Mientras caminaba por las calles paceñas, me doblé el tobillo en una vereda irregular mal terminada, herencia quizás del espíritu rebelde o flojera crónica de alguna empresa de servicios que decidió dejar a medias la obra. O tal vez, el bendito cráter apareció producto de una guerra civil que nadie documentó. En fin, mientras me sobaba el pie (maldecía diciendo “ata-tau”, al igual que mi abuela Pimpinela), me quedé clavado contemplando fachadas del casco viejo urbano; y gracias al sacudón, caí en cuenta que los frontis domiciliarios e infraestructura de nuestra ciudad hablan por sí mismos y en consecuencia expresan con mucha nitidez el dinamismo de los ciclos políticos que vivimos las y los bolivianos.
Es posible forjar una conexión entre los ciclos del pensamiento político dominante y una tendencia arquitectónica en particular. La respuesta es sí, y aquí se los muestro. En las calles circundantes al casco viejo (Jaén, Plaza Murillo, Indaburu, entre otras), aún existen grandes casonas coloniales y republicanas que provienen de una influencia arquitectónica señorial, cuyas expresiones constructivas se entienden fácilmente por la articulación del pensamiento político eurocéntrico vigente en la época. Luego, a partir de los años 1920, la calle Camacho se hacía visible como un hito espacial constructivo, gracias a sus edificaciones modernistas rectangulares que albergan dependencias administrativas públicas y privadas. Estos nuevos aparatosos edificios copiaban una tendencia constructiva funcional modernista occidental que se hacía más y más popular tras la pérdida de hegemonía política europea luego de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Parece ser evidente que los políticos (ver ideas del partido liberal de los años 1920) y la sinapsis colectiva se sincronizaron con nociones desarrollistas que emergían del nuevo polo político mundial: América.
Entre los años 1932-1935, los bolivianos vivieron la guerra del Chaco, cuyo fatal desenlace consolidó ideas nacionalistas de años posteriores (ejemplo: bases de la doctrina partidaria del MNR). Más allá de las implicaciones políticas de una guerra, el hito visible de —cemento— que reflejaba aquel contexto político y social es el Monoblock (Arq. Emilio Villanueva), la famosa UMSA (años 40), el cual manifiesta el surgimiento de una arquitectura de corte nacionalista que testifica una coyuntura de posguerra que desnuda un dolor nacional que intentaba proyectarse hacia el futuro. Este importante complejo estudiantil está fuertemente inspirado en simbología tiwanacota (mirada nacional) con funcionalismo moderno. Esta fusión de lo “moderno” y lo nacional es aún más evidente en la zona de Miraflores, donde aún coexisten plazas, monumentos (plaza Villarroel) y hogares que, en algunos casos, presentan portones con motivos andinos. El Banco Central de Bolivia (años 70) es otro ícono arquitectónico que mezcla una técnica de arquitectura brutalista en sintonía con una simetría de lenguaje moderno.
En la ciudad de La Paz, las casas de adobe y otras de ladrillo visto hace mucho que eran populares, pero este estilo de unidad habitacional se extendió con más fuerza durante los años 80, a raíz de un momento socioeconómico muy complejo (hiperinflación, DS 21060, etc.), el cual se tradujo en la relocalización de trabajadores mineros, despidos masivos, etc. Las casas de ladrillo cocido asentadas y regadas en muchas partes de la ciudad de La Paz y el nacimiento de la ciudad de El Alto (1985), comunican una situación de reconfiguración nacional en lo territorial. Sobre todo, muchas de estas viviendas de ladrillo visto fueron autogestionadas y construidas por sus propios dueños. Aquello es la revelación tácita de una temporalidad compleja, en la cual la practicidad y ultra funcionalidad arquitectónica son vitales para sobrevivir en un entorno urbano desigual. Una parte de la zona Sur de La Paz también es un manifiesto que condensa una expresión política y, a su vez, es la muestra urbana de una arquitectura que solo las élites tradicionales y las clases medias familiares podían pagar: ver casas modernas de estilo contemporáneo, jardines delanteros, techos en punta, grandes ventanales, entre otros.
Luego, durante la primera década de los años 2000, arrancó un nuevo ciclo en Bolivia, donde simbólicamente se entendía que los sectores marginales se constituían en la nueva centralidad política. La ciudad de El Alto, más allá de ser un bastión electoral (MAS) importante del partido político hegemónico (2006-2019), condensa arquitectónicamente una temporalidad política particular, producto de un auge económico, en el cual emergieron vistosamente en el paisaje citadino los famosos “Cholet”, casas y edificios multicolores que ostentan estilos andinos, colores intensos, vitrales gigantescos y, hasta en algunos casos, fachadas que representan íconos de la cultura popular pop occidental: “Transformer”, “Iron Man”, entre otros (paradojas a la tesis de la descolonización). En fin, este tipo de edificaciones fastuosas y multicolores gritan a los cuatro vientos una identidad arraigada, que ahora se levanta con brillo como símbolo de poder, que ha trascendido también al campo de lo político.
Como ven, nuestra ciudad manifiesta una abigarrada arquitectura que condensa yuxtaposiciones de distintas temporalidades políticas. Eso es La Paz: la sobreposición de estructuras políticas y arquitectónicas que siguen vigentes y coexisten en una contradicción material y simbólica. Estamos a punto de ser testigos de un nuevo ciclo político en Bolivia. Este 17 de agosto de 2025, nuevamente las y los bolivianos acudiremos a las urnas, pero: ¿qué dirá la arquitectura de este momento y del futuro inmediato? En la actualidad, la tendencia que ha adquirido mucha vigencia por los amantes del diseño es el minimalismo, cuya filosofía se representa en la icónica frase —menos es más— (Mies van der Rohe). En ese sentido, ¿qué repercusión filosófica tendrá en política el menos es más? Pues solo el tiempo lo dirá. Solo sé que, en estos tiempos de contracción económica y devaluación de la política e institucionalidad, el colapso puede ser inminente y, por lo tanto, aunque el minimalismo sea hermoso aplicado en el campo de la arquitectura y el diseño, no sé si es factible convivir en un mundo —político minimalista—, en el que cada vez más la clase política simplifica ideas en torno a muchos ámbitos: Medio ambiente, economía, seguridad social, salud, educación, burocracia, justicia, etc.
Mario Andrés Antezana Pérez, le gusta decir y hacer monerías.





















































































