La rutina de Evo Morales, 14 años en poder y envalentonado luego de la vuelta de su asilo en México y Argentina, es salir de su vivienda, hacer ejercicios físicos, asistir a reuniones políticas, ir los domingos a la radio Kawsachun Coca, recibir a sus militantes y postear profusamente lo que se le ocurra en las redes sociales, normalmente a la defensiva y al ataque contra el gobierno del presidente Luis Arce, que él mismo impulsó.
No hay día en que esté quieto, salvo alguna salida licenciosa con sus compañeros.
Últimamente es anfitrión de visitas de comunidades y organizaciones sociales en la sede de la Coordinadora de las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba, en Lauca Ñ. A menudo se lo ve comiendo platos típicos, disfrutando de frutas de temporada y bailando los ritmos de cuanta comunidad se acuerda de él; los regalos no han dejado de faltarle, como cuando fue mandatario, con los que terminó nutriendo varias salas del empolvado museo de Orinoca.
Es muy querido y respetado, y sus allegados están convencidos de que es quien podrá devolverle al país estabilidad económica, a pesar, incluso, de su complicada posibilidad de ser candidato, a juzgar por una sentencia y un auto constitucional. Confían en él, dan la vida por él y le creen todo; sus premisas, sus develaciones y hasta sus denuncias son palabra final.
Por eso, cuando Morales les pidió que renuncien al Movimiento Al Socialismo (MAS), lo hicieron en fila india, literal. Por eso, cuando Morales suscribió una fallida alianza con el Frente Para la Victoria (FPV), cambiaron sus colores y enarbolaron sus banderas con la insignia de ese partido que en 2020 prestó la sigla a Chi Hyun Chung. Por eso, cuando en el congreso refundacional del instrumento pensaron en un nombre para un nuevo partido, le aceptaron al unísono el Evo Pueblo. Por eso, cuando dice que el 16 de mayo irá en persona a inscribir su candidatura presidencial a La Paz, lo seguirán.
¿Se atreverá a hacerlo? Las dudas son razonables. Desde octubre de 2024 no ha salido de su bastión territorial, el Chapare. Organiza sus actos políticos en pueblos de la región y ahora anunció proclamaciones en otros, sin salir de ese territorio cautivo. Allí ha instalado su cuartel de operaciones, investigado en un caso de presunta trata de personas (la denuncia dice que embarazó a una adolescente mientras el presidente del país en 2016) y bajo una orden de aprehensión por haber eludido al juez.
Barricadas de militantes, armados de palos, cubren el ingreso a la comunidad donde reside. Su militancia hace turno para ese cometido, a vista y paciencia de la institucionalidad.
Con sorna, el ministro Eduardo del Castillo dijo que, así, Morales está bajo “detención domiciliaria voluntaria”. Completamente aislado.
Si físicamente está así, políticamente también. Se ha declarado de hecho en el ostracismo político, poco a poco. Se ha aislado de viejos compañeros, que, al no comulgar con su obsesión de volver al poder o no soportar sus desaires, ahora son sus enemigos o traidores. Pasó con Arce, a quien lo consideró en su momento el mejor de los ministros de Economía, y Álvaro García Linera, quien fue su vicepresidente el mismo tiempo que gobernó el país.
Otrora, pasó lo mismo con Filemón Escobar, Román Loayza, Isabel Ortega o Julia Ramos.
¡Pasa con Andrónico Rodríguez! Nadie lo pensaría, pero pasa. ¿Quién traicionó a quién? ¿Quién está en el camino equivocado? Las preguntas de su discípulo político parecen ser el jaque mate en su aislamiento. Lo vamos a ver.





















































































