La guerra comercial desatada por el gobierno de Donald Trump ha generado consecuencias económicas que van mucho más allá de las disputas arancelarias convencionales. La escalada empezó el 2 de abril pasado, denominado el Día de la Liberación, cuando comenzaron a imponerse aranceles masivos a nivel mundial. La inflación disparada globalmente, la aceleración de la desdolarización, las divisiones dentro de Estados Unidos y la reconfiguración de las alianzas internacionales muestran un cambio sistémico profundo en el orden mundial. Para comprender verdaderamente el alcance de estos cambios, es necesario analizar no solo sus efectos económicos inmediatos, sino sus implicaciones geopolíticas de largo plazo.
El internacionalista Toshiro Miki ofrece una perspectiva estudiada sobre estos cambios. Para el profesional, el primer año de la administración Trump se presenta como uno de los más transformativos, más disruptivos, de una presidencia en Estados Unidos. Su análisis sugiere que estamos presenciando el fin del ciclo hegemónico estadounidense y el colapso del orden liberal internacional construido después de la Segunda Guerra Mundial. Según Miki, los cambios iniciados desde el Día de la Liberación, combinados con la cumbre de Trump con Putin en Alaska, representan «puntos de inflexión en el panorama del siglo XXI».
La disrupción arancelaria
El internacionalista comienza explicando los fundamentos de Trump para lanzar su ofensiva arancelaria. «El mercado estadounidense sigue representando por lo menos un cuarto de la economía del mundo. Entonces, todos quisieran tener como cliente a Estados Unidos, y para Estados Unidos es fácil encontrar y reemplazar vendedores», explica. Esto ha permitido al presidente estadounidense identificar una ventaja económica clara: mientras otros países luchan por encontrar mercados para sus exportaciones, EEUU puede presionar a sus socios comerciales con relativa facilidad.
Sin embargo, la estrategia tiene un costo sistémico profundo. «Lo negativo y lo contraproducente de esas medidas es que socavan las bases mismas del poder americano en el sentido de cómo se construyó el orden internacional a partir de la Segunda Guerra Mundial, porque eso afecta evidentemente el multilateralismo, afecta la globalización, la paz misma propuesta por Estados Unidos», advierte Miki. El experto subraya que los efectos ya son visibles: la inflación disparada mundialmente, la desdolarización se acelera y la presión crece incluso dentro de Estados Unidos, con sectores que se están viendo afectados por las políticas de Trump. Un ejemplo de esto son los soyeros, a quienes China, su principal mercado, dejó de comprarles.
Fin del largo ciclo americano
Miki recupera el análisis de dos clásicos de las relaciones internacionales, Robert Keohane y Joseph Nye, quienes «ya anticipan que es el fin del largo ciclo americano, porque Estados Unidos ha sido, según el criterio de ellos, muy liberal. El siglo XX ha sido el siglo americano, por la participación en la Segunda Guerra Mundial, luego cómo EEUU sale victorioso en la Guerra Fría y todo lo que significa la globalización y el neoliberalismo». Según estos analistas, el siglo XXI traerá transformaciones profundas, y Trump es uno de los catalizadores principales de este cambio.
Lo más radical de este giro es lo que Miki caracteriza como el surgimiento de «un mundo sin reglas y un tiempo sin normas». Este concepto no es meramente descriptivo; tiene implicaciones concretas. «Ya no importan los valores liberales internacionales, no importan los valores multilaterales, la paz, el derecho internacional, porque el mundo se delinea ahora a partir del poder y de la geopolítica», sostiene el internacionalista.
La cumbre de Alaska con el presidente ruso ilustra perfectamente este cambio. «Un Vladimir Putin que camina sobre una alfombra roja en Alaska y es aplaudido por Donald Trump es claramente una muestra de que la política internacional a futuro y el mundo se va a repartir entre poderosos», indica Miki. Como ejemplo extremo de este nuevo paradigma, menciona que «no va a ser raro, y es algo que ya lo plantea el Pentágono, que a fin de este siglo la cuestión de Taiwán se resuelva en favor a China».
Otros tiempos
Una de las consecuencias más inmediatas es el debilitamiento de la estructura de alianzas occidentales. «Las acciones unilaterales como potencia hoy están por encima de la capacidad multilateral que se había construido a partir de la Segunda Guerra Mundial. Esto deja especialmente vulnerables a Europa y la OTAN. Entonces hay un quiebre histórico, una ruptura histórica de todo aquello que ha construido el mundo occidental», subraya.
Para Miki, esto es particularmente significativo porque «Estados Unidos, por lo menos en el siglo XX, fue aquel que respaldó el multilateralismo». Hoy, la situación se ha invertido radicalmente. «Los debates acalorados que existían entre diplomáticos en el Consejo de Seguridad y demás, hoy es inexistente. Hoy se da en otros marcos, se da en la Cumbre de Alaska, se da en otros tipos de espacios, en espacios más informales», comenta.
El impacto en la arquitectura internacional es devastador. «El sistema de Naciones Unidas que ya desde hace décadas se plantea que necesita una reforma. Hoy se debate entre su prácticamente inutilidad o una reforma obligatoria», asevera Miki. La organización, diseñada para garantizar paz y seguridad internacionales, ya no cumple esa función. «Naciones Unidas está casi intrascendente en los principales motivos que causó su fundación, que es asegurar la paz y la seguridad internacional», advierte el académico.
Desacople global
La estrategia de Trump también está acelerando lo que Miki llama «desacople». China, como principal proveedor de tecnologías verdes, se encuentra en posición contradictoria. Aunque «China depende en gran medida de cuánto muden estos países occidentales, especialmente Europa», la escalada de tensiones comerciales está desacelerando su crecimiento económico y político. «Hay una desaceleración de China como potencia en ascenso que le ha causado este desacople», explica Miki.
Para América Latina, el panorama es particularmente complejo. «Sudamérica siempre, históricamente, ha sido más un escenario en disputa», indica Miki. Hoy, esa disputa se reedita entre Estados Unidos, China y Rusia, pero con dinámicas diferentes. China es ya «el principal socio comercial de la mayoría de países sudamericanos», pero «China todavía es muy cauta a la hora de tener expresiones políticas con Sudamérica» porque «la conflictividad de la política sudamericana no es algo a lo que todavía estén acostumbrados en la política exterior china».
El mayor problema es que «Sudamérica especialmente no ha logrado cohesionarse en una región de integración que mínimamente pueda actuar como bloque. Estamos básicamente abiertos a las potencias, sin la capacidad de negociación cohesionada como un bloque político». Esto deja a los países de la región vulnerables a las presiones unilaterales.
Transición
El análisis de Miki no presenta un futuro optimista, pero sí realista. Estados Unidos está «mostrando el poder americano sin aliados», lo que genera tanto fortaleza coyuntural como debilitamiento estratégico. El orden liberal internacional que dominó el siglo XX colapsa, reemplazado por un sistema que «se delinea a partir del poder y de la geopolítica».
Para los países que no son grandes potencias, especialmente en el sur global, las consecuencias serán de largo alcance. «Los principales actores que no son parte de esas potencias y sus zonas de influencia van a sufrir evidentemente estas acciones unilaterales», concluye Miki. El nuevo orden mundial será regido por el poder crudo, no por reglas internacionales, y la capacidad de adaptación de cada nación a este escenario será determinante para su futuro.






















































































