En medio de una precaria tregua en la guerra iniciada por Israel y secundada por Estados Unidos en contra de Irán —inicialmente de dos semanas, luego declarada «indefinida» por Trump—, el mundo mira azorado esta explosiva combinación de sionismo, trumpismo, resistencia del régimen teocrático y un golpe demoledor sobre la energía y la economía mundial.
La guerra de las mentiras
Un primer aspecto ha quedado en claro. La guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán, iniciada con los 12 días de bombardeos en junio del pasado año, fue ágilmente detenida porque los masivos bombardeos no lograban los resultados previstos y, peor, no se había calculado la contundente respuesta iraní. En consecuencia, cuando Trump y Netanyahu declaraban que los bombardeos habían destrozado el proyecto nuclear —el complejo enterrado en las cercanías de Isfahán—, liquidado su aviación, su fuerza naval o las baterías de misiles iraníes, mentían. Y mentían, como sucede ahora mismo, porque esta guerra no se entiende sin las falsedades, el «fuego amigo», los éxitos militares inventados —según Trump, en casi dos meses ha ganado varias veces la guerra—, la censura de la información sobre los bombardeos iraníes en Israel o en las bases militares norteamericanas, etcétera.
Un segundo elemento es que el cálculo político y militar realizado entre el alto mando militar israelí, el jefe del Mossad y el equipo de seguridad de Trump, a mediados de febrero en la Casa Blanca —a días del fatídico 28 de febrero—, concluyó en un error histórico: la falsa convicción de que la «decapitación» del liderazgo iraní y un bombardeo masivo de 1600 objetivos —para el que solo serían necesarias dos semanas, según Trump, casi una «excursión»— habría de provocar la caída del régimen. Era un monumental equívoco, y así lo calificaron militares presentes en la reunión de análisis; tener la razón le costó el cargo a más de una docena de altos mandos militares norteamericanos.
El contraataque iraní
Lo que funcionó fue el bombardeo de una escuela de niñas y la muerte del líder Ali Jamenei junto a parte de su familia y un importante grupo de comandantes militares. El resto de la historia habrá de girar alrededor del contraataque iraní, que barrió 13 bases militares norteamericanas asentadas en las monarquías del Golfo y en Irak y que golpeó duramente las ciudades israelíes e infraestructuras estratégicas, supuestamente hiperprotegidas por un escudo antimisiles invencible. Y, en el extremo de la parodia militar, el más moderno y potente portaaviones norteamericano, el Gerald Ford —de 13 000 millones de dólares—, acabó con un incendio y una saturación de retretes en Chipre para reparaciones, fuera de combate. Lejos la potente fuerza naval, se consolidó el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz que, al inicio de la guerra, no estaba en discusión.
Más allá de los incalculables daños materiales provocados por los masivos bombardeos israelí-norteamericanos, no cayó el régimen iraní —el sucesor, Mojtaba Jamenei, es todavía más radical y ya expresó su defensa del uso pacífico de la energía nuclear—, y se provocó una mayor cohesión social alrededor de la defensa del país, que llevó a la gente a movilizarse como escudos humanos alrededor de sus vitales centrales eléctricas. En resumen, el sionismo y el gobierno de Trump atacaron con «furia épica» y encontraron la furia y la pesadilla de cientos de rampas de lanzamiento de misiles hipersónicos que no responden a un comando único, tienen una enorme movilidad y descargan munición de racimo. Vale decir, un solo misil que traspase las defensas acaba dividiéndose en decenas de explosivos menores que impactan en enormes áreas. Un tipo de explosivo prohibido por un tratado internacional, pero no suscrito por Israel ni por Irán.
Aliados que faltaron
Un tercer elemento, que demuestra la inconsistencia y la deriva de esta estrategia israelí-norteamericana, es el equivocado análisis de la política internacional y del tejido contemporáneo de las alianzas militares y comerciales, que ya no pasa por la Casa Blanca. Trump, enfangado en el pantano del Golfo Pérsico, pidió ayuda militar naval para enfrentar el bloqueo del estrecho de Ormuz y convocó a la OTAN, a la India, a Japón y, en el extremo de su impotencia, invocó la ayuda de China. Sin embargo, su invitación a la guerra cosechó un creciente y fuerte rechazo internacional.
El caso más ejemplificador fue el abierto y frontal rechazo de España, a la cabeza de su presidente, que no perdió la oportunidad de cobrar cuentas al atlantismo de Felipe González y al guerrerismo de Aznar. Sin embargo, no fue menor el rechazo del primer ministro británico, que contestó con una flemática frase: «No vamos a dejarnos arrastrar a esta guerra. No es nuestra». La primera ministra italiana, aliada ideológica de Trump, no se quedó atrás y rechazó participar, alegando la ilegalidad de la guerra y los intereses de su país.
En el extremo de los rechazos a la inspiración y el protagonismo sionista de esta guerra, el ministro electo de Hungría, Péter Magyar, acaba de anunciar que no retirará a Hungría de la Corte Penal Internacional —como ofrecía Orbán— y que cumplirá, como país signatario, la obligación de arrestar a Benjamín Netanyahu si este llega a pisar suelo húngaro. Saltando de lo declarativo a lo efectivamente concreto, Pedro Sánchez ha propuesto a las 26 naciones europeas cerrar el apoyo y disminuir la capacidad militar de Israel.
Una condena global
La respuesta de Netanyahu, descontrolada y poco diplomática, ha sido calificar a la identidad española como «débil» y «sin identidad». Ni hablar de que los futbolistas serbios no dan la mano a sus pares israelíes en el saludo protocolar deportivo, o de que en el famoso concurso de Eurovisión muchos países han pedido el retiro de la participación de los cantantes israelíes, como sucedió con Rusia luego de la invasión a Ucrania el año 2022.
Estamos ante la inminencia de un proceso internacional de condena creciente y total, muy parecido al que liquidó al racismo y el segregacionismo del Apartheid en Sudáfrica en 1991, luego de más de cuatro décadas de vigencia y miles de crímenes. La única diferencia será que esta guerra tendrá que ganarla la humanidad entera, porque en esta batalla ética se enfrenta un equivalente de la vergüenza histórica que fue el Holocausto nazi, que asesinó a más de 6 millones de judíos en los campos de exterminio.
Trump, perdido en su agotamiento físico y mental, aún al lado de una asesora espiritual de la Casa Blanca que pregona que quien se oponga a los designios del presidente está en contra de Dios, tiene varios frentes abiertos. Empezando por casa, donde las fracturas de su movimiento político MAGA —que tenía entre sus pilares hacer a América grande otra vez evitando las guerras que desangran— sufren la desafección de personajes que denuncian la guerra, dejando en claro que es una guerra sionista.
La salida negociada
Por supuesto, la parte más difícil será la retirada y el efecto político en un año electoral. Trump sigue trasladando portaaviones y fuerzas navales a las cercanías de Ormuz y ya debe estar con un tercio de su enorme potencia militar naval, esperando el último tramo de la negociación de este fin de semana. Aparentemente, no hay otra salida que una salida negociada, aun dejando en la estacada a Israel.
La historia enseña, como en la batalla de Salamina, cuando los pequeños trirremes griegos vencieron a las enormes naves persas por su maniobrabilidad y mejor estrategia (Temístocles).
Salud.






















































































