He leído con alegría los muchos obituarios publicados en las redes sociales en ocasión del fallecimiento el martes del escritor, periodista, editor y político Mariano Baptista Gumucio. La profusión de reconocimientos ha mostrado tanto la importancia de su labor de investigador y divulgador de la cultura boliviana, como su don de gentes.
Sin embargo, encontré en un par de ellos la idea de que si Baptista se ocupó de la cultura en el periodismo, la edición y la museografía, y lo hizo hasta un momento muy avanzado de su vida, fue por altruismo, filantropía o hobby. “En lugar de jubilarse como cualquier otro octogenario –decían más o menos estas necrológicas– siguió dedicándose a sus programas de tv y sus múltiples proyectos culturales… por amor a Bolivia”.
Hay algo fundamentalmente errado en esta visión biográfica de Mariano. Supone que el trabajo cultural fue para él esa suerte de entretenimiento elevado y espiritual con el cual se mata un tiempo no gastado en el ejercicio de una profesión “seria”.
Se me antoja una reminiscencia de otras épocas en las que los que los bolivianos de la élite se ganaban la vida con el latifundio o la minería y así podían dedicarse sobre todo a la política, pero también a escribir novelillas, organizar conciertos clásicos y viajar a la Ciudad Luz al menos una vez en la vida.
Supongo que este modelo está inscrito en el inconsciente criollo colectivo y por eso sigue emergiendo. Quizá es lo que se cree es decoroso referir de un miembro de la élite boliviana con un apellido insigne.
Por el contrario, me parece que Mariano nació en esa “sub élite”, como la llama James Malloy, de las familias “decentes” y terratenientes arruinadas o en decadencia, cuyos hijos más progresistas y menos ligados a la tierra hicieron la Revolución Nacional, y cuyos hijos más reaccionarios y agrícolas la combatieron desde Falange Socialista Boliviana.
Comenzó su carrera pública muy temprano haciendo valer lo que estos jóvenes poseían, que era su cultura letrada y sus relaciones sociales. Para los que tenían una vocación intelectual, el camino entonces era la carrera de Derecho (para no ejercerla), la propaganda y el periodismo. Esta fue la ruta que siguió Mariano, igual que Montenegro, Céspedes, Arze, Zavaleta y otros muchos.
Si hoy la adscripción intelectual se realiza de un modo universitario y especializado, antes se daba en el campo del debate generalista y, por tanto, los intelectuales eran figuras políticas, no solo porque entraban y salían del poder, sino porque estaban en contacto con los ciudadanos comunes y sus obras tenían siempre una impronta ideológica. Mariano era uno de los últimos intelectuales de este tipo que quedan.
Al no ser rico y tampoco haberse hecho rico con sus cargos gubernamentales y diplomáticos, lo que habla muy bien de él, vivió mucho tiempo del periodismo. Llegó a ser director de Última Hora y de lo que ahora es Bolivia Tv. De las muchas clases de periodismo que hay, la que a él le interesó especialmente fue la de divulgación y crítica cultural. Así se convirtió en editor y productor bibliográfico, desplegando el que en mi opinión era su mayor talento. Creó la Biblioteca Popular de Última Hora. Hizo decenas y decenas de libros de divulgación de la cultura boliviana, que a menudo acometía con un espíritu de editor antes que de escritor. Quiero decir con esto que su propósito era el que en otros países cubre rutinariamente la industria editorial: publicar libros de fácil acceso y en lo posible comerciales para el gran público.
Así Mariano produjo historias breves (“Historia contemporánea”), gráficas (“Historia (gráfica) de la Guerra del Pacífico”), de popularización (“Historia del Palacio Quemado”), etc. Publicó también numerosas antologías monográficas como sus “Cartas para comprender la historia de Bolivia” o «Santa Cruz vista por cronistas y autores nacionales y extranjeros».
También multiplicó las biografías, que es el subgénero más popular de la historiografía y que, además, colinda con el periodismo. Sobre todo hizo biografías de escritores, entre las cuales están sus principales títulos: “Yo fui el orgullo”, sobre Franz Tamayo, y “Atrevámonos a ser bolivianos”, sobre Carlos Medinaceli.
Esta es la obra de un nacionalista, sin duda, de un enamorado de Bolivia, claro que sí, pero también de un emprendedor cultural. Las industrias editoriales no entran a Bolivia porque somos pobres y la lectura es escasa. Solito, Mariano fue su sucedáneo. Igual que cualquier industria editorial, simultaneaba la ambición de enriquecer la cultura nacional con la de enriquecerse a sí mismo o, para no ser payasos, digamos que de sostenerse con dignidad con lo que le gustaba hacer. Esto nunca fue comprendido por quienes lo criticaban por “usar la tijera en lugar del lápiz”. Esta crítica se originaba en una incapacidad lectora: no reconocía el género al que pertenecían muchos de sus libros.
¿Por qué tuvo que trabajar en estas cuestiones hasta tan mayor? Bueno, porque gozó unos genes envidiables y en los 80 estaba lúcido, guapo y activo, pero también porque esta es la maldición de los escritores, periodistas y otros incautos que no supimos agarrar una cátedra universitaria en su momento: trabajar hasta caer extenuados.
Nada de esto empequeñece a Mariano Baptista. Todo lo contrario. A diferencia del intelectual moderno, académico y muchas veces acartonado, fue un renacentista que inventaba cómo divertirnos y, sobre todo, cómo divertirse a sí mismo con palabras, las propias y las ajenas.
¡Adiós, Mariano! Que la tierra te sea leve.
















































































