El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, desatado el 28 de febrero pasado, impulsó los precios del crudo por encima de los 100 dólares el barril. Esto golpea los costos de combustibles en Sudamérica y reavivando temores inflacionarios. Esta semana, importadores como Chile se enfrentan a alzas históricas, mientras Argentina y Brasil implementan medidas de contención.
El gobierno de Kast desarticuló el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (MEPCO) el 23 de marzo. Como consecuencia, el precio de la gasolina se disparó hasta un 32% y el diésel un 62%, de $us 1,3 a $us 1,7 por litro. Filas en estaciones y subsidios fiscales reducidos generaron críticas. El gobierno anunció bonos paliativos en lo últimos días.
Pese a su política de libre mercado, Milei ordenó a YPF congelar surtidores por 45 días desde el 1 de abril. La medida se da ante caídas del 10% en consumo de gasolina y subas acumuladas del 185% desde 2024. Además, se difirió impuestos para frenar la inflación en $us 1,34 el litro.
En Brasil, Petrobras ajustó el diésel y jet fuel ante el Brent volátil, pese a reclamos de Lula. Los bancos centrales de la región prevén entre 0,5% y 0,8% de inflación extra.
En este escenario de sacudida energética global, los países exportadores netos de petróleo de la región asoman como los beneficiados inesperados de la crisis. Sin embargo, el panorama se complica por la cadena de efectos secundarios: la restricción del flujo de crudo y gas natural a través del Estrecho de Ormuz no solo ha disparado los precios del combustible, sino que también ha mermado el suministro de productos petroquímicos necesarios para fabricar artículos cotidianos.




















































































