La pasada semana, el expresidente de Bolivia Evo Morales utilizó uno de sus dispositivos mediáticos, su cuenta X (ex Twitter), para identificar a los intelectuales: su exvicepresidente Álvaro García Linera y Fernando Mayorga como los responsables “por haber usado a Andrónico Rodríguez para intentar dividir al Trópico de Cochabamba, la región más unida, más ideologizada, más luchadora y más defensora de la patria”, y sentenció que la “historia y el pueblo juzgarán” a estos intelectuales.
Más allá de estas palabras que responden a una lógica de no mea culpa asumida por Morales por la debacle del Movimiento Al Socialismo (MAS), porque nunca se hizo cargo de sus yerros políticos, y la culpa, por supuesto, siempre fue de los otros, en este caso específico de García Linera y Mayorga. Entonces, se debe examinar en un horizonte analítico más amplio. Para esta reflexión, Antonio Gramsci es fundamental porque asoció el concepto de lo “nacional-popular” con el accionar (o el aporte) de los intelectuales o, dicho de otro modo, entre la articulación de intelectuales y pueblo-nación.
Como es archisabido, García Linera fue un intelectual orgánico del denominado “proceso de cambio”, que delineó los elementos reflexivos para la cohesión de un “espíritu de escisión” frente al poder (dixit Gramsci). O sea: a esa movilización social le proporcionó teóricamente un sentido estratégico para llevar a cabo un proceso de transformación social.
El debate sobre el surgimiento del MAS en el espectro político estuvo enfocado en distinguirlo en movimiento político y no así en partido político convencional. Esta cuestión adquirió una relevancia analítica ya que está vinculada a la acción de los movimientos sociales como un actor estratégico para la construcción del proyecto emancipador.
En todo caso, esta situación no resta el aporte de varios intelectuales que se sumaron a este proyecto político. García Linera fue el ícono más representativo del acompañamiento intelectual al proceso de cambio. Entonces, esa alusión de Morales responsabilizando a los intelectuales aludidos expresa algunas aristas. El desmarque entre los intelectuales y Morales —y su entorno— supone una fractura con implicaciones —como diría Emilio de Ipola— con aquella contradicción que se produce al interior del bloque nacional-popular hasta el límite de su ruptura y, en tal sentido, se debe actuar sobre ellos no solamente con “una reforma intelectual”, sino, sobre todo, con una “reforma moral” necesaria.
Después de las elecciones de agosto, en las cuales el candidato presidencial Andrónico Rodríguez, según Morales, fue patrocinado por García Linera y Mayorga, logró una baja votación, y por el voto nulo impulsado por los evistas que obtuvo guarismos considerables obligó a García Linera a reconocer que “la izquierda no puede ganar sin el apoyo de Evo Morales”.
Quizás, los intelectuales aludidos por el expresidente no calibraron el control vertical que todavía ejerce el exmandatario territorialmente en los sindicatos campesinos que formó parte del voto duro del MAS. O sea: esa irrigación del liderazgo de Morales excede ampliamente, particularmente en sus zonas de incidencia, a cualquier consideración moralista e inclusive “doctrinaria o concepción ideológica preestablecidas” (dixit De Ipola). O sea, es un liderazgo fetichizado. Finalmente, esta cuestión revela una ruptura entre intelectuales y bases evistas, habla de una alteridad desvanecida que abdica –como dice De Ipola— el derecho de los intelectuales a interpelar los yerros del líder porque él se cree en el depositario absoluto de la verdad.
*Es sociólogo





















































































