El racismo en Bolivia no es un fenómeno reciente ni superficial. Se trata de una estructura profunda que atraviesa todas las esferas de la vida social, desde las relaciones cotidianas hasta la configuración del poder político. Lejos de ser una reliquia del pasado, el racismo opera como un principio organizador de la sociedad boliviana, moldeando jerarquías, definiendo identidades políticas y condicionando las posibilidades de transformación democrática. La reciente coyuntura electoral ha vuelto a exponer esta herida abierta, evidenciando que ni el largo ciclo del Movimiento Al Socialismo (MAS) en el gobierno ni la oposición han logrado —o quizás siquiera intentado con suficiente seriedad— desmantelar los mecanismos que perpetúan la discriminación racial en el país.
Para profundizar en estas problemáticas, Animal Político, de La Razón, conversó con Hernán Cabrera, periodista, filósofo y exrepresentante del Defensor del Pueblo en Santa Cruz; y Susana Bejarano, politóloga y excandidata al Senado por Alianza Popular. Ambos entrevistados coinciden en que el racismo no es patrimonio exclusivo de ningún sector político o región, sino una tara social compartida que requiere ser enfrentada con valentía.
Racismo y modernidad
«El racismo es uno de los grandes temas históricos que nuestro país arrastra, y que se ha incrustado socialmente, que arrastramos desde la colonia», señala Hernán Cabrera. Esta observación sitúa al racismo boliviano no como un accidente histórico sino como una característica estructural de la modernidad del país. En su criterio, «no se puede decir que el racista es únicamente aquel que odia o que discrimina al indio. El racismo, creo, somos en conjunto los bolivianos que no hemos podido superar esto».
Esta mirada coincide con la perspectiva de Susana Bejarano, quien define el racismo de manera universal: «es el acto que tiene la intención de disminuir, de inferiorizar al otro. Eso se puede expresar en distintos tipos de superioridades y ciertas prácticas». Precisa que «la universalización de lo que significa racismo es precisamente el tema de utilizar ciertos elementos físicos, sociales, características particulares de ciertas regiones para inferiorizar al otro. Ese fenómeno puede darse en distintos lugares y de distintas maneras».
El racismo en la modernidad boliviana no se limita a actitudes individuales de prejuicio, sino que se manifiesta como un sistema de clasificación social que ordena el acceso a recursos, poder y reconocimiento. Cabrera enfatiza que este «racismo ha sido parte de una estructura social, histórica, cultural, muy arraigada en el boliviano», lo que explica su persistencia a pesar de los cambios políticos y las transformaciones económicas de las últimas décadas.
La herida colonial en Bolivia
La colonia no aparece como un periodo histórico cerrado sino una matriz activa que continúa produciendo efectos en el presente. «Evidentemente, todas las sociedades que tienen un pasado colonial han funcionado así, y esto tenía que ver precisamente por cómo nos veían. Es decir, cómo nos han visto y cómo nos teníamos que ver, qué era lo que significaba educarnos», asevera Bejarano.
Esta herida colonial se expresa en la naturalización de jerarquías que ubican a lo europeo, lo blanco, lo urbano como superiores frente a lo indígena, lo cholo, lo rural. «Los (europeos) que llegaron vieron estéticamente una cuestión distinta, pero consideraron que los superiores eran ellos. Entonces ahí hay cierto tipo de cuestiones estéticas que se imponen», explica Bejarano. La colonialidad no fue solo una dominación política y económica, sino también —y quizás fundamentalmente— una imposición de códigos estéticos, culturales y epistémicos.
El proyecto republicano boliviano no rompió con esta lógica. Por el contrario, la profundizó mediante lo que Bejarano denomina el racismo de Estado. «Siempre ha habido un predominio de esta élite criolla que de alguna manera hereda el derecho de explotación que había sobre los pueblos indígenas. Esta élite criolla es la heredera de la colonia, los mandados a gobernar, y organiza desde ese lugar todos los tipos de relaciones humanas, económicas y sociales».
Persistencia histórica del racismo en Bolivia
La historia de Bolivia puede leerse como una sucesión de intentos fallidos por resolver la cuestión racial. La Revolución Nacional de 1952, por ejemplo, promovió el mestizaje como ideología integradora, pero Bejarano identifica en esta propuesta «un racismo implícito que se propone blanquear a los indígenas, para que los indígenas dejen de ser indígenas, porque eran entendidos como bárbaros, atrasados, como esa servidumbre rural».
Este proyecto asimilacionista no eliminó el racismo, sino que lo reconfiguró, ocultándolo bajo el discurso de la integración nacional. «Eso se internaliza en toda la sociedad, pero también en el Estado», advierte Bejarano. El resultado fue una modernización que mantuvo intactas las estructuras de discriminación, apenas modificando su lenguaje y sus formas de legitimación.
Cabrera subraya que esta persistencia histórica no es casual. «El racismo ha sido usado como arma política ideológica», afirma. La discriminación racial no es simplemente un residuo del pasado que se disipa con el tiempo, sino una herramienta que diversos actores políticos han empleado para construir identidades, movilizar sectores sociales y legitimar su acceso al poder. Esta instrumentalización política del racismo explica su notable capacidad de adaptación a distintos contextos históricos.
