Desde 1825 a la fecha, Bolivia ha enfrentado persistentes desafíos en su camino hacia un desarrollo sostenible. Somos una de las naciones con mayores retos y atrasos en la región; y por ello, Fernando Untoja declara abiertamente que somos un estado fallido. En otra clave, María Teresa Zegada, muy acertadamente, propone una mirada autocrítica sobre los patrones estructurales (los llamados clivajes fundacionales) que nos han llevado a ese estado de anomia. La investigadora establece cuatro: Uno, el extractivismo económico, un país productor de materias primas. Dos, la fractura territorial, anclada alrededor de la minería en el occidente andino. Tres, la exclusión étnico-cultural, con “patrones coloniales de segregación”. Cuatro, el caudillismo como cultura política.
De los cuatro, la fractura territorial es motivo recurrente en esta columna. La condición de país sin litoral ha impuesto barreras significativas al comercio y la integración económica global (lo que Acemoglu & Robinson, llaman instituciones geográficas). Nuestra geografía, que va desde los Andes hasta las tierras bajas amazónicas, si bien es rica en biodiversidad, es de muy difícil integración. Tenemos una población escasa y diversa —con irrenunciables odios y rencores— en un territorio gigantesco e inexpugnable —con cordilleras inaccesibles e interminables llanuras anegadizas—.
Bolivia ha sufrido la «maldición de los recursos». Para los demás, no somos un estado. Somos una alacena llena de plata, estaño, caucho, guano, salitre, gas natural, y ahora litio, oro y maderas preciosas. La dependencia excesiva de la extracción de materias primas (el tema favorito de los actuales candidatos), ha generado ciclos de bonanza y crisis sin lograr una diversificación productiva significativa. A pesar de los avances en la reducción de la pobreza de las últimas décadas, la educación y la salud siguen siendo un aplazo centenario (Autocrítica repetida machaconamente: con semejante riqueza en materias primas, el no tener salud y educación de primera para una escasa población de 11 millones, es una vergüenza planetaria). Y, para concluir, el caudillismo miope de nuestra reprochable clase política nos arrastró hacia la inestabilidad institucional, la fragmentación del estado, la corrupción endémica y la falta de continuidad en las políticas públicas.
Nuestro subdesarrollo es el resultado de la interacción de los clivajes fundacionales descritos líneas arriba. En plena vorágine preelectoral, me pregunto: ¿Algún día votaremos por estadistas que enfrenten esos desafíos estructurales? Por el momento, y en democracia representativa/intercultural, votamos al vaivén pendular del lucrativo mercadeo político/partidista.
(*) Carlos Villagómez es arquitecto















































































