En dos domingos tenemos las elecciones generales del Bicentenario: a tropezones, insistente guerrilla verbal, especulación desbordada, magras campañas electorales y un enorme escepticismo social. Las elecciones, por sí mismas, no resolverán nada, como es lógico. El escenario político seguirá fragmentado, las fracturas sociales intactas o acrecentadas, lo mismo que las dificultades económicas, la falta de combustible y dólares; nada podrá cambiar de inmediato. Sin embargo, cumplir el ritual democrático aflojará la tensión y la política podrá ocupar, por un cuarto de hora, el centro de nuestras preocupaciones y esperanzas.
En general, hay consenso en que debemos salir de esta crisis pertinaz, profunda, que nos ha agotado y que enfrentar demandará debates, forcejeos y enormes esfuerzos colectivos e individuales. Tenemos a favor que iniciamos un período constitucional —2025/2030—, un legislativo renovado, nuevo gobierno, otro escenario político y una oportunidad que no puede desperdiciarse. Llegó el momento de sincerar nuestra economía y ajustar el gasto a nuestras posibilidades, tomar las decisiones económicas más inteligentes y cuidar la estabilidad social —condición sine qua non— para que una mayoría política y ciudadana las respalde, aunque sea a regañadientes, para dar viabilidad.
Elecciones en duda
También agradezcamos que fue corto el proceso electoral; los partidos y las tardías alianzas no creían que habría elecciones. Al mismo tiempo, acabarán las vergüenzas ajenas de las entrevistas pagadas y dedicadas al chisme o hacer competencia desleal al afamado Ramsés. Tampoco seguirán esos personajes dispuestos a decir cualquier disparate —cercano al delito— con tal de lograr prensa o algún campito político. Desaparecerán las expresiones de «contarán muertos y no votos» o las del desaforado aquel que pide lo nombren «30 días ministro de guerra» para acabar con la coca del Chapare, etc. Ocurrirá lo mismo con los alardes especulativos del tipo «llegarán 3,6 millones de venezolanos», que hay en camino un «Madurazo» o el infaltable verso del fraude que todavía goza de buena salud. Ni hablar de las encuestas que se hacen para suplir la falta de imaginación o de calle para hacer campañas electorales y que se comentan con unos panelistas de opereta. En fin, descansará un poco el Partido Cívico de Santa Cruz que, en una de esas, en un ataque de confianza decide sacar personería y hacer política de frente, con sus ideas que no les faltan, pero sin arrogarse una representación social y corporativa que solo existe en sus cabezas.
El qué hacer está claro, por lo menos en lo económico. Levantar la subvención a los combustibles —lo que no quisimos hacer a fines del 2010—, bajar el déficit fiscal y conseguir los dólares que estabilicen la economía. No coincidimos o nos perdemos en el cómo que, para que funcione, debe ser una fina obra de ingeniería económica, financiera y política. La eterna cuestión de la política, porque dependiendo de a quiénes se favorece o por quiénes se apuesta y sobre quién se carga el peso del ajuste, dependerá su viabilidad política. Esta es la cuestión y así siempre fue porque la economía es la política concentrada.
Luego de las elecciones
En el escenario postelectoral, que no acabará en la primera vuelta y se inaugurará el balotaje o segunda vuelta, veremos las limitaciones de nuestro sistema político y de los grupos de poder o taxi partidos, porque salvo una inesperada definición de primera vuelta, luego del 17 de agosto habrá que empezar a armar el consenso sin el cual no salimos de la crisis y será una prueba difícil.
La novedad principal será que, oficialmente, habrá acabado la hegemonía del MAS —sumando sus 4 versiones— y del Proceso de Cambio, porque la crisis múltiple a la que nos llevó la implosión pasará factura. Es prácticamente imposible que las interminables colas por combustible, la falta de dólares, la elevación de los precios, el bloqueo legislativo de los créditos internacionales y, finalmente, los dañinos bloqueos de caminos mantengan la adhesión de ese potente 55,1% que recuperó la democracia el 2020. Otra novedad, aunque menos perceptible, será el imparable recambio generacional, que ha filtrado terminantemente las candidaturas masistas y las listas en general; debió combinarse con más experiencia, pero así es la juventud y la tercera edad no previó el relevo. No será una novedad, pero la oposición de las oposiciones no podrá cruzar fácilmente la raya de la mitad de los votos, dejando en claro que la adhesión fuera de los centros urbanos y los segmentos de clase media acomodados tiene otro mundo social que, equivocadamente, tiende a invisibilizarse.
Polarización, elecciones y gobernabilidad
Hablando de los temas centrales y de lo que hay que evitar a cualquier precio, vale la pena anotar algunos puntos relevantes. Lo primero, hay que parar el enfrentamiento político torpe, desmedido e irresponsable. Ya sabemos de los irreparables daños a la economía y la vida social producidos por los bloqueos de caminos, por ejemplo.
Lo segundo, debemos concentrarnos en la producción, pero sin el cuento de «exportar o morir» o que la soya es el motor agropecuario, cuando solo aprovechamos el aceite y los subproductos que sirven para alimentar ganado o granjas, a costa del monocultivo que empobrece nuestras tierras y olvidando que lo principal de nuestra comida la produce el sector más pobre de nuestra geografía, el mundo rural y campesino.
Lo tercero, la sostenibilidad ambiental de la reingeniería productiva y económica a proponerse que, necesariamente, hará énfasis en lo económico en desmedro del medio ambiente. Sin embargo, deben parar los incendios que están dañando irreversiblemente nuestro patrimonio natural y, como si eso fuera poco, ponen en riesgo las fuentes de agua y potencian los efectos del cambio climático. No podemos seguir envenenando los ríos y enfermando a la gente que vive en las riberas.
Desafíos y peligros
Y, finalmente, la cuestión del Estado, en dos sentidos. Se ha puesto de moda la cantaleta antiestatal, oponiéndose a la libertad individual. Como verso y canción suena, pero hay que recordar que la sociedad humana ha llegado donde estamos —no es gran cosa, pero mucho mejor que las cuevas y el enfrentamiento de tribus— gracias a este invento político y al ejercicio progresivo de los derechos colectivos e individuales que lo sostienen. En pocas palabras, cuidado con el modelito argentino de la motosierra, que luego de ofrecer dinamitar el Banco Central ahora es la única institución pública que funciona y que el resto como hospitales, escuelas y carreteras viven un absoluto abandono estatal. Vale el mismo razonamiento para la valoración del Estado plurinacional que es, básicamente, el reconocimiento del enorme mosaico étnico cultural que es Bolivia. Tampoco olviden que las sociedades bolivianas son bastante más fuertes que nuestro esmirriado Estado. Otra cosa es que se busque hacerlo más eficiente o menos costoso y corrupto, pero no hay que confundir las categorías, porque ya sabemos dónde acaban esos errores conceptuales.
Habrá que tener cuidado, tino e inteligencia; volver a las ideas elementales del neoliberalismo será jugar con fuego. Proyectar la crisis mayúscula que vivimos sobre un nuevo período constitucional nos puede arrastrar a una crisis de alcance estatal. Salud.






















































































