociales que ya empiezan a moverse. El contexto internacional —inestabilidad geopolítica, presión sobre precios de energía y fertilizantes— no concede tregua.
La cacofonía puede continuar un tiempo más. Pero la realidad tiene su propio calendario, y cuando llegue a la nariz, como advierte Valverde, «va a ser muy complicado». Bolivia tendrá entonces que encontrar, quizás a la fuerza, el debate que hoy ni el oficialismo ni la oposición parecen dispuestos a dar. La historia boliviana sugiere que acabará ocurriendo. La pregunta es a qué costo.






















































































