Las elecciones nacionales de 2025 en Bolivia dejaron en evidencia un patrón ya visto: a mayor caos político-informativo, mayor espacio para los candidatos “atrapatodo”. El desorden estuvo por todo lado. Ya sea porque es sabido que hasta acá hemos llegado en medio de una multicrisis que afecta todos los pilares de trabajo del Estado o porque conocemos el estado de nuestra magullada convivencia social. Ya en campaña, presenciamos cómo se atentó deliberadamente la conversación pública con desinformación, operaciones mediáticas, desorden institucional en partidos que apenas podían sostener a sus propios candidatos y, al final del camino, guerra sucia de alta intensidad. El resultado fueron las elecciones más inciertas de este periodo democrático, donde el hartazgo social, un país cambiado y la antipolítica encontraron un cauce difícil de predecir.
Puesta ya en marcha la maquinaria del espectáculo electoral —donde estrenamos asesores internacionales de renombre y una plétora de debates televisados, mientras igual se desplegaban los siempre confiables millones invertidos en propaganda, encuestas de todo tipo y un despliegue inédito de recursos digitales—, la narrativa ordenadora predominante estuvo, como siempre, en manos del conglomerado mediático, más centralizado que nunca. Sobre todo, periódicos y canales de televisión delinearon el eje del espectáculo, distribuyendo reflectores, protagonismos, tendencias y silencios a conveniencia.
Así, mientras los candidatos mainstream quedaban posicionados (o atrapados) en la avenida del espectáculo mediático y la guerra sucia, el binomio ganador construyó su propia periferia informativa, especialmente a través de TikTok, acelerando la visibilidad de una campaña territorial que configuró sin pausa y, por la misma indiferencia con la que fue tratado, sin distracciones. Logrando presentarse como alternativa que no se manchaba por el espectáculo ni por la política dicotómica. Y, al hacerlo, encarnó una forma de antipolítica funcional: el discurso de “estar afuera” del sistema mediático y, en consecuencia, de las élites tradicionales, pero con un pie firme en las demandas de base y en la organización del malestar de segmentos de votantes que se sentían en estado de orfandad política.
Porque la comunicación política, por sí sola, —se sabe— no gana elecciones. Lo que las gana es la política, en tanto su capacidad de trasladar efectivamente una propuesta, una narrativa, una promesa y una épica hacia sectores sociales con disponibilidad de escucharlo. El triunfo no se explica pues, como algunos califican, única y determinantemente por un golpe de efecto comunicacional en clave de TikTok, sino por la capacidad de producir política en medio del fuego cruzado.
El precario sistema político que tenemos nos puso en frente las elecciones de la incertidumbre y, encima, nos quiso construir la idea de que, en ellas, lo único absolutamente certero eran los dos primeros lugares antes de que incluso se votara. Pero esto es Bolivia y en contextos de incertidumbre, lo inesperado deja de ser improbable y se vuelve posible: los trasvases de última hora, las fugas de votos hacia opciones imprevistas y la resignación de elegir lo “menos malo” se volvieron parte de la oferta en menos de lo que dura un silencio electoral. Ahí, la comunicación pudo amplificar, acelerar y potenciar esas decisiones, pero de ninguna manera determinarlas.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Red social X: @verokamchatka















































































