Fue notorio, inocultable, las caras largas del domingo en la noche, viendo los resultados electorales preliminares del SIREPRE. A pesar de la contundencia de los números y la sensación de alivio en los recintos electorales capitalinos por la pérdida global del MAS, surgió una sombra de preocupación porque algo raro había en la sorpresa: un imprevisto, el PDC.
En medio de nuestra cultura colonial/mestiza de la desconfianza entre nuestros universos urbano-capitalino y rural-campesino, lo que inicialmente tranquilizaba y hablaba bien de la democracia de repente se transformaba en un sentimiento de sospecha. El cálculo de los tradicionales sectores acomodados, los poderes económicos y los mass media era que sus candidatos de Libre y Unidad ganaban, como las benditas encuestas vendían, y que la previsible segunda vuelta sería entre los dos. Falló.
Sorpresa electoral
Encima, como si fuera poco que las previsiones fallaran (esta vez con 24 puntos, aunque en 2020 fue con 23), lo peor fue que ganara un candidato al que ningunearon —ni hablar del expolicía, que como candidato a vice apenas tenía nombre—. No lo invitaban ni a sus foros y, en el último foro, que era oficial, compartió humildemente con otros dos marginados. La extrañeza tornó en preocupación y recelo cuando los principales electorados de oposición se iban enterando de que la sorprendente votación del PDC coincidía, social y geográficamente, con la tradicional del extinto MAS —sobre todo en El Alto, occidente y valles—, terminando de desatar suspicacias y rumores.
Estos resultados raros fueron la primera parte de la resaca. Sin embargo, la otra parte, más fuerte y extendida, la produjo la larga etapa preelectoral —algunas candidaturas empezaron campaña el año pasado—, especialmente enredada y viscosa. El centro del agotamiento ciudadano fue el festín de los medios de comunicación en torno a las famosas encuestas, con sus resultados ofrecidos como estrenos de domingo y unos panelistas tipo barra brava, que antes de explicar exponían los intereses que los llevaban. En paralelo, si quedaba margen para un poco más de paciencia, se alternaba con indigestas entrevistas contratadas, y si había que cruzar el océano para entrevistar al mecenas agringado, allá vamos.
Crisis y desafíos
El próximo régimen electoral tiene que asumir una legislación y reglamentación más estricta, empezando por la regulación de las organizaciones políticas que, sin excepción, han resultado ser una gran decepción. Las organizaciones políticas, ni hablar de las agrupaciones ciudadanas (que las veremos en las próximas elecciones subnacionales), de instituciones no tienen nada: estatutos, normas, funcionamiento, balances, etc. Las pocas organizaciones políticas que quedan —saldos residuales del quebrado sistema político de 2005— son grupos de interés que reviven cada cinco años. Unos en modo empresa privada, grupo familiar; algunos solo para alquilar la sigla y acomodar, en «franja de seguridad», a un par de vivos, etc. En fin, mostradas semejantes debilidades e inconsistencias, no era difícil agotar y hastiar. Si la democracia es lo que acabamos de espectar, quizá hay que pensar en cambiar de canal.
Hoy, de cara a la inédita segunda vuelta electoral, sin mucho ánimo, entre agotamiento, preocupación y sospechas, hay que estar conscientes de que recién enfilamos para enfrentar la crisis. Estamos viviendo un veranillo con la disminución de las colas en los surtidores, la baja del dólar paralelo; hemos pagado la mitad semestral de la deuda externa, los insultos políticos casi han desaparecido y hasta el riesgo país ha bajado. Pero cuidado, bien puede ser la calma que precede a la tormenta. Por ello es imprescindible un esfuerzo de análisis y reflexión. La crisis material que nos tiene atrapados, además de dólares y combustible, tiene una dimensión subjetiva —quizá más profunda y difícil que la crisis económica— que es de dónde salen las ideas, los consensos, las adhesiones, los discursos políticos que representan o no y, finalmente, la idea de lo democrático como mecanismo esencial para resolver las diferencias.
Disputa electoral
Lamentablemente, en nuestra desbocada crisis de los últimos 20 años de resistencia al proceso de cambio —con el cenit del desgraciado 2019, independiente del lado en que se hubiera estado— se ha instalado el fácil recurso de insinuar fraude cuando algo no encaja en las previsiones o deseos, y solo hay este recurso retórico para explicar la desazón. Tampoco se deja de acudir a la guerra sucia cuando, por el contrario, desde 2002 sabemos que es contraproducente o que, cuando menos, nadie controla el destino de los votos que se quieren recoger o espantar.
Sigue en pie la idea de los medios de comunicación de hacer negocio con el debate o la disputa política en desmedro de la información objetiva, sana y democrática. Viven del espectáculo y los poderes económicos que están detrás aprovechan la sensibilidad social para empujar sus intereses en la agroindustria, la banca, etc. Por ello, es necesario reflexionar con calma y hacer un esfuerzo colectivo por razonar sobre la insuficiencia de los planteamientos políticos. Esta es una dimensión de la crisis y de la democracia que no podemos soslayar y menos dejar de relacionar con la economía y la propuesta global a concertar, sin la cual no salimos de la cuneta.
Crisis de ideas
Empecemos afirmando que no hay política sin ideas y que las mismas representan actores económicos, sujetos o sectores sociales, corporaciones, sindicatos y, con ellos, intereses económicos de clase y etnoculturales. Es más, hemos llegado a esta especie de vacío existencial en el mundo político porque se nos agotaron las ideas y el enfrentamiento torpe, injurioso y calumnioso ha sustituido el debate y la confrontación de pensamientos y programas. Esta es la crisis intelectual que enterró al MAS, que no pudo superar su caudillismo. Con fuerza y enorme consistencia orgánica ha peleado por el voto nulo para reconfirmar que sus verbos políticos son traición, añoranza, volver, denunciar, etc., pero nada de una imprescindible autocrítica y menos de renovar, que es lo mínimo que se requiere para replantear un proyecto político de tanto peso en la historia contemporánea del país.
A la oposición le pasa algo similar, con la desventaja de que no tienen, propiamente, un pasado político al que apelar —como hacía el MNR medio siglo después de su gesta revolucionaria del 52— en defensa de un proyecto político; un nonagenario Sánchez de Lozada ha tenido que mandar a recordar su DS 21060, insinuando ideas. La oposición solo tiene a nivel de ideas un repertorio de reclamos tipo barrio pobre, del cual solo se entienden los inocultables temas económicos; el déficit fiscal es su mantra, la parcialidad de la justicia —como si esto fuera nuevo, acá, en el barrio latinoamericano o en el resto de occidente— y otros elementos de sentido común, pero que no alcanzan para plantear un proyecto político que busque sacar al país de la crisis, encontrar otro derrotero e imaginar otro mundo.
El desafío de imaginar más allá de lo electoral
Esto es, pues, la política: una apuesta por las ideas, la creatividad, el coraje, la audacia y los principios, sin los cuales no existe propiamente. Estamos lejos o quizá quedamos en banda, pero cuanto antes lo reconozcamos, más fácil será salir del laberinto.
Salud.






















































































