La mañana del 9 de agosto de 1945 en Nagasaki, recordada como clara y soleada, se convirtió en un infierno a partir de las 11 horas con 2 minutos, por la explosión de la segunda bomba atómica que el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, había ordenado lanzar en contra de la población civil de Japón. Más poderosa que la de Hiroshima, mató instantáneamente a 30 mil personas y lenta y dolorosamente a más de 70 mil. Han pasado 80 años de aquella tragedia y su eco aún perturba a los que sobrevivieron. Es el caso de Yasuaki Yamashida, que en ese entonces tenía seis años de edad y a esa hora jugaba frente a su casa. En exclusiva para La Razón y desde la Ciudad de México, narra con sus propias palabras, cómo fue su regreso de ese abismo.
Ese día
Cuando yo nací, Japón ya estaba en la guerra, todos los días de mi infancia fueron días de guerra, pero la ciudad de Nagasaki no había sufrido tantos ataques aéreos. Ese día, hay gente que dice que la sirena se oyó 3 veces; otras dicen que dos, pero cuando sonaba todos debían ir a los refugios, no sé si sonó o no. Como no teníamos juguetes, los niños íbamos a la montaña a jugar con insectos, una libélula, hormigas; no me acuerdo por qué ese día no fui con mis amigos al monte y me quedé a jugar frente a mi casa; mi madre estaba preparando la comida en la cocina; en Japón se come a las 12 del día. Un vecino fue a decirnos que tuviéramos cuidado porque un avión misterioso estaba dando vueltas en el cielo y mi hermana oyó en la radio que decían lo mismo. Entonces, mi madre decidió que fuéramos a nuestro refugio, en ese tiempo, todas las casas tenían un refugio propio, que era un agujero en el piso, por si no les daba tiempo de ir al refugio de la comunidad que estaba en la montaña. Mi madre me tomó de la mano y en el momento que entramos a la casa, vino una luz muy, muy fuerte, como si fueran mil relámpagos al mismo tiempo; mi madre me jaló al piso y me cubrió con su cuerpo; vino la explosión, tremenda, muy fuerte, sentimos que estaban volando miles de cosas por encima de nosotros, y de repente el silencio, no se oyó ningún ruido. Nos levantamos y vimos que las puertas, las ventanas y el techo habían desaparecido. Gateando llegamos al agujero en el piso y ahí estaba mi hermana, llorando, decía que le había caído un aceite en la cabeza…
Después de un rato de estar en el agujero, mi madre decidió llevarnos al refugio de la montaña y cuando salimos a la luz, vimos que la cabeza de mi hermana estaba sangrando porque tenía incrustados muchos pedazos de vidrio. Fuimos al refugio y allá encontramos a otros vecinos, heridos, asustados, no sabíamos qué había ocurrido, decían que fue una bomba, pero no sabíamos qué tipo de bomba. Al poco rato llegaron mis amigos, con los que jugaba en la montaña, y uno de ellos tenía la espalda totalmente destrozada, había recibido la explosión directamente en la montaña; sufrió mucho porque no había médicos, enfermeras ni medicamentos. Murió, pero cuando murió su cuerpo estaba lleno de gusanos, por la falta de higiene y el calor y humedad del verano, y las moscas…
El hambre
Desde la montaña vimos cómo ardía nuestra ciudad, nadie decía nada, estábamos en shock, pero el problema no era eso: no teníamos absolutamente nada de comer, estábamos muertos de hambre, queríamos comer, algo, lo que fuera, las hierbas, las hojas de los árboles, algo. Entonces, mi madre decidió llevarnos al campo con unos familiares que eran agricultores, quizá pensando que ahí habría comida. En el camino vimos muchísimos cadáveres, todo estaba en ruinas, todo quemado, todo negro. La gente que había sobrevivido caminaba como fantasmas. Desgraciadamente esos familiares no tenían casi nada para darnos y tuvimos que regresarnos, por ese mismo camino. En ese momento supe que decir «esto es el infierno», no era suficiente; no existe una palabra que pudiera describir esa imagen grotesca, terrible. Para conseguir alimentos, teníamos que ir al campo en un tren que había sobrevivido, la gente iba colgada para conseguir algo, papas, camote. Para eso, teníamos que llevar algo valioso: oro, joyas, kimonos, porque el dinero ya no servía para eso, la gente ya no recibía dinero, arroz definitivamente no había, si uno quería comprar arroz tenía que dar algo realmente valioso a cambio, nosotros nunca pudimos…
La radiación
Yo volví a la escuela y estudié hasta la preparatoria, ya joven, y empecé a trabajar, pero al mismo tiempo empecé a enfermar, tenía problemas severos de anemia, vomitaba y evacuaba sangre, me desmayaba en donde estuviera, en el trabajo, en la calle y no sabía en qué momento me vendría ese desmayo y por eso, no podía trabajar. Los médicos me revisaron, me hicieron endoscopías y otros estudios, pero, al final, no sabían la razón. Cuando me sentí un poco mejor entré a trabajar al hospital donde atendían a los sobrevivientes de la explosión y ahí vi cómo morían casi todos de cáncer; vi a niños con microcefalia y otras deformaciones, vi casos como el mío y ahí recién supe que mi enfermedad era la de los sobrevivientes. Lo confirmé después con el caso de un joven que llegó al hospital con leucemia, estaba sufriendo mucho y necesitaba una transfusión de urgencia; un médico me pidió que le donara porque tenía mi mismo tipo de sangre y así lo hice. Pero un día, este joven amaneció con el cuerpo cubierto de manchas negras, y a los dos días, murió. Al verlo morir, supe que un día yo iba a morir de esa misma forma, quizás dentro de un mes o de un año, pero ya estaba seguro de que así sería. Eso y ver tanto sufrimiento en el hospital me dañó mucho…
