Las mujeres llegaron a la política para quedarse. Y también para transformarla. Nada menos. Pero ese llegar no ha sido fácil. La política es un territorio hostil para las mujeres, sembrado de obstáculos. En la transición a la democracia en Bolivia, hace 43 años, el flamante Congreso Nacional exhibió el arduo recorrido: de 130 diputaciones, 129 eran hombres; de 27 senadurías, 25 eran hombres. Llegaron una mujer diputada y dos mujeres senadoras. Había que llegar.
Durante 15 años no hubo ninguna norma a favor de la participación política de las mujeres. En las siguientes tres elecciones, llegaron 4, 11, 13 diputadas; cero, una, otra senadora. La democracia votaba lejos de la paridad. Recién a fines de los 90, superando prejuicios y resistencias, las mujeres consiguieron la ley de cuotas. Y en nuevos tres comicios, arribaron 15, 24, 22 diputadas; y una, cuatro, otra senadora. El tímido avance, con grietas, era insuficiente.
La paridad llegó más de una década después, en el proceso constituyente. Las “Mujeres presentes en la historia” lograron que la nueva Constitución incluyera un mandato que parecía suplementario, pero marca esencia. Las tres formas de democracia deben ejercerse “con equivalencia de condiciones entre hombres y mujeres”. Así, en las siguientes tres elecciones, llegaron 30, 69, 61 diputadas; 16, 17, 20 senadoras. Ya no están solo tres mujeres en la Asamblea, sino 81.
Hoy celebramos la paridad, que también arribó a las asambleas departamentales y concejos municipales. Pero es una paridad numérica e incompleta. Las mujeres en cargos de representación encuentran condiciones adversas para su permanencia y ejercicio. Los partidos, hacienda de hombres, son más murallas que puentes. Mientras más mujeres llegan a la política, enfrentan más acoso y violencia, renovados prejuicios, ninguna corresponsabilidad del cuidado.
Hay listas paritarias, pero la “paridad participativa” (Fraser) está por hacerse. A la esquiva representación, le faltan reconocimiento y redistribución. Sin mujeres no hay democracia. Cierto. ¿Qué democracia? Las mujeres, como las naciones y pueblos indígenas, llegaron al ámbito público-político para transformar las relaciones de poder. El horizonte irrenunciable es una democracia paritaria intercultural.
Elecciones de 2025. La crisis múltiple, la fragmentación, la incertidumbre, la judicialización de la política, el mal Gobierno, la debilidad institucional, la precariedad partidaria, los discursos antiderechos, la desconfianza, en fin, el reluciente patriarcado, están socavando la participación política de las mujeres. Hay que cuidar la paridad.
FadoCracia libertaria
- El (pre)candidato libertario, con cirugía mayor, promete desmontar el Estado hasta dejarlo mínimo. Pero no ha podido, en dos décadas, liquidar sus deudas con tal Estado. Es triste. 2. La breve historia de su candidatura presidencial es opaca: primero fue “precandidato emergente” de ADN, poco después lo proclamaron en el PDC, luego debía liderar una curiosa alianza ADN-MNR, hasta que terminó sentado en el dedo medio de NGP. Sigla mata principios. 3. Pronto sabremos si su voluntad de ser candidato es más fuerte que el Estado “elefantiásico” o, si acaso, tendrá que esperar. 4. Tarea para la casa: obtener solvencia fiscal antes de los comicios de 2030. 5. En la euforia de su (pre)campaña, el candidato interruptus aseguró que, en la primera hora de mandato, ejecutará todas las órdenes de aprehensión en el país. Por ahora solo ha logrado remover pliegos de cargo. 6. ¿Llegará el candidato-discurso ultraliberal con/sin foto a la papeleta de votación? 7. El Estado máximo puede reposar tranquilo. La insolvente libertad carajo, esa moneda que (no) cotiza en bolsa, depende de una certificación alteña. Nosotros vendimiamos.
*Es politólogo.





















































































