Bolivia no nació una vez, nació muchas veces. Y no lo hizo siempre en medio de aplausos o victorias. Muchas veces nació en el borde del abismo. En medio del desencanto. En la pérdida. En la división. En la reconstrucción.
Nació en 1825, cuando se cortó el cordón del poder heredado y se firmó la independencia. Nació también después de guerras que nos arrancaron territorio, pero no los sueños. Nació cuando dijimos basta de dictaduras. Nació en 1985, cuando, asfixiados por la hiperinflación, elegimos estabilizar la economía en medio del caos. Y así, una y otra vez.
En 2025, Bolivia vuelve a pararse frente a un umbral. El Bicentenario no puede ser una postal del pasado ni una ceremonia más. Es una pregunta abierta, un desafío colectivo ¿seremos capaces de nacer una vez más?
Las cifras no mienten. Llegamos a este aniversario con un crecimiento económico que, desde 2014, se ha desacelerado sostenidamente, pasando de un 5.5% a menos del 2% en los últimos años. Las reservas internacionales netas casi agotadas. La inversión extranjera directa por debajo del 1 % del PIB. La inflación descontrolada y las filas hacen parte del panorama.
Pero no solo las finanzas están agotadas. También el pacto social. La polarización, la desinformación y la fragmentación han convertido el debate público en una trinchera. Se criminaliza el disenso. Se instrumentaliza la justicia. Se negocia la institucionalidad. Y en medio de esa tensión, se pierde lo esencial; un proyecto compartido de país.
Bolivia, en este Bicentenario, necesita menos bronce y más visión. Menos monumentos y más consensos. No es suficiente recordar a nuestros héroes. Tenemos que preguntarnos si estamos dispuestos a ser dignos de su legado.
Bolivia está hecha de muchas voces, de muchas sangres, de muchos rostros. Y su mayor riqueza no está solo en los recursos naturales, sino en su gente. En los jóvenes que crean startups y exportan talento desde Santa Cruz, desde La Paz, desde El Alto. En las mujeres que sostienen la economía. En los productores del agro que a pesar de las trabas llevan el nombre de Bolivia en alto fuera de nuestras fronteras. En los científicos que investigan desde laboratorios olvidados. En los empresarios que, a pesar de la burocracia, desincentivos y la falta de seguridad jurídica, siguen apostando por generar empleo formal.
Desde CAINCO, lo vemos todos los días. En cada iniciativa, en cada alianza, en cada idea nueva que se atreve a nacer. Nuestra Cámara cumplió este año 110 años. Es decir, hemos acompañado más de la mitad de la historia del país. Y si algo hemos aprendido es que el desarrollo no es una línea recta. Es una oscilación entre quiebres y puntos de partida. Pero también sabemos que esos quiebres, si se entienden bien, pueden transformarse en oportunidades. Pueden ser semillas de una refundación genuina.
No hablo de una refundación constitucional ni de una ruptura jurídica. Hablo de una refundación ciudadana. Una refundación ética. El Bicentenario coincide con un momento clave, donde elegir no sea solo marcar un nombre en la papeleta, sino construir un destino. Donde democracia no sea una palabra en riesgo, sino brújula para el cambio.
Hay una generación que está lista. Jóvenes que emprenden, que programan, que se movilizan por el clima, por la justicia, por el futuro. Hay empresas que están innovando en logística, en biotecnología, en agroindustria, en energías renovables. Hay comunidades que enseñan a cuidar el agua mejor que cualquier plan estatal. Hay ciudadanos que, incluso en medio del hartazgo, todavía creen que vale la pena intentarlo.
Bolivia no está esperando nuevos héroes. Está esperando que despertemos. Que entendamos que ser bolivianos no es una coincidencia, es una decisión. Y que la unidad no vendrá impuesta por decreto. Será elegida.
Lo sabe la naturaleza de nuestro territorio, causes de aguas de diferente tonalidad que se abrazan para formar un solo cause. La tierra fértil, en una nace caña y en otra se cultiva papa. Y las postales del Salar de Uyuni nos recuerdan que diferentes hexágonos, después de una lluvia se unen y se convierten en un espejo perfecto reflejando el mismo cielo.
Bolivia puede ser eso, una suma de diferencias que, lejos de anularse, se reconozcan y se reflejen. La patria no es un himno. Es una forma de vivir. Y vivirla juntos, en paz, con justicia, con verdad, es el desafío que nos toca asumir. No dentro de cien años. Hoy.
Porque Bolivia no nació una vez. Y sin embargo, está hecha para ser una.
Jean Pierre Antelo es presidente de la Cainco.





















































































