Llegamos al año 5533 del calendario aymara, al Inti Raymi de los quechuas, al Año Nuevo Andino Amazónico del Estado Plurinacional y de otras variaciones, y nombres según las creencias de las culturas milenarias del continente y de los grupos que pretenden asimilarse a esos rituales milenarios; es el retorno del sol, del astro que genera y mantiene la vida en el planeta que vivimos; todas esas culturas veneran la salida del sol el 21 de junio y renuevan su energía con ceremonias especiales. Impresionante como expresión de respeto al arcano donde los dioses primigenios y los ancestros, según las creencias, regulan y gobiernan las generaciones actuales, impresionante que en un país que vive hoy una situación de crisis casi existencial haya este tipo de ceremonias, en un tiempo donde la vida en el planeta pareciera ser la última preocupación de los grupos humanos posmodernos, donde la contaminación del medio ambiente está llegando a niveles de no retorno y donde el dinero pareciera ser el amo de turno en la evolución planetaria, donde la lucha de intereses y las contiendas de naciones por defenderlos son cada vez más frecuentas y el temor de llegar a una contienda de nivel global amenaza la vida a nivel planetario.
Nuestro planeta tiene más de 4.600 millones de años de evolución planetaria y ha vivido cambios geomorfológicos y tectónicos diversos; su biósfera (Término acuñado por el geoquímico Vladimir Verdnasky) nos protege y cambió varias veces de temperatura, entre crudas eras glaciales y tórridas, extremos donde la vida como la conocemos era imposible, y entre cortos intermedios donde se desarrolló la atmósfera con oxígeno vital y donde en su última escala de evolución llegamos nosotros para habitarla. No pretendo entrar en el detalle de estas cosas que no son el motivo de esta columna, quiero motivar una necesaria reflexión como especie que temporalmente ocupa la cima de la evolución.
Hemos considerado a la vida como un actor de peso en la historia del planeta y olvidamos que la biósfera es de generación cósmica y una fuerza planetaria que canaliza la energía del sol posibilitando cambios sin fin de la cadena evolutiva y su resiliencia a largo plazo que la caracteriza. Geológicamente, estamos viviendo en el periodo Holoceno y después de la última era glacial, que terminó hacen 10.000 años aproximadamente, periodo de cálidas y húmedas condiciones que permitieron el desarrollo espectacular de las especies, periodo que algunos llaman Antropoceno y que está camino a su declinación, que estamos acelerando por la incontrolable contaminación de la biosfera. Nuestro país de escaso desarrollo, todavía tiene remanentes de selvas vírgenes, cordilleras y ríos de inmaculado perfil, pero estamos esforzándonos por romper cada vez más ese legado y ese equilibrio en el afán de explotar sin control los recursos accesibles de la corteza terrestre que tenemos como país. No otra cosa significan la explotación informal e ilegal de los aluviones auríferos del norte, la quema inmisericorde de bosques en el afán de dizque aumentar la frontera agrícola y el hato ganadero, la contaminación incontrolada de los recursos de agua dulce como el lago Titicaca o la caza de especies como los felinos para satisfacer atávicas costumbres de usar colmillos de jaguar como amuletos de gente de países de ultramar y podemos seguir…
Reflexionemos, vivimos en/por la biósfera, la necesitamos; el planeta a lo largo del tiempo cambió muchas veces y varias especies animales desaparecieron por esos cambios o por catástrofes ocasionales que hacen al comportamiento planetario; el planeta sobrevivirá, pero nosotros, como especie, tal vez no si no reaccionamos en la dirección correcta. No basta hacer una ceremonia anual.
*Es ingeniero geólogo, exministro de Minería y Metalurgia.





















































































