Mientras fue la fuerza política más importante de la historia del país, el Movimiento Al Socialismo (MAS) impuso una forma de gobernar que, a juzgar por las experiencias pasadas, fue muy distinta a la de los gobiernos precedentes.
Si antes Jorge Quiroga, Gonzalo Sánchez de Lozada, Carlos Mesa o Eduardo Rodríguez Veltzé (éste tuvo poco tiempo para su administración) se refugiaban en los muros pesados del Palacio Quemado y preservaban una gestión burocrática, al llegar al poder en 2006, Evo Morales cambió el paradigma: gobernó en el territorio.
Antes de esa gestión, era poco usual que los mandatarios visiten especialmente zonas rurales debido a su perfil más oficinista. Era novedad que algunos de ellos lleguen a regiones recónditas del país para la celebración de, por ejemplo, un aniversario o la entrega de las escasas obras.
Con Morales, presidente entre 2006 y 2019, la situación fue diferente. Arraigado a las organizaciones sociales o a las comunidades indígena originario campesinas, su gestión se caracterizó por sus constantes viajes a las regiones y, consiguientemente, el excesivo uso del avión presidencial (en 2010 estrenó el Falcon 900 EX Easy, de $us 38,7 millones) o helicópteros de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB).
Esos viajes implicaban un permanente baño de popularidad y, a su vez, una conexión recurrente con las poblaciones del país. Solía presumir que había llegado a casi el total de los 343 municipios de Bolivia.
En 14 años de gobierno, interrumpidos por la ruptura constitucional de Jeanine Áñez en 2019, Morales ha debido de conocer todos los municipios, en algunos con más de una visita. Muchos de éstos no conocieron un solo presidente en su historia, y la llegada de Morales resultaba todo un acontecimiento político.
Era bienvenido y objeto de miles de regalos que una vez, antes de quedar empolvados en Orinoca, su tierra, estuvieron apilados en la residencia presidencial de San Jorge, su departamento alquilado de Sopocachi o su vivienda en el barrio Minero de Cochabamba.
Como regalos, también acumulaba proyectos. Era típico en él apostar un partido de fútbol por obras para la comunidad que visitaba. Si su equipo (con estrellas del fútbol nacional) perdía, ofrecía un proyecto. Así diseminó canchas de césped, carreteras, hospitales, escuelas, viviendas o sistemas de riego en el país. Conocía de las necesidades de primera mano.
Una vez me contó que, en mi pueblo (Turco), en vez de demandar un hospital, las autoridades le habían pedido una cancha de fútbol.
También aparecieron elefantes blancos y corrupción en proyectos locales y nacionales. Un país en bonanza económica hasta 2014 no tenía control de las inversiones, aunque, no hay que negarlo, Morales ha debido hacer más obras que sus predecesores: carreteras, hospitales, industrias, el satélite Túpac Katari, plantas de energía solar y eólica, estadios de fútbol, aeropuertos, tractores, ambulancias, maquinaria y hasta sedes sindicales.
Recogía en mano propia las “carpetas” de proyectos con las que las autoridades lo esperaban en cada visita. O, al contrario, organizaba reunión de alcaldes en el Palacio de Gobierno para recibir demandas de obras y programas.
Fue su forma de gobernar. Cuando Luis Arce llegó al gobierno, repitió la fórmula. También viaja constantemente por el país. Es la impronta de los gobiernos del MAS.
Ahora que es inminente su salida del poder, la pregunta es si el gobierno que viene hará lo mismo. Tendrán que copiar en parte, eventualmente, o Rodrigo Paz o Jorge Quiroga.




















































































