En el medio de una hacienda está todavía el árbol en el que alguna vez el libertador apoyó su hombro derecho y le cayó una manzana verde. No le dio mayor importancia porque andaba pensando en cómo hacer bien su trabajo y dejar con cierta satisfacción a los ingleses, que querían en verdad librarse de los españoles en las tierras del nuevo mundo y echar mano a sus beneficiosas riquezas.
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Dejó la manzana tendida sobre la hierba y se fue a disfrutar de un té a eso de las 17:00, acompañado de la caperucita roja. Ella había ido a parar a esa hacienda huyendo del lobo, que ya se había devorado a la abuela y al leñador y en honor a la verdad no era un lobo. Era un viejo lobo de mar disfrazado de lobo para no ser descubierto por las autoridades de su país de origen, Rumania, en el que mató a cientos de personas en una masacre encubierta por el honor a la patria y otras consignas que se usan cuando el objetivo principal es el de enmudecer, empobrecer, enloquecer, enflaquecer, entristecer, encerrar, entumecer y finalmente, enterrar, a sus ciudadanos por el bien de los propios ciudadanos. Antes de huir, lo mataron. Al hombre disfrazado de lobo y luego de abuela y más tarde, de fantasma de Ceauscescu en los siglos pasados y venideros. Es que, al dejar este plano vital, la energía del déspota, las energías del déspota, decidieron rebelarse y convertirse a un lado menos malo, que no bueno y viajar recordando a las personas las cosas que hizo para lograr un impecable culto a la personalidad, las medidas que tomó para ponerle un rosón al sometimiento de toda una nación. Para que nadie olvide, que el Estado comiéndose a la gente, a sus cerebros, a sus negocios, a sus bendiciones, a sus mascotas, a sus sueños, a sus indumentarias, a sus disidencias, es, por decirlo de manera amable, un monstruo magnificado al servicio del tirano y un grupo de privilegiados sin mayor oficio que el de sobarle el lomo, sacar brillo a sus botas, abotonarle la camisa, cantarle el cumpleaños feliz con la teatralidad de Marilyn Monroe y en casos extremos, dormir al pie de su cama y ladrar ante cualquier sonido amenazante. Para que nadie olvide que todo el pueblo es el motivo de sus esfuerzos para mantenerlo en un estado de terror, que todo el pueblo es sospechoso y que a sola denuncia, hay un paredón esperando, en el que se ha pintado un colorido mural de los ideales de una sociedad igualitaria y próspera, con el fondo de una ciudad gris con enormes edificios habitacionales albergando departamentos de casi 38 metros cuadrados, un cuarto para dormir, otro para cocinar y un baño con la ducha que está exactamente encima del inodoro. Para que nadie más olvide, en lo posible, todas las historias inventadas para encubrir otras historias verdaderas pero incómodas o molestas, o denunciantes, o que podrían despertar en la población sumisa un despertar súbito como cuando un niño abre el regalo de la navidad y se encuentra con el trencito que, aunque no funcione porque no alcanzó para las pilas, se asombra, se altera, descubre, se da cuenta, agradece, se alegra, da saltitos. Es el momento de un despertar. Se puede dar a través de una verdad histórica. Puede ser.
Para que nadie venga con sus antojos —porque los hay, y salen de sus pieles con frases que cargan una suerte de moral superior y verdades fanáticas— de otra vez ese Estado de las cosas, de las naciones, del humor, del amor despojado de las personas.
(*) Óscar García es compositor y escritor














































































