Hay números que se quedan dando vueltas. Bolivia aparece en el puesto 16 de 19 del Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial 2024, con 26 puntos sobre 100, en la categoría de los “exploradores”: detrás de los pioneros —Chile, Brasil y Uruguay— y también detrás de Cuba. No lo escribo para alarmar a nadie, sino porque es la clase de dato que ya no podemos seguir mirando de reojo.
Y pesa un poco más cuando uno levanta la vista. Mientras nosotros exploramos, la inteligencia artificial se convirtió en la prioridad número uno de inversión tecnológica de las empresas en el mundo: tres de cada cuatro ejecutivos la ponen entre sus tres apuestas estratégicas. La pregunta ya no es si vale la pena adoptarla. Es para qué, y qué tan rápido.
Conviene mirar el rezago sin maquillarlo, pero también sin dramatizarlo. Lo que nos separa de quienes van adelante no es, en el fondo, la tecnología: son las decisiones y las capacidades. Hay un dato regional que lo dice todo: casi todas las empresas ya usan alguna herramienta de IA, pero muy pocas logran convertirla en valor real. Comprar software no cambia nada por sí solo. Lo que cambia las cosas son la estrategia, los datos en orden, la gente preparada y la voluntad de animarse a trabajar distinto.
Y esa es, de verdad, la buena noticia. Cerrar la brecha no pide fortunas ni milagros: pide empezar bien. ¿Por dónde? No por la herramienta de moda, sino por un problema real y medible: un trámite que tarda demasiado, un costo que se repite mes a mes, un cliente que espera más de la cuenta. Sobre ese problema concreto, tres cosas marcan la diferencia entre un experimento bonito y un resultado de verdad. Primero, datos confiables: la IA solo es tan buena como la información que le damos.
Segundo, personas capacitadas para usarla con cabeza, no para ser reemplazadas por ella. Y tercero, reglas claras desde el primer día: privacidad, transparencia y una persona siempre supervisando. Empezar pequeño, medir y escalar lo que funciona. Así, sin grandes anuncios, una agroindustria ordena su logística o una pyme su administración, y el país empieza a moverse.
Hay también algo que va más allá de la eficiencia. En su reciente encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV dejó una idea que el mundo de los negocios haría bien en escuchar: la tecnología no es neutral. Refleja las decisiones de quienes la crean y la usan, y por eso su impacto termina siendo responsabilidad nuestra.
De ahí que avanzar con la IA no sea solo una cuestión técnica: si vamos a hacerlo, hagámoslo bien, con buenas prácticas y la persona en el centro, usándola para hacer florecer el talento de la gente y abrir oportunidades que antes no existían. Eso es, al final, actuar con ética: no un freno al progreso, sino la garantía de que cada avance se traduzca en una vida mejor para más gente. Así, como dijo el Papa, la IA llega a ser de verdad “un talento entregado a la humanidad para hacerlo fructificar”.
Hacerlo realidad pide decisiones concretas. El camino está claro: formar talento, acompañar a las empresas, sobre todo a las mipymes, y tejer puentes entre quienes hacen empresa, quienes generan conocimiento y quienes desarrollan tecnología. Pero lo esencial no está en la tecnología, sino en lo que hace posible en las personas: equipos que descubren mejores formas de trabajar, pymes que innovan, crecen y llegan más lejos, un país que decide avanzar. La inteligencia artificial transformará nuestra economía con nosotros o sin nosotros; que lo haga con nosotros, y para todos, depende de que demos el primer paso.














































































