En semanas recientes, la Asamblea General de la ONU adoptó la resolución A/79/L.95, mediante la cual se reconoce a la wiphala como símbolo de los pueblos indígenas del mundo, en un acto de justicia histórica. Esta resolución no solo condena su estigmatización, sino que invita a la comunidad internacional a comprender su verdadero significado para quienes la honran desde sus comunidades, cosmovisiones y raíces culturales.
La wiphala, tejida con siglos de historia, memoria y orgullo indígena, injustamente ha sido arrastrada hacia el conflicto y la confrontación por ciertos sectores que desconocen o deciden ignorar su profundo significado. Algunos la miran con desprecio, como si su sola presencia fuera una amenaza, como si sus colores les ofendieran. La wiphala no nació de un partido político ni de un despacho gubernamental, surgió del arcoíris andino, del tejido de manos quechuas, aymaras, guaraníes, chiquitanas y muchas otras. Como afirma Silvia Rivera (2010), “la wiphala es un emblema de la resistencia indígena que resume la lucha contra la colonialidad del poder y la episteme occidental que intenta negar la historia de los pueblos originarios”.
La wiphala antecede a la Colonia y al propio Tawantinsuyo incaico; es una expresión gráfica de la organización social, territorial y espiritual del mundo. Ha estado presente desde tiempos ancestrales en textiles, cerámicas y arquitectura, y sigue viva en la memoria colectiva de los pueblos.
Sin embargo, en los últimos días, observamos con preocupación que el debate sobre la wiphala volvió a ocupar titulares y redes sociales, donde desde la ignorancia algunos personajes tratan de estigmatizarla como un símbolo de confrontación, negando su raíz histórica y cultural.
Compararla con la esvástica nazi, es una aberración histórica e ideológica, absolutamente inaceptable. No solo se trata de una muestra de ignorancia, sino de una afrenta infame hacia los pueblos indígenas que han resistido siglos de genocidio, humillación y negación. Equiparar un símbolo de vida, comunidad y resistencia con uno de exterminio, muerte y odio es además de irresponsable, profundamente racista.
Eduardo Galeano advertía en Las venas abiertas de América Latina (1971) cómo los símbolos indígenas fueron sistemáticamente “borrados, ridiculizados o apropiados” por quienes se negaban a aceptar que mucho antes de la colonización, en el Abya Yala ya existían civilizaciones complejas, organizadas y profundamente sabias. Esa lógica de negación, aún en el siglo XXI, persiste. La wiphala incomoda porque recuerda que existen otras formas de habitar el mundo, formas que no se someten a la lógica del poder centralizado ni al racismo estructural.
A propósito del Bicentenario de Bolivia, es cierto que durante gran parte de nuestra vida republicana la tricolor —rojo, amarillo y verde— fue el emblema más visible en actos oficiales, escuelas e incluso guerras. Pero ello, no fue porque la wiphala no existiera, sino porque fue silenciada, negada, invisibilizada, al igual que su idioma, su espiritualidad, su cultura y el derecho de los pueblos a portar sus propios símbolos.
Xavier Albó (2007) nos recuerda que “los colores de la wiphala no representan ideas abstractas, sino la tierra, el maíz, el trueno, la comunidad. Es una bandera que se planta con los pies en el barro y la historia”. Por eso, izarla no es un acto político-partidario; es un acto de identidad cultural, de dignidad histórica y de afirmación colectiva.
A muchos les incomoda que quienes siempre llamaron “los otros” ahora piensen, hablen y digan con claridad que no volverán al silencio. Fausto Reynaga lo advirtió con lucidez “El indio piensa. El indio razona. El indio tiene filosofía. Y eso es lo que no soportan”.
Es tiempo de desterrar, de una vez por todas, el racismo y la discriminación que han lacerado por siglos nuestra convivencia. Solo así podremos construir una Bolivia unida, donde todas y todos nos reconozcamos como iguales.
Carmen Rosa Ríos es abogada y diplomática boliviana

















































