Jerarquías sociales
El racismo boliviano opera en múltiples dimensiones, configurando un complejo sistema de jerarquías sociales. «Opera en Bolivia basado en las diferencias étnicas, en el origen cultural, en la cuestión estética, en el apellido, etcétera», dice nuestra invitada. No se trata solo del color de la piel, sino de un conjunto articulado de marcadores que incluyen el lugar de procedencia, el nivel educativo, la vestimenta, el acento y hasta la profesión.
Esta multidimensionalidad del racismo lo hace particularmente difícil de combatir, porque no basta con cambiar una sola variable para escapar de la discriminación. Las críticas contra el actual presidente, Luis Arce, dentro del MAS, en buena medida eran también porque no era un indio. Eso pasó también con Eduardo del Castillo e incluso Susana Bejarano. Así, al interior de un movimiento que se reivindicaba como indígena, la pertenencia étnica se convirtió en un criterio de legitimidad política que acabó definiendo exclusiones.
El racismo también se manifiesta en los espacios más cotidianos. El carnaval cruceño, por ejemplo, terminó parcelándose. En el corso del Cambódromo quedó la expresión de las familias tradicionales; en los carnavales de las ciudadelas acabaron los considerados distintos. Esta segregación espacial y simbólica en las festividades populares demuestra que el racismo permea hasta las expresiones culturales que supuestamente celebran la diversidad.
Cada día cada persona atraviesa una serie de espacios de discriminación y racismo, situándose de distinta manera en cada escenario. Una persona que, en el mercado, se considera superior a la casera, va luego a otro espacio donde puede ser vista como inferior. Pasa lo mismo con la casera.
Todas estas diferencias por las que muchos buscan sacarse los ojos en Bolivia acaban ni bien se cruz alguna frontera. En Argentina, por ejemplo, el epíteto de “bolita” no distingue entre cambas, collas o chapacos; indios o q’aras. Cruzando el océano, todos los latinos son “sudacas”. Seguramente muchos en España intentarán hispanizarse, sólo para ser tratados igualitariamente como “dagos” en el mundo anglosajón. Es una historia de nunca acabar.
Política de las identidades
El ciclo rebelde de principios del siglo XXI marcó un punto de inflexión en la forma de hacer política en Bolivia. Bejarano sitúa este cambio. «Cuando Felipe Quispe pone sobre la mesa el tema de la herida histórica, que es el racismo, como esto de ‘dialoguemos de presidente a presidente’, ‘aquí nos gobernamos nosotros’, o ‘no quiero que mi hija sea tu empleada’ y todas esas frases históricas que están en nuestra cabeza, a mí me parece que ahí lo que hace Felipe Quispe es un inicio de una activación de elementos de reafirmaciones identitarias».
Esta irrupción de lo indígena como sujeto político autónomo representó una ruptura. La politóloga enfatiza la importancia del gobierno de Evo Morales. «Es la primera vez que existe un corte y que el indio se gobierna, se autogobierna y gobierna el país, y gobierna un país donde mucha gente en ese momento, la mayoría, es identificada como indígena. Entonces me parece que es la primera vez que se rompe de alguna forma ese racismo de Estado», sostiene.
Sin embargo, esta política de las identidades generó también nuevas formas de exclusión. La oposición al MAS se construyó precisamente como una negación de la otredad. “El otro extremo usa, obviamente, el racismo como política, como instrumento de negar al otro. ¿Quién es el otro? Los otros son los no cruceños, son los collas, son los indígenas, son aquellos que no son blancos, son aquellos que no comparten política e ideológicamente esa afiliación”.
Bejarano aborda el debate sobre el «racismo inverso». Plantea que es necesario “hacer una diferenciación entre lo que es racismo y lo que puede ser una reafirmación cultural. Si se tiene un grupo humano que sistemáticamente está siendo calificado como lo peor que existe, como el que no sabe, que está puesto en figuras de desprecio, entonces esos grupos humanos edifican ciertos mecanismos de defensa ante eso».
Aunque la politóloga rechaza la noción de «racismo inverso», reconoce que la reafirmación identitaria puede derivar en prácticas discriminatorias. «Pienso que el racismo a la inversa no existe, sino que se trata de una reafirmación cultural que en algunos casos puede y devino en situaciones racistas». Como ejemplo cita declaraciones del actual vicepresidente. «Hay incluso algunas menciones en las que incurre David Choquehuanca en el sentido de decir que ‘los q’aras son ladrones y nosotros no’. Ahí veo que existe un juego racista», indica.
Múltiples espacios
El racismo boliviano no conoce fronteras geográficas ni ideológicas. Cabrera identifica su presencia en el regionalismo cruceño. «En el Comité Cívico también hay este síntoma del racismo como presencia y como mecanismo de acción. ¿Dónde se expresa esto? Se expresa en aquello que ellos dicen: los que no están con el Comité Cívico están contra Santa Cruz. Los que no están con el Comité Cívico son traidores».
