La sociología es el estudio de las relaciones, de las estructuras, de los hechos sociales y de las consecuencias que tienen en el devenir de la colectividad. La sociología se ocupa del pasado, del presente y del futuro; sin embargo, su utilidad mayor está en la explicación de los fenómenos sociales que nos afectan cotidianamente.
La humanidad vive un frenético proceso de transformaciones. En los últimos 50 años se produjeron más cambios que en los anteriores 70.000. La esperanza de vida, el combate a las enfermedades, la terapia del dolor, la disminución de la violencia, la suficiente alimentación, las nuevas tecnologías de información y comunicación, la inteligencia artificial, etcétera, configuran un panorama que nos abruma de novedades constantes e inacabables.
Ante ello, ¿la sociología va a la par de estas transformaciones? ¿puede la ciencia social intentar explicar lo que sucede? Ante la velocidad de los acontecimientos, ¿nos queda resignarnos a comprender lo que pasa con retraso y en retrospectiva? Por supuesto que no. La sociología perdería mucho de su pertinencia si solo se limitara a una perspectiva histórica. La sociología puede y debe zambullirse en el océano proceloso de nuestro presente multipolar y variopinto.
Para intentar ese esfuerzo, es imperativo establecer, por lo menos de manera indiciaria, el objeto de estudio de la sociología del siglo XXI. ¿Cuáles son los temas que seducen a los investigadores sociales de nuestro tiempo? ¿En cuáles áreas se están produciendo los aportes más significativos? Sin duda que el debate mayor se produce en torno al contraste entre lo global y lo local. Nuestro tiempo es a la vez el momento de mayor auge y realización de una sociedad global, que abarca prácticamente a toda humanidad, y la época de resurgimiento de nacionalismos y localismos vigorosos que surgen cada día, no solamente en la periferia, sino en el seno mismo de las grandes potencias.
Otros asuntos de la mayor importancia son los relativos a la feminización del poder y, en general, los derechos de las mujeres, los avances en la integración de las minorías, la sociología de la religión, los conflictos sociales a niveles micro y macro, la querella entre la preminencia del individuo o la colectividad, los modelos políticos, incluidas las crisis de los grandes sistemas (liberal, socialista, socialdemócrata, etc.), la influencia de las redes sociales virtuales, la amenaza a la economía de la automatización y la inteligencia artificial, etcétera.
De estos temas, hay uno que ha surgido de manera reciente; se entremezcla con la filosofía y es apasionante: la felicidad. ¿Qué es la felicidad? Es esa condición subjetiva que nos brinda placer y bienestar. Dicha condición se produce por una combinación de aspectos materiales, emocionales y espirituales. En general, se dice que una persona se siente feliz si se alimenta y viste suficientemente, se cobija adecuadamente, es relativamente sano, se siente protegido, ama y es amado, es útil y se ocupa de cosas que le interesan.
Según el historiador israelí Yuval Noah, la abundancia material y el progreso de los que hoy gozamos no garantiza que seamos más felices que nuestros ancestros prehistóricos o nuestros antepasados de las edades Media y Moderna. Parecería que nuestro déficit en satisfactores emocionales y espirituales podría resultar más influyente para nuestra felicidad que nuestro progreso material. Según Noah, a principios de siglo, 873.000 personas cometieron suicidio, contra 172.000 que murieron en alguna guerra y 569.000 por causa de algún crimen. La infelicidad mata más gente que las guerras o la inseguridad ciudadana.
Llegar a la cúspide de la cadena alimentaria y convertirnos en los amos de la tierra, parece que tiene un precio en soledad y estupidez que resulta muy oneroso y trágico.
Ricardo Paz
es sociólogo.















































































