La universidad tiene una responsabilidad fundamental en la sociedad, que es aportar a comprender y transformar la realidad por medio del conocimiento. Para cumplir esa función, como lo hacen la mayoría de los institutos de la UMSA, se necesita tanto la opinión como la ciencia, pero cada una en su lugar y con su propio rol.
La opinión permite abrir debates, expresar preocupaciones cotidianas y conectar a la universidad con la coyuntura y con la sociedad. Sin embargo, la opinión por sí sola no basta para entender ni responder los problemas. Para eso está la ciencia, que permite analizar la realidad con método, evidencia y un nivel de exigencia académica que garantiza la validez de los resultados.
Para ubicarnos en el tema, tomemos un ejemplo positivo actual que muestra cómo ciertas decisiones, aunque parezcan pequeñas, revelan cómo entendemos la misión universitaria. Por un lado, el aporte de un instituto especializado ha permitido pasar de una simple opinión sobre la gasolina de mala calidad a un análisis científico de los diferentes componentes que han dañado los motores, demostrando así de manera sistemática que los problemas no eran percepciones aisladas, sino hechos verificables. Este paso de la opinión a la evidencia permitió identificar causas, medir impactos y proponer soluciones, mostrando el valor real de la investigación universitaria.
Por el contrario, un ejemplo negativo, lo da una carrera del campo económico que busca cambiar una revista científica por una publicación de opinión. Esta decisión no solo modifica un formato, sino que altera el sentido de lo que hacemos y de lo que deberíamos hacer como instituto de investigaciones. En vez de mejorar lo que podría estar fallando, se opta por desmontar un espacio que tiene historia, que acumuló trayectorias profesionales y que sostiene el valor humano, institucional y académico de la universidad.
Escribir artículos de opinión, desde la docencia, aporta a los debates públicos y acercan la universidad a la realidad. Su fuerza está en la capacidad de interpelar y generar debate sobre temas de actualidad. Los artículos científicos cumplen otra función. Son el espacio donde la universidad difunde conocimiento verificable, acumulable y discutible. La ciencia necesita sistematicidad, tiempo, profundidad y estructura. No busca convencer por retórica, sino por evidencia. No responde a la urgencia del momento, sino a la construcción metódica del conocimiento.
En este ejemplo, observamos que el peligro de transformar una revista científica en una publicación de opinión en el contexto universitario no es un cambio menor. Es destruir un medio científico que lleva años construyéndose. Es romper con la memoria histórica de una institución, expresada en sus debates, sus avances, sus tensiones y también sus errores. Esa memoria se construyó con procesos largos y acumulativos. Un espacio de opinión es importante y útil, pero nunca debería reemplazar la función de difusión de la producción científica, y en la universidad es fundamental comprenderlo para no retroceder.
Un aparente cambio de enfoque o estilo en una actividad universitaria tan importante, como es el de escribir, se traduce en un riesgo mayor por un pragmatismo, que como sustento esgrime la rapidez de lectura y versatilidad temática. Lo que se pierde es mucho, ya que se debilita el rigor, la formación investigativa, la acreditación, la indexación y la identidad académica. Se gana inmediatez, pero se pierde ciencia; se gana opinión, pero se pierde cientificidad.
La enseñanza que queda para la universidad es que no se trata de reemplazar la ciencia con opinión, sino de reconocer que ambas cumplen funciones distintas, necesarias y complementarias. Una institución que aspira a pensar el país y responder a sus problemáticas con responsabilidad necesita ambos espacios: revistas científicas que produzcan y difundan conocimiento, y publicaciones de opinión que dialoguen con la coyuntura y abran debates. Solo con esa doble orientación se fortalece la misión universitaria en toda su amplitud, sin deshacer los esfuerzos acumulados ni debilitar la memoria académica que sostiene a la institución.















































