Pero por si esto no fuera suficiente, los compañeros del hospital empezaron a decirme «tú como sobreviviente no puedes casarte, no puedes tener hijos porque ya sabes lo que puede pasar». Entonces, nadie quería casarse con un sobreviviente ya sea hombre o mujer; el caso de las mujeres fue más doloroso: nadie quería nada con ellas y, si ya estaban casadas, la familia del marido las obligaba a divorciarse, por eso muchas mujeres se fueron a otras tierras y otras se suicidaron. La gente creía que nuestras enfermedades eran contagiosas y empezaron a llamarnos «hibakusha», que significa sobreviviente. Nadie quería acercarse a un hibakusha. Eso realmente me afectó mucho; yo quería escapar de ahí, esconderme en algún lugar, donde nadie me conociera, no importaba el lugar, pero que fuera lejos de Japón…
El trío Los Panchos
En 1968 me vine a México ¿por qué a México? por su música. En 1964 hubo un boom de la música mexicana en Japón: Los Panchos, Los 3 Ases, Los Caballeros, venían a dar conciertos y a mí me gustaba mucho, mucho, sobre todo Los Panchos. Y empecé a interesarme, no sólo en su música, sino también en su cultura, leí libros de arqueología y le pedí a un español que me enseñara el idioma y a un jesuita le pregunté que si me podía ir a México, «sí claro, ya estás listo» me dijo. Y me vine a México, claro, cuando llegué no entendía ni una sola palabra, pero trabajé en una oficina de prensa, como traductor y en otros trabajos. Pero un día me volvieron las hemorragias, vomitaba y evacuaba sangre y me desmayaba; me hicieron análisis y todo pero aquí los médicos tampoco encontraron nada porque yo no le había dicho a nadie que era sobreviviente. Hasta que un día, no pude más, y le conté la verdad a un amigo…
El hijo de ese amigo me llamó por teléfono y me preguntó si era verdad, le dije que sí, y me pidió que fuera a su universidad a hablar sobre eso. Inmediatamente le respondí que no, insistía e insistía y yo me negaba. Pero un día acepté. Fue muy doloroso para mí. Esos recuerdos los había enterrado durante 50 años y sacarlos me provocó mucho dolor, recordar ese día, la destrucción, la muerte… pero cada vez que hablaba noté que encontraba alivio y ese dolor iba desapareciendo. Comprendí entonces que hablar de esto sería mi terapia y lo seguí haciendo, porque, además, es importante que el mundo sepa lo que ocurrió en Hiroshima y Nagasaki y que nosotros queremos que nadie, nadie, sufra lo que sufrimos. Desde esa fecha, 1995, voy a donde me llamen para hablar de mi experiencia. ¿Hasta cuándo? Hasta que mi salud me lo permita. ¿Mi salud, ahorita? Estoy bien y le voy a contar cómo me curé…
En ese tiempo, cuando tenía las hemorragias, una amiga que se interesaba mucho en medicina, me llamó un día y me dijo que estaba leyendo en una revista de ciencia que estaban tratando esa enfermedad con una vitamina que tenía origen en la soya, la lecitina de soya. Les va a parecer increíble, pero desde que la tomo, todos los días, las hemorragias se fueron espaciando. En 2019 me llamaron de la universidad de Brown, Estados Unidos, para ver el efecto de la bomba de plutonio, que es la que estalló en Nagasaki. Fui y ahí me explicaron todo: mi problema había sido que tenía accesos de leucemia, por eso los sangrados. No morí porque la radiación que había recibido, no fue directa porque mi madre me cubrió con su cuerpo, pero sí la suficiente como para dañar mi producción de glóbulos blancos. La lecitina de soya estaba compensando esa falta.
¿Un mensaje?
Mire: la vida de cada persona es muy valiosa y preciosa y no queremos que esa vida sea destruida instantáneamente por una guerra nuclear. No nos daría tiempo ni siquiera para pensar. Por eso cada persona debe estar consciente, porque quizá piensa que los actuales conflictos no la van a afectar, porque están muy lejos de donde está. Es como decir «ese incendio está muy lejos de aquí y no me va a afectar». No, ahora no es así. El mundo entero está involucrado en esta tragedia que puede volver a ocurrir. Por eso, cada persona debe hacer un esfuerzo para lograr el desarme nuclear y preservar la paz. Es como cuando una piedrita cae en el agua ¿qué pasa? Forma ondas que se propagan en círculos. Una voz débil de una persona puede tener ese mismo efecto, de expandir, y cuando se junta con otra voz débil, se hará más fuerte, y en algún momento, todas esas voces se unirán en todo el mundo para pedir que queremos vivir en paz.
Yasuaki Yamashida es integrante de una organización de sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki llamada Nihon Hidankyo, que en 2024 recibió el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos para lograr un mundo libre de armas nucleares. Se dispersaron por varias partes del mundo para llevar sus mensajes de paz. En ese afán, se les unió mucha gente, hasta Clifton Truman ¿quién es? el nieto de ese asesino llamado Harry S. Truman.




















































































