A menos de dos meses de las elecciones generales en Bolivia, las encuestas muestran un sistema de partidos fragmentado y con bajos índices de representatividad. Ninguno de los candidatos logra una ventaja sustancial ni refleja una tendencia clara.
Es la primera vez en 20 años que el Estado Plurinacional no tiene certezas sobre los resultados electorales a tan poco tiempo de la votación. Este escenario rememora las elecciones de 2002, cuando la crisis del neoliberalismo se manifestó en un sistema democrático agotado y sin respuestas ante el cambio de paradigma que se planteaba, tanto en el país como en la región. En aquel entonces, ningún candidato superó el 23% de votos.
Sin embargo, sería un error hacer una comparación directa cuando las reglas son distintas y donde la diferencia clave radica en la consolidación de un sistema electoral que prioriza la decisión ciudadana sobre las alianzas partidistas. Antes de la refundación del Estado en 2009, si ningún candidato obtenía más del 50% de los votos el congreso elegía al presidente de entre los tres primeros lugares.lo que facilitaba pactos entre élites políticas reacias a ceder el poder. Hoy, el panorama es distinto la población decide directamente en primera, y si no hay un ganador con el 50% + 1, se va a sgudna vuelta, sin pactos y sin alianzas. Todo con voto directo.
Los datos de la última encuesta, realizada por la Red Uno y la empresa Captura Consulting SRL, posicionan a los dos candidatos de la derecha disputando el primer lugar, mientras que a Andrónico Rodríguez, único candidato que aún sostiene una base popular, le dan un tercer lugar con un tímido 13,7%. Una de las sorpresas más grandes, es que él MÁS-IPSP, el partido hegemónico de las últimas décadas, corre riesgo de perder la sigla ya que se posiciona con un vergonzoso 1.5% y el resto de partidos pulula alrededor de posibles alianzas que les convenga para no perder cotos de poder. Por otro lado, los indecisos (15.5%), los votos en blanco (5%) y los nulos (7.4%) suman casi 28% del electorado, lo que refleja un descontento generalizado ante la falta de representación.
- Samuel Doria Medina (19.6%),
- Jorge «Tuto» Quiroga (16.6%),
- Andrónico Rodríguez (13.7%),
- Manfred Reyes Villa (8%),
- Rodrigo Paz (6.4%),
- Jhony Fernández (3.8%),
- Eduardo del Castillo (MAS-IPSP) (1.4%),
- Eva Copa (1.1%),
- Fidel Tapia (0.7%).
Es importante mencionar que un factor crucial en estos resultados es la proscripción de Evo Morales, la figura política más relevante del país en las últimas décadas. Antes del golpe de Estado en 2019, el MAS-IPSP con Morales como candidato, ganó cuatro elecciones consecutivas en primera vuelta, con 54%, 64%, 61% y 47% respectivamente. Sin embargo, se impuso un consenso entre oposición, gobierno y medios de comunicación para excluirlo de esta contienda electoral, pese a las masivas movilizaciones a su favor y la solicitud expresa de los movimientos sociales de que su representante aparezca en la papeleta electoral.
A este contexto se suma la demoledora caída del MAS-IPSP, que después de haber sido usurpado por el Gobierno a través de una sentencia constitucional ilegal y poco clara, tiene un 1.5% de preferencia electoral. El Movimiento al Socialistmo hoy lleva como candidato a Eduardo del Castillo, ex ministro de gobierno de Luis Arce y responsable de la represión a protestas sociales por el alza de precios de la Canasta familiar, y la reivindicación de los derechos políticos y electorales de las bases sociales de Bolivia.
La batalla por el Legislativo también es clave, ya que en estas elecciones también se eligen a las y los representantes de la Asamblea Legislativa, para que ocupen los curules por 5 años consecutivos. Las negociaciones para las candidaturas cierran este 3 de julio, en un clima de denuncias de traición, pactos a espaldas de la población y una burocracia electoral excesiva. Sin embargo, lo que parece seguro, es que se abren ciertas posibilidades que no se habían visto en el pasado reciente para un retorno de la derecha, lo que no solo sería un revés para el movimiento popular, sino también para los avances del Estado Plurinacional. Sus propuestas, como el uso de la fuerza contra protestas, la liberación de exportaciones y el endeudamiento externo agresivo, ya fracasaron a inicios de siglo y, con una alta probabilidad de volver, amenazan con profundizar la crisis.
Bolivia se enfrenta a unas elecciones decisivas, pero también a una encrucijada política profunda: ¿es este el fin de un ciclo marcado por el proyecto del Estado Plurinacional o el inicio de una nueva etapa de recomposición popular? Las cifras no mienten: un Lawfare instaurado, un proceso electoral corrompido, un sistema de partidos fracturado, candidatos sin arraigo mayoritario y casi un 30% del electorado que rechaza las opciones disponibles, revelan una democracia en crisis.
La figura de Evo Morales, perseguido y estigmatizado por el gobierno, el Tribunal Constitucional y el Tribunal Electoral—y la decadencia del MAS-IPSP bajo figuras asociadas a la represión, plantean preguntas incómodas: ¿Puede haber legitimidad sin inclusión? ¿Quién representa realmente a los movimientos sociales hoy? Parece ser que nos encontramos en una democracia con derecho al voto pero no a elegir.
Pero hay algo aún más urgente: el descontento no se traduce en propuestas. Si la abstención, el voto nulo o la fragmentación ganan espacio, ¿no será esta la mayor victoria de las élites, con un pueblo dividido y sin proyecto común?
El verdadero debate no debería ser solo sobre quién gana, sino sobre qué Bolivia queremos que emerja después de estas elecciones —y qué papel jugarán las calles, las urnas y las resistencias ante un sistema que parece diseñado para perpetuar la incertidumbre—.
¿Estamos ante el agotamiento de una era o frente a la oportunidad de reinventar la política desde las bases?
La respuesta no está en las encuestas, sino en la capacidad de articular un horizonte que vaya más allá de las papeletas.





















































































