Entre 1925 y 2022, la economía boliviana creció a un ritmo promedio de 1,1% anual por persona. Aunque esto representa una mejora sostenida, está por debajo del promedio regional, que fue de 1,8% en el mismo periodo. Esta diferencia ha tenido consecuencias importantes: mientras que hacia 1920 el PIB per cápita de Bolivia equivalía al 91% del promedio latinoamericano, en 2022 cayó al 46%. A un siglo de distancia, la pregunta es inevitable: ¿cuánto hemos avanzado realmente?
A un siglo de distancia, la pregunta es inevitable: ¿Qué nos pasó? En estas pocas líneas explicaré este fenómeno por tres variables: primera, nuestra inestabilidad política; segunda, nuestra inserción económica internacional basada en recursos naturales; tercera, la dependencia del ambiente político internacional.
A modo de ejemplo ilustraré el desempeño del primer gobierno de Banzer (1971-1978). En los primeros cinco años de su mandato el régimen se benefició de excelentes precios del estaño y el acceso a créditos multilaterales y privados, lo que le permitió un crecimiento del PIB de 4% anual. En los dos últimos años del gobierno la situación económica cambió, los precios de exportación cayeron.
Las pesadas deudas contraídas no pudieron pagarse, los flujos de capital se redujeron, la protesta social creció por una continua pérdida del poder adquisitivo de los salarios y hubo una demanda masiva por una vuelta de la democracia. Banzer fue derrocado y se inició un periodo de inestabilidad política y destrucción de la producción. Entre 1978 y 1985, cuando finaliza el gobierno de Siles existieron nueve presidentes y el PIB de 1985 fue un ¡20%! menor al existente en 1978.
En 1985 se inició el orden liberal con mayor estabilidad política que durante 20 años, tuvo seis presidentes elegidos en base a elecciones democráticas o substituciones fundadas en la Constitución. El PIB se recuperó lentamente. En este punto resalto que el PIB por persona en Bolivia, en 2004, fue equivalente al de 1977; es decir, fue el desastre político y económico de 1978-1985.
El ejemplo que utilicé no explica el conjunto de la catástrofe económica y política de nuestro país en los últimos 100 años. Hay otros eventos destructivos de la economía boliviana a los que no me referiré.
Algunas lecciones para el próximo siglo de vida independiente podrían ser las siguientes:
La inestabilidad política es el reflejo de una sociedad que tiene profundos desacuerdos entre las clases sociales de cómo deben distribuirse los beneficios de nuestro progreso económico. Con una persistente inestabilidad política no se puede crecer; por tanto, una de las tareas urgentes es una lucha continua por la equidad. Las disyuntivas primero crecer y después distribuir son ¡falsas!
Es una ficción que el progreso económico debe basarse en la explotación de recursos naturales, ahora el litio parece la gran promesa. La volatilidad del valor de los recursos naturales en los mercados internacionales es una de las fuentes de crisis económica e inestabilidad política.
Ser un seguidor irreflexivo de las tendencias ideológicas del norte avanzado no solucionó nuestros problemas. El orden militar establecido en Bolivia, en 1964, para combatir el comunismo y el Consenso de Washington de la década de los noventa del siglo pasado, no contribuyó sustantivamente a nuestro desarrollo.
Actualmente, los centros de poder mundial no solo demandan coherencia macroeconómica y disciplina política, exigen sumisión a sus postulados ideológicos y ser aliados subalternos en una confrontación global. El escenario de la política internacional actual es complejo y repleto de riesgos. Debemos tener la creatividad e imaginación de desarrollar políticas externas en un mundo multipolar desafiador.
Jaime Jordán Costantini es doctor en Economía y docente universitario.





















































































