Con el cambio de gobierno del próximo 8 de noviembre, el país debe afrontar un previsible ajuste económico. Un ajuste que implique, como mínimo y en una primera fase, las decisiones gubernamentales de levantar la subvención total del diésel y alguna disminución en la gasolina, una reducción importante del déficit fiscal que apunte al ideal de 3 puntos del PIB, una devaluación del dólar que contemple algún sistema de flotación para cerrar la brecha entre el oficial y el paralelo, la racionalización de las empresas públicas, especialmente de las deficitarias, etc.
Este será el contenido básico del paquete de medidas y de un primer ejercicio político-económico que ponga a prueba la consistencia del nuevo gobierno, lo mismo que del consenso legislativo de respaldo y que probará la articulación liderada por el PDC en las dos cámaras (según números definidos en la primera vuelta). Al mismo tiempo, también empieza el debate público y la negociación colectiva sectorial que, desde el frente social y las calles, pondrá a prueba las articulaciones que se hubieran alcanzado en la primera vuelta y, sobre todo, los resultados de la segunda vuelta.
El costo de los ajustes
Hasta acá el parangón con la crisis económica y las elecciones argentinas de 2023, que terminaron con la elección, en segunda vuelta, de Javier Milei y la alianza de LLA (La Libertad Avanza) con el PRO (el partido de Mauricio Macri), por encima del candidato del peronismo-kirchnerismo, Sergio Massa. La mayor diferencia es que en la crisis argentina, la inflación había llegado a un 150% anual y el clima social y de las calles coincidía con el discurso anti-«casta», el uso de la motosierra para cortar los gastos públicos y a los funcionarios públicos peronistas, eliminar el Banco Central como autor de la emisión inorgánica y, finalmente, el etéreo objetivo de destruir el Estado. Al contrario, la otra diferencia enorme es que el nuevo gobierno boliviano llegará con un arco político de amplio respaldo legislativo, distinto de la escasa representación parlamentaria del gobierno de Milei.
Ya viendo el espejo argentino, empecemos citando una de las frases más repetidas del discurso mileiísta y que resumía su pensamiento político de «anarco-libertario»: «Yo considero al Estado como un enemigo; los impuestos son una rémora de la esclavitud. El liberalismo fue creado para liberar a las personas de la opresión de los monarcas; en este caso sería del Estado». Más allá de la inconsistente comprensión del proceso liberal (antiabsolutista) que hace cinco siglos dio lugar al Estado moderno, lo evidente es que esta base discursiva construyó una marca política desde que fue diputado y que camino a las elecciones para la presidencia completó el resto.
Discursos y realidades
Ese resto fue lo que el gobierno hizo desde la gestión y que ejemplifica mejor que los discursos los objetivos de su comprensión del Estado, el gasto público, la inflación, la casta, la «guerra cultural» contra los zurdos y, finalmente, de la democracia. Lo primero fue el bochorno de su posesión con un discurso de espaldas al Congreso y llamar ratas a los legisladores. Estrenando el novísimo antiestatismo, Milei impidió acabar el gasoducto de Vaca Muerta cuando, luego de miles de millones de dólares (3.500) invertidos, faltaba una pequeña inversión para echar a andar el monumental yacimiento de gas instalando las compresoras y, con el invierno encima, debió comprar gas brasileño de buques tanque. En otro frente, el gobierno impidió la distribución de miles de toneladas de alimentos para los comedores populares y ayuda social, dejando que en muchos casos simplemente se descarten por vencimiento. Esto solo son unas perlas de la acción de la motosierra y el discurso anti-Estado y antipúblico, que supuestamente perjudicaba a la casta pero que los hechos demostraron que en realidad fueron ideas atrabiliarias resultado del exceso ideológico y de la añorada confrontación con los sectores populares, tradicionalmente peronistas.
Sin embargo, todo lo inicial, aparatoso y discursivo, tenía más de síntoma que de cuadro. Lo que verdaderamente mostró el rostro del mileísmo fue la apuesta contra la inflación. Es verdad que la inflación es el peor impuesto regresivo porque afecta a los más pobres, pero combatirlo como si fuera el sentido de la economía y afrontarla sin medir los costos sociales de las medidas antiinflacionarias, resultó en un extravío del sentido común y una convocatoria a la lucha institucional y social. El dólar pisado por un carry trade que desangró las reservas, exportó dólares e hizo la vida cotidiana insostenible por las tarifas impagables de los servicios, los salarios pulverizados, las pensiones de los jubilados convertidas en variable de ajuste y obligados a volver a trabajar.
Milei más allá de los ajustes
A lo que falta agregar que, junto al apaleamiento regular de los jubilados los miércoles en los alrededores del Congreso, Milei ofreció y cumplió en vetar las leyes que aprobaban financiamiento a las universidades públicas y al icónico hospital Garrahan. Ahí empezó a cosechar el rechazo de sus políticas y su gobierno recibió las más duras y seguidas derrotas que un gobierno hubiera recibido en el Congreso argentino que, por más de 2/3, revirtió los vetos presidenciales. In extremis, Milei tuvo que correr a Nueva York y, aprovechando su firme sometimiento, ha salvado la corrida y la previsible cesación de pagos de la deuda externa. Por el momento, gracias al auxilio del Tesoro norteamericano que ofrece comprar bonos argentinos en dólares; deuda de Argentina; un swap de 20.000 millones de dólares; un crédito stand-by, etc. No ocurrió el milagro del «experto en crecimiento, con o sin dinero». Es la vieja receta: deuda, ajuste y FMI. El 26 de octubre está a un mes y si en las elecciones legislativas de medio término hay una derrota política igual o peor a la del pasado 7 de septiembre, pero a escala nacional, habrá que barajar alternativas de sucesión constitucional o nuevas elecciones, dependiendo de si la renuncia es antes o después del 12 de diciembre.
Bueno, este es el espejo argentino en el cual vale la pena mirarnos antes de nuestro 19 de octubre, cuando la segunda vuelta definirá a los nuevos mandatarios, y el 8 de noviembre se levante la bandera. Desde entonces tendremos sobre la mesa varios de los ajustes económicos que una economía en crisis exige y que son muy parecidos a los argentinos, con la diferencia a favor de que no tenemos sobre la espalda la impagable deuda externa de ellos, pero sí en contra de que no tenemos un tremendo yacimiento de gas sosteniendo toda la economía. Tampoco faltarán los discursos libertarios con sus acentos antiestatales y antipúblicos; mucho del discurso mileísta empezó a filtrarse ya hace un par de años como la moda que es, en muchos lugares del mundo.
Democracia y ajustes
El tema de fondo y que debe discutirse en el contexto del debate sobre la crisis y las medidas gubernamentales a tomar es que la sociedad y las diversas sociedades bolivianas, étnicas y regionales, no son la sociedad del espectáculo argentino-porteño y, por el contrario, exhiben un músculo y una organicidad cuya fortaleza enseñaron los resultados del pasado 17 de agosto.
Este es el gran debate y desafío. No saldremos de la crisis si no hay un verdadero ejercicio democrático de concertación y consenso. Para nosotros la política es una cuestión teñida de lo social y lo corporativo y hoy, como nunca, será muy difícil, si no imposible, hacer un ajuste político-económico sobre las espaldas de los sectores mayoritarios.
Nunca en la historia se pierden los derechos y menos en Bolivia.
Salud.






















































































