Los corruptos hasta pueden cambiar tu nombre. Ellos están atornillados en círculos de amistades y en peligrosas estructuras. A esto los abogados lo llaman: organización criminal. Aquí les presento parte de la historia de un latifundio. Una historia forzada, manipulada y rebautizada. Para ser entendido, recurro a la metáfora para evaluar documentos legales.
Cuando escuchamos Eliza y Elisa, ¿cuál es la imagen que se forma en nuestro cerebro? Sin diferencia. Y si leemos ambas palabras, vemos dos consonantes diferentes: la Z y la S. Una mañana, un padre malhumorado les pone un mandato a su hija y sobrina, de quien es tutor. «Eliza, tú vas; Elisa, tú te quedas», ordena el padre. Ambas niñas, mientras oyen el mandato, no distinguen a cuál de ellas se refiere el papá. Ellas obedecen solo al momento de ver el dedo índice que indica la dirección personalizada de la orden.
Cuando Eliza y Elisa fueran llevadas al Registro Civil del SERECÍ, el funcionario sabría que las niñas no tienen el mismo nombre ni deben escribirse igual. En otro año o momento que fuese, para un notario de fe pública y para un servidor del SEGIP, Eliza y Elisa corresponderían a registros diferentes. Son, o pueden ser, personas de edades, de procedencias y de descendencias distintas y no homónimas. Pues las instituciones con mayor descrédito omiten este delicado asunto. Veamos su dimensión. El costo millonario de un latifundio puede ser pimponeado de aquí para allá por los funcionarios públicos como si fuese normal e indistinto la Z y la S.
En Santa Cruz, un día lunes 5 de diciembre de 2005, dos conocidos amigos, E. E. Durán y N. A. Tarradellas, visitan el despacho de la abogada R. Áñez a primeras horas de la mañana. En dos láminas de papel oficio suscriben un contrato. Durán le vende su fundo rústico a Tarradellas. Al fundo lo conocían como San Jorge por años. Al momento en que firman en cinco ejemplares la compraventa, el fundo ya había adquirido el nombre de Santa Eliza. El vendedor Durán ahora reside en Santa Cruz, pero quizá sea beniano porque su número de cédula es de allí. En el segundo párrafo del contrato, al que accedo, Durán declara ser el único y legítimo propietario de dicha propiedad rústica; él manifiesta que Santa Eliza está ubicada en el cantón Guillermo Añez, provincia Guarayos, Santa Cruz.
En el lenguaje de la antigua legislación desde el siglo XIX y de la reforma agraria de 1953, era común el uso de fundo rústico. Con la legislación agraria posterior a 1996, es habitual llamarlos predios y propiedades. Santa Eliza es vendida con una superficie de 4.302 hectáreas y cuesta cuatrocientos mil bolivianos. Frente a la abogada, ambos manifiestan que el vendedor ya había recibido el cincuenta por ciento en efectivo y hacía horas el restante por depósito bancario. En el tercer párrafo del mismo contrato, ambos dicen estar conformes y se comprometen a que ninguno de ellos reclamará.
La abogada se levanta de su escritorio, jubilosa. Con su delicado protocolo les brinda un abrazo a las partes después de que cada uno se haya aproximado a su delante para imprimirle sus rúbricas. Durán aparenta ser un vaquero, de aquellos que se ven en las telenovelas mexicanas. Luce con su jean, su camisa polo oscura y su sombrero bronco. Usa un bolígrafo común y corriente cuando firma. Le acompaña su esposa con una niña jovial de unos ocho años mimada por su padre, sentada a su izquierda, y la sigue la madre, la segunda mujer en la sala.
En cambio, Tarradellas aparenta ser un ejecutivo, un gerente o quizá un político. Viste con un terno oscuro de lana italiana; la camisa color marfil tiene un aspecto de ser Eton, la marca sueca. Ostenta ante su abogada con su bolígrafo Parker dorado cuando rúbrica en los ejemplares.
