En la gastronomía es posible la convivencia pacífica en la que dos partes se necesitan, se respetan, se complementan, se cooperan, y, finalmente, se hacen un solo cuerpo. No una suma, sino una fusión que hace a la unidad. Como en la síntesis de dos sonidos que suman sus parciales y armónicos y otros parámetros, para hacer un timbre nuevo. No un empaste. Un empaste es el resultado de dos instrumentos diferentes, haciendo la misma secuencia de sonidos.
Eso, un empaste, es una suma, no una síntesis. La convivencia de esas dos partes, en la gastronomía, es orgánica, de origen incierto. Una salteña potosina, por ejemplo, tiene varios hipotéticos orígenes. Que no vale contarlos porque a lo mejor, la mayoría sería re invención a favor de uno de los dos territorios.
Lo que importa en verdad es el resultado. Otra vez, como en el sonido y en el amor, la suma de uno más uno, es uno. Claro, en el amor, que no en sus versiones desamoradas, convenientes, alianzas para el progreso, pactos para la visibilización en el enjambre.
Con el falso conejo pasa otra cosa. Es una afirmación por la negación. Que podría ser sobre infinidad de otros seres, como el falso cocodrilo, el falso tiburón, brontosaurio, búfalo, tigre dientes de sable y mucho más. En todos los casos funcionaría bien, la afirmación y la negación. Ambas al mismo tiempo. Es falso, y no, no es un conejo. Con esta lógica se mueve una sociedad entera, afirmando su existencia antes, sobre lo que no es, que sobre el ser.
De esta forma, el tejido social se construye sobre el no ser, para afirmar lo que se es. No es una patria, es un paisaje, el libertador no la liberó, la condenó, no se perdieron las guerras, simplemente, no se las ganaron. No se creció en ningún aspecto durante décadas, lo que ocurrió es que en realidad, se creció en inversa, hasta tocar casi el inframundo, para salir por el otro lado del planeta, con una mano por delante y la otra no.
La historia, por lo general, se juzga por negaciones, para afirmar los más grandes absurdos como que Pando fue bueno por no fumador. Plagados de falsedades que pasan por verdad.
La falso Verito, el falso indígena, la gasolina falsa, el cielo falso, los afectos falsos, las falsas denuncias, los financiamientos pasados por auto financiamientos. El dinero público que no es público, que termina pagando al falso demócrata para que engorde su falsa personalidad que flota entre las redes difundiendo ideas, noticias, alarmas, fotos, consignas, éxito, tertulias, libros, canciones, estampados, recetas de falso conejo. Todo falso. Pero dado por cierto.
El huevo sin huevo de la literatura nacional, la sombra sin sombra de la universal, el fondo falso en la escena, el croma en el audiovisual, el motor de una marca en el automóvil de otra marca, las ciudades íntegras dedicadas a la falsedad de las cosas para que las sociedades de exposición extrema y requerida, paseen por las calles con accesorios de última generación, hechos con materiales de generación dudosa por manos programadas para producir más en menor tiempo.
Cosa que irá a ocurrir más temprano que tarde, cuando humanos falsos hagan todo para humanos con incapacidad crítica, cada vez más y más deteriorada. No se trata de haber dejado de pensar, sino, de dedicarse a pensar en no pensar.

















































