Esta lógica binaria —con nosotros o contra nosotros— es característica del pensamiento racializado que divide la sociedad en campos irreconciliables. «Ya el otro es el enemigo, el otro es el diferente, el otro es el traidor», continúa Cabrera, describiendo cómo se construye la alteridad radical que justifica la exclusión y eventualmente la violencia.
Más aun, «las redes sociales lo han magnificado, lo han hecho tan presente en nuestra cotidianidad. Y hoy en día no hay reuniones donde no se hable de esto, del colla como el enemigo, o del camba como el otro enemigo». La tecnología digital no ha conciliado el fondo del debate, sino que ha amplificado los peores instintos de división social.
El filósofo también señala la responsabilidad de los medios de comunicación. «El periodismo tiene un rol importante que cumplir, pero lamentablemente también está metido en el baile. Estamos viendo medios de comunicación que están con uno o con el otro. Entonces el periodismo no está haciendo un trabajo ético e imparcial».
Coyuntura electoral y política
La campaña electoral actual ha evidenciado con crudeza la persistencia del racismo en la política boliviana. Cabrera reflexiona y advierte que “estas acciones a partir de los candidatos vicepresidenciales van a ser difíciles de superar. Y no solamente se trata de ponerse un poncho y sacarse fotos, que eso también es algo muy poquito. No es solamente ir a La Paz o al Chapare, ponerse un poncho y empezar a bailar».
Cabrera cuestiona el uso instrumental del racismo en que incurrió el MAS. «Quien lo usó con más precisión, más abiertamente, fue el MAS a partir de su asociación al poder”. En su criterio, su empoderamiento se dio “a partir del discurso de la discriminación, de los marginados, de los explotados, de aquellos que estamos fuera del círculo de crecimiento».
En su análisis, “el MAS tuvo logros importantes históricos, no podemos negarlo. Pero a partir de un hecho concreto como es el visibilizar y empoderar a amplios sectores mayoritarios; lo hizo. Pero luego todo aquello pasó a un segundo plano, que fue el de utilizar a esos sectores. Y luego a un tercer plano que fue la victimización para seguir en el poder».
En la vereda de enfrente tampoco hubo un proceso de asimilación de las transformaciones sociales. Cabrera es enfático al señalar que «las fuerzas de derecha no han sabido leer lo que ha pasado en los últimos años en el país. Las fuerzas de derecha, llámese cualquier personaje que esté, han tenido prácticamente tantos años para ir reagrupándose, para leer mejor lo ocurrido y para hacer una mejor oposición, pero no pasó eso».
¿Es posible una salida?
Ante este panorama sombrío, cabe preguntarse si existe alguna posibilidad de superar el racismo estructural boliviano. Cabrera reconoce el valor de instrumentos legales como la Ley 045, Contra el Racismo y Toda Forma de Discriminación, aprobada en 2010, pero cuestiona su efectividad. «Esta ley fue resistida por amplios sectores, incluso por la prensa, que decía que no iba a ser tan productiva. Habría que analizar hasta qué punto ha tenido resultados en función de este combate contra el racismo y contra la discriminación».
Más allá de las leyes, ambos entrevistados coinciden en que se requiere un cambio cultural mucho más profundo. Cabrera cita a Fausto Reinaga indicando que “el racismo no es el odio al blanco, el racismo no es el odio al indio, el racismo es la situación de pobreza, la situación de abandono, la situación de exclusión que hay en Bolivia». Esta perspectiva sugiere que combatir el racismo implica transformar las condiciones materiales que lo sustentan, no solo cambiar actitudes individuales.
Sin embargo, la polarización actual complica cualquier proyecto de superación del racismo. Cabrera lo expresa con preocupación que “hoy en día estamos más polarizados, más enfrentados, más divididos: entre collas versus cambas, entre indígenas versus q’aras, entre campesinos versus citadinos. Ese es el otro elemento que generalizadamente expone el racismo».
Bejarano, por su parte, mantiene cierta esperanza en las capacidades transformadoras de los movimientos de reafirmación identitaria, siempre que no deriven en nuevas formas de discriminación. Su análisis sugiere que el reconocimiento de la diferencia no tiene por qué implicar la inferiorización del otro, y que es posible construir una política democrática sobre el respeto a la diversidad.
El racismo no se resolverá con leyes dormidas ni con gestos simbólicos propios de campaña electoral. Mientras no exista un reconocimiento honesto de que la discriminación sostiene el poder político y organiza las relaciones sociales, Bolivia seguirá atrapada en un círculo vicioso. La pregunta ya no es si el racismo existe —porque atraviesa cada rincón del país—, sino si estamos dispuestos a desmontarlo, aunque ello implique renunciar a privilegios, a la facilidad de apelar a tambores tribales y asumir costos políticos reales.






















































