El bufete Áñez tiene una hermosa sala de estar. Sus sillones y sofá de madera tienen tallados pulidos de color carmín y son tapizados en pana. Son muebles idénticos a los llamados estilo francés Luis XVI. Estos muebles me hacen imaginar en los muebles laqueados preferidos por las aristocracias chinas del siglo XIV. Los aristócratas encargaban a sus exploradores de continentes desconocidos que descubran tintes para colorear sus excéntricas decoraciones palaciegas. El carmín lo habían obtenido de las cochinillas de nuestro continente del Abya-Yala, América. Esta información es narrada por Gavin Menzies, el excomandante de la Armada británica, en su libro 1421. Mucho antes que el barbón Cristóbal Colón se atribuyera ser el descubridor en 1492.
Mientras los cuatro se abrazan en torno a la mesa central del living, la asistente ingresa con sus copas y su champagne Navarro Correa. De pie brindan sonrientes alzando sus copas, satisfechos de haber cerrado la venta de Santa Eliza. El comprador, con el aspecto que tiene, seguro que ni se ocupará de visitar con frecuencia ni sudará trabajando en la propiedad, me digo. Luego se dirigen a algún elegante restaurante del casco viejo.
Por la tarde, cada quien desciende de sus vehículos en la acera de la Notaría 12. La abogada, el comprador y el vendedor, acompañados de la esposa e hija, ingresan a celebrar el reconocimiento de firmas. El notario A. L. Cuellar los recibe amablemente y sonriente. Luego de intercambiar gustosas conversaciones, el notario les presta juramento sobre la autenticidad de las rúbricas estampadas en los cinco ejemplares de contrato privado. El notario les estampa sellos y lo archiva junto a un ejemplar original del contrato. Santa Eliza acaba de ser registrada en el segundo documento oficial, el 5 de diciembre de 2005.
Hasta aquí la propiedad Santa Eliza es respetada con su verdadero nombre. ¿Quién le rebautiza por Elisa?
Dieciocho años después de aquel lunes 5 de diciembre, reviso el cuaderno del proceso sumario del Ministerio de Tierras (MDRyT) al que soy incriminado. Este anillado que reviso es un mamotreto de casi mil quinientas páginas. Los abogados habían incluido al cuaderno incluso a los impresos de capturas de pantalla de los diálogos por WhatsApp. Arguyen como sus pruebas.
Con titánica sorpresa me percato de que el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), desde mayo de 2011, le había rebautizado a esta propiedad de Santa Eliza por Santa Elisa. De buena fe quiero suponer que la rebautizaron y no la sobrepusieron con otros documentos auténticos de Santa Elisa, así forzándolos en beneficio de aquel empresario ejecutivo y político que compró a Santa Eliza del señor Durán en 2005. La gran pregunta a saber es: ¿quién y quiénes rebautizaron o quiénes podrían haber sobrepuesto la razón social de una propiedad ajena, que considero yo latifundio?
¿Cuál es la prueba? La Resolución Suprema 26462/2020 del 7 de julio. Ahí el INRA siempre fue dos pasos al frente para dar un paso atrás. Nunca da los dos pasos atrás para avanzar con transparencia el saneamiento de tierras ante nulidades de obrados irregulares suyos propios de él y muy frecuentes.
Sabiendo que hubo graves irregularidades, creo yo, un grupo de gentes avasallan al latifundio en julio de 2021. Insisto: ¿acaso es lo mismo Eliza y Elisa? La Policía en sus informes de inspección cree que sí, el fiscal de Guarayos cree que sí y también el juez. El INRA los hizo creer.
Pero aquí está el pero. El que dice ser propietario desde diciembre de 2005 presenta sendos memoriales de queja desde su excéntrica zona residencial del Cuarto Anillo de Santa Cruz, insistiendo que su propiedad Santa Eliza es avasallada: el juez de Concepción debe ordenar el desalojo a los —collitas, digo yo— avasalladores. ¡Continuaremos!






















































































