Finalmente llegamos al inédito balotaje presidencial. Agotados, con hastío, más o menos rabiosos. Llegamos. Esta noche sabremos qué binomio recibió, en las urnas, quizás con margen estrecho, el mandato para ser gobierno en el próximo período constitucional. Qué gran avance de convivencia esta democracia que nos permite elegir/cambiar gobernantes —Popper dixit— sin tener que acudir “al costoso expediente de la sangre”. Llegamos. ¿Y mañana? Ay, seguiremos viviendo.
El resultado de la votación es incierto: una elección abierta. Cualquiera de los dos puede ganar. Y está bien. “Certeza en las reglas, incertidumbre en el resultado”, señala un principio democrático fundamental. De eso se trata. Pero hay algunas cosas esperables, unas cuantas evidencias, buenos aprendizajes. Sabemos, por ejemplo, que hoy tendremos una nueva jornada electoral participativa, pacífica y ordenada. Es una gran certeza. Ojalá nadie cante “fraude” al final del día.
Es evidente que viene un gobierno débil y minoritario en la Asamblea. Un gobierno que pronto debe impulsar medidas difíciles contra la crisis económica. La viabilidad de tales medidas depende no solo de su solidez y coherencia, sino también de acuerdos de mayoría en el Legislativo y de concertaciones amplias con sectores sociales y actores territoriales. Las lealtades son frágiles. Y la campaña con guerra sucia está dejando heridas y dinamitando puentes.
También hay buenas noticias. Saldremos de estos comicios con un organismo electoral fortalecido en su legitimidad. Y con más confianza en el propio sistema. Hay que celebrarlo. Veníamos de unas elecciones (per)judiciales mutiladas que habían degradado varios principios democráticos y mínimos institucionales. Este proceso se cierra de manera impecable en su administración. Queda el desafío de renovación de vocales para los comicios subnacionales. Y una amplia agenda de reforma normativa.
El nuevo sistema de partidos de pluralismo limitado está por hacerse. El paisaje de asambleístas electos es más bien flojo. Y en todas las fuerzas políticas, de entrada, habitan facciones. La polarización, hoy fragmentada, ha cambiado de signo y narrativas, pero se mantiene como fractura: Patria contra élite corrupta, “cholos versus caballeros”, enemistad absoluta. Hay renovada sobredosis de fanatismo. La (in)gobernabilidad en la calle/carreteras se agita como advertencia.
Dicen que este domingo decisorio se debería optar por “el mal menor” o, en otra lectura, contra “el peligro mayor”. Hay que votar. “Lo mejor de las elecciones —afirma bien Woldenberg— son las propias elecciones”. No es poca cosa. Deseo que en nuestro encuentro con las urnas la esperanza le gane al miedo.
FadoCracia cínica
1. Los autoprorrogados del TCP, en clave de corporación, sacaron un comunicado “al pueblo boliviano”. Hablan de esperanza, Patria, voluntad, esfuerzo, trabajo coordinado. 2. Plantean un proceso de reforma constitucional en un escenario de “diálogo institucional”. Y se ofrecen como actores proactivos. Se lo podían haber ahorrado. 3. Los autoprorrogados en realidad están diciendo: somos buenos, no nos toquen; si nos cesan, no hay reforma posible. 4. ¿Quieren contribuir a reformar una Constitución que “interpretaron” y hasta alteraron con sentencias a la carta? ¿En serio? Demasiado cinismo. 5. Claro que es fundamental un nuevo momento constituyente de reforma con diálogo no solo institucional. Pero suscribo las palabras del expresidente Rodríguez Veltzé: “Mientras los cinco autoprorrogados persistan en usurpar funciones, el TCP no tiene autoridad para promover ‘diálogos’, menos de ‘reforma constitucional’. Deben irse”. 6. Sí, deben irse. Los cinco del TCP y los dos del TSJ. 7. Ya no existe el pretexto de “riesgo para la segunda vuelta”. La Asamblea Legislativa debe remover sin más demora a los autoprorrogados. Y que venga la necesaria reforma constitucional.





















































































