Según los resultados del censo, 1.395.000 de los bolivianos que viven hoy han aprendido a hablar en quechua y 774.000, en aymara, que son las lenguas más importantes después del castellano. Esto implica una disminución de 431.000 hablantes primarios de estas lenguas en el tiempo que va del anterior censo de 2011 al más reciente, es decir, en 14 años. Simultáneamente, los bolivianos que aprenden español han crecido y hoy son el 70% de la población del país.
Esta tendencia es causada por el desprecio racista de los hablantes nativos. Para evitar que sus hijos sean discriminados, las madres ya no les enseñan los idiomas que ellas aprendieron de niñas.
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La situación de otros idiomas es todavía más grave. En Bolivia hay 36 lenguas nativas, entre ellas el guarasu’we, que solo tiene un hablante. Otros en extinción inminente son el kallawaya, que tiene siete hablantes, y el joaquiniano, con solo ocho. La situación de los demás es similar. Se anticipa que en 2050 ya no existirán más que el aymara, el quechua y quizá el guaraní en Bolivia, además del castellano. Y que estarán muy debilitados. Este fenómeno se llama glotofagia o lingüicidio: muerte de una lengua por el traspaso de todos sus hablantes a otra.
No solo es un proceso boliviano o andino, sino mundial. Se calcula que a fin de siglo desaparecerá el 10% de las 7.000 lenguas que se ha censado en el planeta. Actualmente se pierde una lengua cada 40 días, es decir, de nueve a diez idiomas por año.
Con la desaparición de las lenguas se pierden mundos enteros. Cada una es un tesoro, una concepción del mundo, un puente con los ancestros y puede ser una herramienta de trabajo y progreso.
Algunos estudiosos del lenguaje de la edad media pensaban que todos los idiomas tenían una base lógica común, que era la que concedía Dios a los seres humanos para que reflejaran y entendieran la realidad. Esta creencia ha llegado hasta la lingüística moderna. Una de las escuelas más importantes de esta ciencia es la del célebre Noam Chosmky y defiende la existencia de una “gramática universal” que, además, sería innata. Se supone que todos los humanos nacen con capacidades neuronales adecuadas para comprender esta gramática y, así, aprender la lengua que les enseñen de niños, cualquiera sea esta.
En tal caso, las diferencias entre las lenguas serían contingentes. Supongo que Chomsky es ateo —sabemos cuáles son sus ideales políticos—, pero su teoría lingüística es compatible con la narración bíblica de la Torre de Babel. Primero todos los seres humanos hablábamos un mismo idioma —y hay discusión sobre cuál era, si el hebreo o el griego u otro— y, luego, por nuestra arrogancia de tratar de superar a Dios, fuimos castigados con la confusión de las lenguas. Pero estas son, finalmente, variaciones de un mismo original.
Wittgenstein no pensaba como Chomsky. El filósofo austriaco escribió que “cada lenguaje es un forma de vida”. Muchos antropólogos están de acuerdo. La prueba sería la relación entre los idiomas no europeos y otras concepciones del mundo diferentes de la moderna occidental.
Por ejemplo, en el aymara no hay géneros, a diferencia del castellano. Esto ha llevado a siglos de incomprensión y de discriminación de quienes “aprenden mal” la lengua dominante, pero no solo es una distancia gramatical, sino ontológica. Los hispanohablantes imponemos con nuestro lenguaje un género (masculino o femenino) a todas las cosas, por ejemplo, la “piedra” es femenina; mientras que quienes carecen de este determinismo pueden creer que hay “piedras macho” y “piedras hembra”.
Otro ejemplo. En español los sentimientos de una persona se representan con la palabra “corazón”; decimos: “tiene un gran corazón”. En cambio, en aymara se asocia los sentimientos con el pulmón: “lloró con todo su pulmón”. Esto implica la existencia de dos concepciones distintas del cuerpo y también de la forma de las emociones.
Y en aymara existe un “nosotros” que incluye a todos porque la comunicación tiene como referente a la comunidad.
O, en realidad, así era, porque la lengua ha tenido que cambiar para adaptarse al castellano. Según el historiador y psicólogo Javier Mendoza, autor de “Espejo aymara”, libro de donde he sacado mis ejemplos, esto fue necesario porque las cosmovisiones detrás de cada uno de estos códigos de comunicación eran muy diferentes, al punto de que esto podía comprometer la formación de nuestra nación.
Pero el castellano también se adaptó al aymara. Ha quedado marcado en las estructuras de la forma de hablar y, por tanto, de pensar de los castellanoparlantes.
El manejo del español es imprescindible, pero, ¿por qué perder los otros idiomas, en lugar de crear un masivo bilingüismo y construir un país más igualitario en el que se valore también los capitales culturales de los indígenas y se deje de verlos como inferiores y una rémora del pasado?
(*) Fernando Molina es periodista















































































