El primer coro que el presidente Luis Arce dijo y que escuchamos fue: «¡Más gas para traer dólares!». Suena conocido, ¿no? Pero seamos serios por un momento: ¿un pozo de gas aparece porque un presidente lo decreta? Pues no. Cuesta millones, tarda años en producir… ¿y si al final no encuentras nada? ¿Qué hacemos? Quedarnos con la deuda y la cara larga, ¿sí? El gas puede seguir en la mezcla, claro que sí, pero con la cabeza fría. ¿No te parece que ya es hora de usarlo con inteligencia? Coordinar entre el gobierno y los privados, gestionar mejor los pozos que ya tenemos y, sobre todo, empujar a las industrias que lo usan aquí mismo. Piensa en fertilizantes, vidrio, cerámica… que el valor agregado se quede en Bolivia, ¡caramba!
Mientras tanto, ¿qué es lo que nos está matando ahora mismo? ¿Lo que de verdad nos ahoga? Pues las cosas básicas: carreteras que no parezcan campos de bombardeo, electricidad que no se corte cada dos por tres y una conexión a internet que funcione. ¿Debería ser así de simple? ¡Sí! Porque eso le baja los costos a todo el mundo, desde la señora que vende salteñas en El Alto hasta la gran empresa que exporta desde Santa Cruz. Te pongo un ejemplo para que se entienda: si una ruta mala te rompe el camión o te hace perder la cosecha porque llegaste tarde al mercado, se te fue en ese bache. ¿O no?
Y aquí es donde Tuto y Paz nos dicen: «¡Levantemos los vetos a las exportaciones para que llueva dinero!». Suena bien, ¿sí? Ayudar puede ayudar… pero no es magia. De nuevo, la misma pregunta: ¿de qué te sirve poder vender tu carne al mundo si no tienes una cadena de frío para guardarla? ¿O si te pasas dos días parado en la frontera porque el trámite es un infierno? ¿O si un corte de luz te arruina la producción? Así pues, el orden es clave: primero la logística, después las reglas fáciles. En ese orden, levantar trabas sí que empuja. Además, hay otro problemita… seamos honestos, buena parte de ese dinero puede evitar al banco, ¿no? Declarar menos… o que los dólares ni siquiera pisen Bolivia. Por eso se necesita un ancla, algo que no puedas meter en una maleta y llevarte a Panamá… ¿y qué es eso? Pues la tierra. Un impuesto al valor del suelo que sea progresivo (si tienes poco, no pagas), bien actualizado y que reemplace otros impuestos que nos fríen a todos, como el odiado IT o parte del IVA. La tierra no se va a ninguna parte; esa no se puede esconder. Sin eso, muy probablemente cualquier programa se caiga.
Luego viene el gran debate de campaña: ¿»terapia de shock» para arreglar las cuentas ya mismo? Suena a mano dura, a decisión… pero en una economía que ya está en el suelo, puede ser un salto al vacío. El concepto lo acuñó el FMI y se llama «consolidación autodestructiva»: la austeridad fiscal en crisis puede ser terrible y contraproducente con efectos a largo plazo de crecimiento bajo. Los recortes a lo bestia pueden agrandar la caída: menos trabajo, más negocios cerrados, más bronca en la calle… y al final, ¿sabes qué pasa? La recaudación también cae. Un desastre, ¿no? «¡Pero podemos pedir créditos de afuera!», dirán algunos. Ojo con eso. Pedir plata para meter un recorte brutal es como endeudarte para clavar el freno de mano en plena autopista… te quedas sin llantas y sin viaje. Esos créditos solo sirven si son para amortiguar el golpe, ayudas directas a las familias más pobres, seguir con obras que de verdad mueven la economía (agua, alcantarillado, escuelas) y cambiar cómo se gasta el dinero. Menos privilegios y gastos inútiles; más inversión que te cambia el día a día. Pero si no generas dólares vía exportaciones que además se queden en Bolivia, te pasará lo que a Argentina: déficit de cuenta corriente, a las malas…
Y la idea de Paz, ¿cortar gasto, usar los créditos que ya están aprobados y luego pedir nuevos? Pues… suena más cauto, ¿verdad? Puede funcionar si se corta la «grasa» de verdad (trámites absurdos, compras con sobreprecio) y se protege la inversión útil. Usar primero la plata aprobada es de sentido común. Y pedir más… solo si las condiciones son buenas y es para consolidar el cambio, no para seguir tapando huecos.
Entonces… ¿cuál es la salida más realista?
Pues no hay magia. Es una combinación…
A corto plazo, para empezar ya, se llama reestructuración agresiva del gasto —es de manual—, donde duele menos y rinde más. Saneamiento básico (¡es lo que más multiplica la inversión y es un deber moral!), urbanismo, barrios con servicios, salud y educación. ¿Ejemplos concretos? Agua y alcantarillado, mantenimiento serio de caminos antes que autopistas faraónicas para la foto, subestaciones eléctricas para que las pequeñas empresas dejen de quemar sus ganancias con los microcortes… y conexión a internet donde hoy solo hay «señal a ratos» o de plano no hay.
Al final, ¿en qué se parecen Tuto y Paz? Ambos quieren que el sector privado exporte más. ¿Y la diferencia clave? Tuto parece ir con la motosierra, con el riesgo de que el remedio sea peor que la enfermedad. Paz, con el bisturí, más gradual. Pero para los dos, la condición para que sus planes funcionen es exactamente la misma: invertir primero en lo que nos baja los costos a todos, proteger a los que más van a sentir el ajuste y mejorar la calidad del gasto. Sin esa base, cualquier promesa se la lleva el viento, como dice la canción.
¿Y esas ideas que suenan a plata fácil, como legalizar autos «chutos» o la marihuana? Pueden dar un respiro el primer año, sí… pero no te arreglan el motor del auto. No son una reforma de verdad.
Esto no es un partido de fútbol; no se trata de ser del equipo «Gas Sí» o del equipo «Shock Ahora». Se trata de poner las cosas en orden. Primero los cimientos: lo que nos baja los costos a todos. Después, simplificar las reglas. Y en paralelo, una reforma fiscal que cobre donde no se puede esconder… insisto, sin recaudación todo plan fracasará. De ahí que el impuesto al valor del suelo sea el mejor de todos, según el «Tax by Design: The Mirrlees Review».
Si hacemos eso, el pequeño productor de quinua llega a tiempo al mercado, la PYME deja de perder plata con los cortes de luz, y las exportaciones por fin empiezan a ser una escalera para subir, y no un trampolín que nos deja otra vez en el mismo lugar.
¿Difícil? Claro que sí. ¿Imposible? Para nada… si por una vez dejamos de confundir el griterío de la campaña con un plan de verdad.





















































































