Parece que el expresidente Biden no exageró cuando en su mensaje de despedida advirtió que una oligarquía estaba apoderándose del país, pues no solo se trataba del inefable Elon Musk, el hombre más rico del mundo, como cogobernante ad-hoc, sino también de esa docena de billonarios que tomaron puestos de alto mando o de simples consejeros con capacidad de decisión. El término “oligarca” adquirió aroma peyorativo en Rusia, cuando luego de la implosión de la Unión Soviética, amigos del nuevo gobierno se repartieron empresas estatales y otras fuentes de dinero fácil que los convirtió en corto tiempo en acaudalados personajes.
Quizás no sea el caso estadounidense, pero la figura aparente es la misma: gente altamente adinerada que además acumulará señorío político. Muchos de ellos incluso se mudaron a vivir en Washington, donde escogieron mansiones de gran valor como, por ejemplo, Howard Lutnik, nombrado secretario de Comercio, que, se dice, pagó 25 millones de dólares por aquella casa estilo francés. Otros no necesitarán habitar en la capital para saborear las mieles del poder, como Charles Kushner, suegro de Trump, quien será embajador en París.
Entretanto, los primeros decretos trumpistas, tanto de alcance interno como externo, tuvieron un efecto sísmico en el planeta. Al interior, medidas aparentemente cosméticas como la identidad sexual, hasta la fobia antimigratoria que se viene desatando de manera inclemente, como la reciente crisis con Colombia, en que la voluntad de la Casa Blanca se impuso por encima de los trinos soberanistas del humillado presidente Gustavo Petro.
En el plano internacional, después de sus agresivas declaraciones, invocando el Destino Manifiesto, se aguarda el seguimiento de las acciones correspondientes, entre ellas la intención de revertir el tratado Torrijos-Carter, que otorgaba a Panamá soberanía plena sobre el canal. Aparte de los precipitados deseos de comprar Groenlandia o anexar a Canadá como el 51 estado de la Unión, se percibe que Trump usará la herramienta expeditiva de la “diplomacia bulldoser” al elevar las tarifas aduaneras a los productos de importación para obtener los resultados que se propone. Ello podrá funcionar en ciertos casos, pero no en todas las situaciones, que provocarían graves medidas de retorsión tratándose, por ejemplo, de la Unión Europea o de China, muy temerosos del estilo impredecible del que se jacta Trump.
En el área geopolítica, su incursión en la negociación del alto al fuego en la Franja de Gaza, fue positiva, aunque ahora libere el envío a Israel de las poderosas bombas de 2.000 libras sin objetivo conocido. Su vaga idea de trasladar la población palestina a países árabes vecinos, es simplemente quimérica. En cuanto se refiere a su mentada tratativa para la paz en Ucrania, aún se espera que el anunciado diálogo personal con Vladimir Putin produzca benéficos resultados.
En suma, antes del fatídico término de los “cien días”, ya se puede vislumbrar el horizonte de las aspiraciones de Donald J. Trump: no solamente hacer grande América otra vez (MAGA), sino también recurrir a todos los medios para proyectar desde su republica oligárquica la imagen del emperador todo poderoso a nivel mundial.
*Es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia
















































































