Aunque de forma acelerada, tardía y desordenada, este proceso electoral está volviendo a ofrecer una oportunidad para que nuestra debilitada y confundida cultura democrática crezca y se enriquezca. A su manera, claro. Es lógico —y bastante común— que, partiendo de la idea de que una parte esencial de la democracia se expresa en el rito del voto, los procesos electorales se conviertan en momentos en los que la política oficialmente se actualiza: en sus formas, sus sentidos y sus contenidos. Y aunque el escenario actual pueda parecer vetusto, estancado o anodino, esa actualización está ocurriendo. A todos los niveles.
Uno de los espacios donde esa “actualización” de nuestro software político común se está manifestando es en los nuevos desórdenes informativos que —impulsados por el exceso de coyuntura electoral— han encontrado su lugar en medio de las campañas. Es justamente ahí donde nuestra cultura democrática comienza a conocer, identificar y familiarizarse con estos fenómenos, así como con los anticuerpos necesarios para enfrentarlos.
Desde esa perspectiva, resulta más fácil comprender lo que está ocurriendo con la desinformación electoral, un fenómeno que tanto especialistas como ciudadanos manejan hoy con más herramientas, mejor experiencia y mayor claridad. En las pasadas semanas, por ejemplo, una de las verificadoras del país, Bolivia Verifica, identificó una operación de desinformación en Facebook contra dos candidatos y otros contenidos desinformantes en contra de los restantes postulantes. Estos hallazgos han permitido poner sobre la mesa algo que quienes navegamos cotidianamente en lo digital ya conocemos —y cada vez identificamos con más agudeza—: el despliegue de bots bien entrenados que, meses antes de las campañas, son preparados para intervenir en redes sociales apoyando o atacando candidaturas, la aparición en escena de medios digitales “alternativos” al establishment sacando información a la luz y “medios institucionalizados” estableciéndola casi como anécdota…
Algo similar ocurrió con el debate —todavía en clave polémica— sobre los gurús y jefes de campaña que encabezan o asesoran las estrategias de comunicación electoral que estamos viendo. Pareciera que, décadas después de que estas figuras se institucionalizaran en este ámbito, el gran secreto de que las campañas se han convertido en una industria —altamente monetizada, como todas— por fin se ha develado para nosotros. Y eso, sin duda, nos permite hablar del tema sin tantos complejos, con su buena técnica incluida, así como sus malas artes. Para quienes se están involucrando en esta discusión, esto puede ayudar a entender que la presencia de estos actores, o más bien, la entrada de la política boliviana a ese mundo del que provienen, no necesariamente nos está ofreciendo mejores campañas, sino posiblemente una política de peor calidad. No es la única variable en esta tragedia, ni tampoco una regla general, pero sí una posibilidad real.
Ese es el juego peligroso de la comunicación política. Área en el que hasta hace pocos años se levantaba bajo la promesa de servir a la democracia pero que hoy, en su vertiente más popularizada —el marketing político—, parece estar más enfocada en sostener la industria del espectáculo electoral. Y para ello, recurre al vaciamiento y desplazamiento de la política.
No deberíamos olvidarlo —menos aún a días de enfrentar nuestra verdadera voluntad política—: en Bolivia, las fórmulas políticas que han tenido éxito electoral no han nacido desde las modas/injerencias extranjeras ni desde las tendencias/banderas coyunturales, sino desde la épica del pueblo.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Red X: @verokamchatka















































































