El cierre del estrecho de Ormuz provocó lo que el Fondo Monetario Internacional denomina una ruptura «global, pero asimétrica», que interrumpió el flujo de más o menos una cuarta parte del petróleo, una quinta parte del gas natural licuado y un tercio de los suministros de fertilizantes. La energía y los fertilizantes se encarecieron, se remodelaron las cadenas de suministro y las condiciones financieras se endurecieron en mayor o menor medida en todo el mundo.
Las economías dependientes de las importaciones en Asia, África y algunas partes de Europa fueron las más afectadas, y muchas enfrentan un aumento de diferenciales de rendimiento de los bonos y rebajas de calificaciones crediticias. Mientras los bancos centrales analizan cómo responder al encarecimiento de combustibles y alimentos, la subida de los tipos de interés en todo el mundo está reduciendo el escaso margen fiscal y de formulación de políticas que les quedaba a los países en desarrollo.
Pero si el «shock de Ormuz» reveló las vulnerabilidades económicas, también puso de manifiesto algo más: las marcadas diferencias en la capacidad de los países para absorber las turbulencias. Una de las líneas divisorias más visibles del mundo actual no es entre países exportadores e importadores de petróleo, sino entre países con sistemas energéticos que los dejan expuestos y otros que comenzaron a construir resiliencia energética mucho antes de que llegara la crisis.
Energías
La revolución de las energías renovables en España es el ejemplo más claro de las posibilidades. El veloz crecimiento de la energía eólica y solar en el país redujo la proporción de horas en las que el gas determina el precio local de la electricidad, del 75% en 2019 a solo el 19% en 2025 (es la reducción más pronunciada entre los principales mercados europeos de electricidad que dependen del gas). Mientras que en Alemania e Italia los precios mayoristas de la electricidad se situaron muy por encima de los 150 euros (177 dólares) por megavatio-hora durante el shock de Ormuz, se prevé que el precio mayorista en España durante 2026 registre un promedio de entre 60 y 70 euros por MWh.
En Brasil, la extensa infraestructura de biocombustibles también sirvió de protección, aunque por otra vía. Decenas de millones de conductores brasileños pueden elegir entre etanol de caña de azúcar al 100% o gasolina mezclada con 30% de biocombustible, gracias a la existencia de una de las flotas de vehículos «flex» más grandes del mundo. Como la gasolina local incluye una proporción sustancial de biocombustible, el combustible refinado por la megaempresa estatal de energía Petrobras se mantuvo mucho más barato que los equivalentes basados en gasolina importada; eso protegió a los consumidores contra la volatilidad mundial del petróleo. Los precios de la gasolina en Brasil solo subieron un 5% en marzo (contra alrededor del 30% en Estados Unidos), y la presidenta de México expresó públicamente interés en las tecnologías de etanol brasileñas, con la posibilidad de producir combustible a partir de agave.
Asia
China también mostró más resiliencia de la que muchos esperaban. Tras un decenio de inversiones, las energías renovables representan casi el 40% de la generación china de electricidad (un decenio atrás era el 26%); y el país acumuló más de 1.200 millones de barriles de reservas estratégicas de petróleo. Eso llevó a Goldman Sachs a aplicar a China solo la mitad de la revisión a la baja del pronóstico de crecimiento del PIB que aplicó a Estados Unidos, señalando el predominio de las energías renovables como una de las protecciones de la economía china.
No es de extrañar que los analistas energéticos describan la guerra en Irán como «el momento Ucrania de Asia». Así como la invasión rusa de Ucrania en 2022 obligó a Europa a reducir su dependencia del gas natural, el shock de Ormuz está obligando a los países asiáticos a reducir su dependencia del petróleo. Además, las alternativas limpias ahora son mucho más baratas y accesibles que en 2022.
La enseñanza es clara: la vulnerabilidad depende de decisiones estructurales y políticas, no solo de las balanzas comerciales. Cada país debe preguntarse qué parte de su sistema energético controla, cuán diversificados están sus suministros y si ha creado un aislamiento suficiente entre los mercados mundiales de commodities y la población. Para las economías dependientes de los combustibles fósiles que descuidaron la transición energética, hay una advertencia adicional: si esta crisis acelera la transición de otros países a las energías renovables, puede ocurrir que la inmovilización de activos y la contracción de los mercados de exportación agraven el impacto de perturbaciones futuras.
Mundo en crisis
Mientras muchos gobiernos esperan una respuesta de las instituciones multilaterales, las realidades prácticas cambian de un día al otro. En tanto, los productores de gas y petróleo tienen ante sí una oportunidad única. Como sostienen los economistas de la Universidad de Massachusetts Amherst Isabella M. Weber y Gregor Semieniuk, los shocks de precios de los combustibles fósiles son episodios de redistribución: los costos los paga toda la población, mientras que los beneficios son solo para los accionistas. Por eso es tan urgente aplicar impuestos a los beneficios extraordinarios, como el defendido hace poco por cinco ministros de finanzas de la Unión Europea.
La recaudación adicional se podría destinar a dos prioridades urgentes. La primera es la protección de los consumidores. El encarecimiento de la energía equivale a un impuesto regresivo para los pobres. Sin una intervención activa, esta crisis agravará la desigualdad en los países exportadores de petróleo, lo mismo que en otros lugares. Usar los ingresos extraordinarios para ofrecer subsidios temporales, vales para energía selectivos y mecanismos de estabilización de precios es legítimo, precisamente porque la perturbación es temporal y esos ingresos no durarán.
La segunda prioridad es la inversión estructural. Empresas estatales como Petrobras ya empezaron a invertir en biocombustibles y tecnologías descarbonizadas, y la crisis de Ormuz puede darles recursos adicionales para ese objetivo.
Recursos y vulnerabilidad
Asimismo, los fondos soberanos son un mecanismo probado para institucionalizar el vínculo entre los ingresos extraordinarios y los objetivos de transición energética a largo plazo. El fondo soberano de Malasia, por ejemplo, comprometió 1500 millones de ringits (378 millones de dólares) para descarbonizar parques industriales, y está creando plataformas de inversión verde centradas en las energías renovables, el almacenamiento de energía y la movilidad eléctrica. El nuevo fondo soberano indonesio Danantara firmó acuerdos para el desarrollo de instalaciones de energía renovable e hidrógeno verde, que establecen un vínculo directo entre la riqueza de recursos y las cadenas de valor de las tecnologías limpias.
Incluso un productor relativamente pequeño como Senegal usó su vehículo soberano FONSIS para crear un «fondo de energías renovables y eficiencia energética». El país está movilizando inversiones en energías renovables en toda la Unión Económica y Monetaria de África Occidental, además de posicionarse para canalizar los ingresos futuros del gas hacia la industrialización verde.
Es así como los países pasan de la vulnerabilidad a la autonomía: transformando las rentas de ayer en la base de capital de mañana. Aprovechar este momento implica convertir las ganancias extraordinarias temporales en activos duraderos y considerar la estrategia industrial verde como un componente necesario de la resiliencia nacional. Los países que actúen ahora se felicitarán cuando llegue la próxima crisis.






















































































